Descendía por la acera izquierda de la Vía Layetana bebiendo el paisaje urbano que salía a su encuentro. Como en un teatro los peatones representaban su papel con veloz indiferencia. El ejecutivo ajetreado, la señora del carrito, la portera de la escoba, el mendigo y su perrito que movía la cola, el corro de quinceañeras a la puerta del cine, la cola de asalariados a la puerta del monumental edificio gris de sindicatos, la batiente puerta de los cajeros automáticos donde la mujer del abrigo interactuaba con la máquina por unos billetes, el mozo de escuadra matón autonómico con gafas oscuras y paso desganado, el extranjero paquistaní, alemán o uruguayo, los extranjeros de todo el mundo, extranjeros con pedigrí, rubios y atildados, extranjeros sin papeles, morenos, de rizos espesos como su miseria, empujados por pasos y pateras, directores de sucursal bancaria escudados en carteras de piel de ternera, niños y niñas a remolque de la mano apresurada de madres jovencísimas o niñeras igualmente mozas, domésticas con bata rancia de hogares rancios apaciguando su estrechez en los escaparates, y coches, muchos coches subiendo o bajando por la Vía Layetana igual que ella.

Bajaba decidida, bamboleando las caderas, los hombros y la cintura con su falda corta rojísima y la blusa estampada conteniéndole los senos que querían saltar y llegar a la mar antes que ella. Aferraba la bolsa. Lo último que Rosario quisiera en la vida era perder su bolsa. En ella llevaba, encerradas, la cabeza de Juan y unas herraduras. Y estaba decidida a no soltarla hasta llegar a los muelles: allí le daría sepultura marina para siempre. Quizás, en su nueva vida entre peces y calamares, las herraduras le trajeran suerte a Juan, además de mantenerle sujeto al fondo marino.

Imaginaba la bolsa fundiéndose, con los años, con los sedimentos fangosos calados a cuatro metros bajo la quilla de los barcos. "Las calaveras no flotan" pensó y arreció el paso para pillar verde el semáforo.

*

Se tiró en el sofá agotada y sudorosa. La falda corta, roja, rojísima, remangada, dejaba que se le refrescaran los muslos a Rosario. La Vía Layetana, de vuelta, ejecutaba una subida prolongada que había ascendido bufando sin levantar la cabeza del suelo. Los personajes que poblaban la acera pocas horas atrás -el ejecutivo, la señora, el mendigo, la domestica y los asalariados, los extranjeros rubios y los morenos, y demás-, eran ya fantasmas sepultados por el recuerdo de la bolsa flotando en el puerto. Pues, cuando ésta chocó con la superficie, se deshizo el nudo de las asas de plástico con tal suerte que las herraduras, debido a su mayor densidad y peso, escaparon libres hacía el fondo del mar, mientras que la bolsa, con la cabeza de Juan en su interior, iniciaba una peculiar singladura sorteando los cascos de los barcos, alejándose dulcemente de la orilla, hasta que la vio desaparecer por la bocana del puerto, camino de alta mar. No era el destino que ella había querido para él. ¡Con lo poco que le gustaban los viajes a Juan! Treinta y dos años estuvo pidiéndole un viaje a algún lugar exótico, y todo lo que consiguió de él fue un billete para el tren que llevaba a las playas de Castelldefels.
A veinte exóticos kilómetros de su casa.

Treinta y dos años junto a él, compartiéndolo todo. Por supuesto que jamás deseó su muerte, le quiso hasta el último día. Incluso ahora, tirada en el sofá y derrengada por la tensión y el esfuerzo, sentía una intima ternura al imaginar la cabeza de Juan llevada por las corrientes mucho más allá de las playas de Castelldefels. Inconcientemente se llevó las manos a los muslos sudorosos, descubiertos por la roja, rojísima faldita remangada. No podía quejarse, durante treinta y dos años, Juan había cumplido como amante todas las noches con cópulas regularmente aceptables. Así fue su matrimonio, placentero hasta el fin.

*

- Tome, doña Paz, el cambio de los veinte euros.

- Espere, Rosario, cóbreme, además, un cuatro de costillar y añada media docena de esas excelentes albóndigas con ajo y perejil. Con algo de sofrito y laurel, como usted dijo, están riquísimas, se lo digo de veras. Mi Antonio se las zampó en un pispás, y mire que es mirado él con la comida, mi Antonio. Así que buenísimas, doña Rosario, y se lo dije a mi Antonio, que doña Rosario es una artista en esto de la carne.

- Buen, bueno, doña Paz, ya será menos. Ahora que, modestia aparte, carne como ésta se ve pocas veces, eh.

- Ninguna, Rosario; que no recuerdo yo carne tan suave y melosa. Y tierna ¡qué le voy a decir! y con un sabor... ¿cómo le diría yo? distinto, como más suave. Venga, que esa media docena sea una entera.

Y Rosario cogía con amor cada una de las albóndigas y la ponía, ordenada junto a las demás, en el platillo de la balanza.

- Fíjese, sólo queda una, doña Paz. Y es la última, porque de esa remesa de carne, me han dicho que no me volverán a traer en mucho tiempo. ¿Se la pongo? Aún mejor, ésta se la regalo.

-¡No! - levantó la voz, como alarmada, doña Paz- Disculpará usted, no es por hacerle un feo a su generosidad, pero es que una es un tanto supersticiosa y yo, con el número trece, no quiero saber nada. Póngame sólo la docena, por favor.

Rosario detuvo la mano en el aire y devolvió la solitaria albóndiga a la bandeja con cierto temblor. Pero, forzó una sonrisa y respondió amablemente.

- Lo que usted quiera, doña Paz. Serán, entonces, setecientos gramos, que suben ocho euros con cincuenta céntimos de albóndigas que, con lo demás que se lleva -se concentra mientras le da a la tecla-, da un total de dieciséis treinta. Déme dieciséis y vale.

*

Sólo quedaba aquella albóndiga. Cuando terminase de vender toda la carne, se iría de vacaciones. Se lo había jurado. Incluso había elegido destino: el Caribe, un crucero de ensueño. El billete aguardaba en la agencia de viajes de la esquina, pagado, esperando fecha de embarque. Pero ahí quedaba la albóndiga número trece. En cierta forma la había bautizado así: Albóndiga Trece; nombre y apellido.

- ¿Qué haré contigo, Trece? -llamarla por el apellido le parecía más serio; hacerlo sólo por el nombre, "Albóndiga", le parecía, dada la situación, de poco respeto.

Por supuesto, que aquella albóndiga sólo era la una más de las muchas albóndigas que había vendido aquellos días era una idea que rondaba en su cabeza. Pero, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, Trece era como volver al principio. Parecía absurdo, pero Rosario, en aquel momento lo sentía así. Era una albóndiga como las demás, cierto; pero también resultaba cierto que era la última y que, cuando había pretendido desprenderse de ella regalándola a doña Paz, la jugada le había salido mal. Desde el infeliz principio de todo este asunto, hasta ese mismo día, todo había ido a pedir de boca. Incluso que Juan decidiese, en última instancia, irse de viaje en una bolsa por la mar en lugar de descansar en el fondo del puerto de su querida Barcelona, resultó, en el fondo, un acierto, una especie de compensación que le daba al desdichado la posibilidad de corregir el inmovilismo en el que había vivido siempre.

Y, ahora, se sentía como al principio, debiendo tomar una decisión. ¿Qué hacer con Trece?

En un plato, sobre la mesa de centro, junto al sillón, Trece mostraba su redondez inexacta y desnuda. Parecía que miraba a todas partes, como un ojo esférico, rosáceo y granoso, que podía ver todo lo que había en el salón: los grabados de escenas cinéticas trazadas por algún pincel conocido y un óleo donde una señorita sentada entornaba la cabeza para lucir perfil de guapa y mostraba, casi desnudas, las morenas espaldas surcadas por una frondosa melena azul; el aparador que dominaba la estancia, con su vitrina de cristal repleta de figuritas decorativas y marcos con fotos de sus padres, de sus sobrinos y de sus abuelos en las repisas; y la foto de boda también, ¡que guapo estaba Juan, el día de la boda, vestido con chaqué negro, camisa blanca almidonada ajustada al cuello con una pajarita de seda azul, tan moreno, tan joven; incluso las películas de luz que se filtraban por las lamas de madera entreabiertas de las persianas del balcón; junto a la a puerta que daba a la sombra fresca del pasillo, el cestito donde dormía con un ojo abierto Micifuz. Y ella, en el centro de todo, derrengada en el sofá, con las faldas cortas, rojas, rojísimas, arremangadas, mirándole. Todo parecía estar viéndolo el esférico ojo de Trece

Apartó de sí la idea del ojo. "Qué haría Juan si me pudiera ver ahora" se preguntó. Había puesto parte de corazón en Trece, cómo en las demás albóndigas. Quizás, allí residieran todavía sentimientos y penas y alegrías. Rosario siempre había creído que todas las cosas estaban de alguna manera animadas. Para ella, por ejemplo, la cómoda vieja de su habitación, con su mármol afinado por los años, el barniz negro de sus cajones y el dorado descascarillado de las asas, vivía presa de melancolía. Resultaba evidente. Y qué decir de la escoba en el armario de la cocina: toda la vida con la cabeza boca abajo, desmayando sus greñas sucias por los suelos de la casa resignada, sin quejarse jamás. Aquella escoba era, toda ella, puro estoicismo y humildad. Seguramente, buena cristiana. Y así con todo; la tetera celosa, el mantel sufridor, la alfombra resignada, el orgulloso piano de la sala de estar, la presumida mecedora, coqueta e inestable, el obstinado cajón de los cubiertos que se resistía tanto a abrirse o la inquieta cortina de su habitación. Y, ahora, estaba Trece.

No es un ojo, no puede verte, se repitió. No era cuestión de cambiar los planes; Trece era la última albóndiga, sólo eso. Y no debía arruinar sus vacaciones en el Caribe. Miró a su alrededor buscando inspiración. Paseó la vista por la vitrina y las fotos, por el cuadro de la guapa y los grabados cinegéticos de perros y cazadores, por toda estancia, la puerta que daba al pasillo, las persianas que cerraban el balcón, el cesto donde Micifuz dormía con un ojo entreabierto y supo qué hacer.

Antes de salir del comedor, dejó el plato de Trece en el suelo.

*

"Buenos días. Sres. Pasajeros, el Comandante Gutiérrez y la tripulación, en nombre de la aerolínea Vuelebien, les damos la bienvenida a bordo de este avión Boeing 737 con destino Guadalupe. Volaremos a una altitud de 7.000 metros, con una velocidad de 800 km/h y la duración aproximada será de 9 horas a partir del momento del despegue. Por favor, hagan uso de los cinturones de seguridad, pongan el respaldo de su asiento en posición vertical y plieguen sus mesitas. Les recordamos que está prohibido fumar en todos los vuelos de esta aerolínea. Gracias."

La azafata acompañó las instrucciones -ajústense los cinturones, las mascarillas de oxigeno, aquí; las ocho salidas de emergencia, puertas y ventanillas, allí, allí y allí; debajo del asiento, los chalecos salvavidas, etc.- ejecutando grotescos movimientos con los brazos y las manos, como si quienes las escuchaban fuesen tontos; y Rosario ya fue feliz.

Al terminar el ascenso, la voz del capitán dando la bienvenida al pasaje e informando que podían desabrocharse los cinturones porque ya volaban a siete mil metros de altitud, incrementó su buen humor. Como en las películas. Qué va, pensó, mucho mejor que en las películas: era real. Estaba viajando al Caribe.

Había pedido asiento de ventanilla porque no quería perderse nada del viaje. El mar espejeaba allí abajo. A su lado, un matrimonio de mediana edad iba conversando. Su conversación giraba entorno a la herencia que les había dejado una anciana tía que había fallecido hacía unos meses, y sobre la larga enfermedad que la había llevado a la tumba.

Cuando dejaron atrás las Azores, un perfil verde y gris en la inmensidad azul, el matrimonio seguía fiel su tema de conversación. La herencia, los trámites, el seguro, el entierro y todo lo que atenía a la muerte de la pobre tía Josefina, daban mucho de sí.

- Pues mi marido falleció hace apenas dos semanas -intervino Rosario. Llevaba casi dos horas escuchándoles hablar de lo mismo y ya no podía estarse más tiempo callada.
- Vaya, le acompaño en el sentimiento- respondió la señora de mediana edad, luciendo buenos reflejos para el protocolo.- ¿Una enfermedad?
- Le falló el corazón.
Recordó a Juan, desfallecido sobre las sábanas, inmóvil. Definitivamente quieto, lo supo de inmediato.
- Al menos sufrió poco -terció, todavía protocolaria, la mujer de mediana edad- Y tan joven...
- Tenía quince años más que yo -se atusó Rosario el pelo con coquetería. En ese momento le hubiese gustado llevar puestas sus falditas rojas, rojísimas, arremangadas para lucir sus muslos morenos y aún torneados. Se apresuró a añadir- era una buen marido ¡le echaré tanto de menos!
- Pobre, pobrecita, quedarse viuda tan joven...
- Ay, sí.
- ¿Un refresco, alguna bebida, señores?- arrastrando el carrito, dos azafatas ofrecían a cada lado del pasillo.
- Uy, precisamente tenía una sed tremenda, ¿es posible un cubalibre?

Ya con el sabor colado en los labios, Rosario, volvió a mirar al mar por la ventanilla. Se le ocurrió que cruzar el océano en una bolsa de plástico, quizá fuera demasiado. Habría que sortear tormentas y tiburones, y quién sabe qué otros peligros. Rosario se preguntó si habría tiburones en el Mediterráneo; al fin y al cabo, Juan y su bolsa navegaban por un mar menor.

- Yo no cojo ventanilla nunca, me da vértigo- la señora de mediana edad se dirigió de nuevo a ella. Posiblemente estaba harta de hablar con su marido.
- Pues, a mí, me hacía ilusión. ¿Sabe?, es la primera vez que vuelo.
- Yo, y mi Joaquín -dirigió la mirada a "su" Joaquín, que dormitaba al fin con la barbilla caída sobre el pecho-, hace tiempo que vamos una vez al año de viaje. Aunque esta vez, con lo de la muerte de la tía Josefina, estuvimos a punto de quedarnos. Por el luto, ya sabe. Además, si le he de ser sincera, todo el asunto del entierro me dejó agotada. Y menos mal que la pobre tenía un seguro y la compañía se hizo cargo de casi todo. Coches, funeraria, féretro... bueno, qué le voy a contar a usted que acaba de enterrar a su marido, ¡lo caro que resulta morirse en este país!
- Tiene toda la razón -terció Rosario- Yo, cuando pregunté lo que costaba enterrar a mi Juan, pensé que con ese dinero bien podría una pagarse un viaje como éste. En fin, amiga mía, una vez concluidos los últimos trámites es mejor no pensar en esas cosas ¿verdad?
- Verdad- ratificó la señora de mediana edad.

Rosario asintió con la cabeza y volvió, una vez más, la mirada al mar. Azul y plata, con una bolsa de plástico a merced de las mareas.

Ella sí había cumplido el último trámite. Recordó a Micifuz relamiéndose y el plato vacío en el suelo del comedor. Con Trece había partido, al fin, lo que quedaba del corazón de Juan.

Aquel corazón, pensó con cierta tristeza, que le falló mientras cumplía con esmero su regular deber marital, la noche de un miércoles, quince días atrás.

Justo los que tardó en sepultarlo la excelente carnicera.