Abismo es una palabra muy fina, parece que quien la dice es profundo y ha recibido educación de señorito. Por ejemplo, en lugar de decir "esto se va al carajo", va el fino y suelta "estamos ante el abismo".  A mí, lo fino me parece muy bien. Y, como hoy me siento fino, me dedicaré a soltar la palabra abismo a la que pueda.

 

La panadería huele dulce, a pan caliente y a magdalenas. En el mostrador, entre cañas de cabello de ángel y hojaldres rellenos de suculenta crema, hay una coca de berenjena, pimientos y arenques. Sonrío a la dependienta -que es la hermosa mujer del panadero- y le digo

- Vaya, doña Maruja, ¡qué contraste! ¿Se ha fijado en que, entre los dulces y el arenque, hay  un verdadero abismo de sabores?

Y me voy tan pancho, convencido de que he dejado sin habla, con mi finura, a la buena panadera. A buen seguro que no ha encontrado palabras a la altura de las mías para responder a mi elevado decir.

 

Ya en la calle, con la bolsa del pan caliente, echo mano a mi terminal telefónico inalámbrico y marco el número de la clínica odontológica, con la intención de pedir hora con el dentista. Le cuento a la recepcionista que tengo una caries en la tercera muela izquierda y siento el agujero como si se abriese abismo en mi boca.

- Venga el jueves a las diez treinta. - es la única la respuesta que obtiene mi finura. Cuando cuelgo el teléfono, pienso que las recepcionistas de clínicas odontológicas están incapacitadas para la fineza. Pues, a las gentes vulgares, las caries les producen agujeros grandes; los abismos, sólo en la boca de los poetas y los finos aparecen. Y yo sé perfectamente quién soy.

 

- Don Vicente, póngame un café con leche -solicito a Vicente, el dueño del bar Florida, después de tomar el periódico del día de encima de la máquina expendedora de tabaco-, largo de café, corto de leche y con sacarina, si es usted tan amable.

Las noticias son las mismas de ayer con ligeras variaciones. Hace tiempo descubrí que los periódicos son como los seriales que dan a la hora de la sobremesa: uno puede perderse unos cuantos capítulos sin perder el hilo de la historia. La causa de ello es que cada uno incorpora, en forma implícita, lo acaecido en todos los anteriores, de tal manera que, si uno se fija, las historias de los seriales caben en un par de cuartillas.

Argumento de un culebrón: María es huérfana, guapa y pobre,  entra a servir en casa de unos señores ricos donde es maltratada y humillada por los perversos hijos de sus amos; aparece un riquísimo socio del señor que partió hace años tras un desengaño amoroso, y que, tras unos mil capítulos, se descubre que es el padre de la tal María. Al final, María le quita el guapo novio a la hija de sus señores y se casan, ricos, felices y vestidos él de chaqué y ella de blanco. Argumento de una noticia: los americanos se cabrean con un dictador, bombardean su país, lo dejan hecho unos zorros, provocan una guerra civil y al final, tras mil periódicos emborronados, se van con el petróleo a otra guerra, felices, heroicos y millonarios.

- ¿Sabe, don Vicente? -le digo cuando me devuelve el cambió del café con leche-, aunque no lo parezca, entre un culebrón y la Guerra del Golfo, no hay precisamente un abismo.

Tampoco me contesta, se conoce que hoy la gente no está muy habladora ni es muy sagaz. Cuando salgo a la calle, se me ocurre que estos americanos son realmente unos golfos; cosas de las palabras.

Me queda mucho domingo todavía para llenar de abismos. Estoy descubriendo -en realidad, ya lo sabía- que la palabra abismo da para mucho. Será por lo fino, digo yo.

 

A Don Miguel, mi sastre, mi mujer le llama el Crenchas. "Ojo con el Crenchas, que te vende por cien lo que vale cincuenta" me dice cuando voy a verle. A pesar de que el peluquero Rasgos le corta el pelo a cepillo, se empeña en hacerse la raya; el resultado es una carretera que le parte la cabeza en irrisorias crenchas.

- A la paz de Dios, paisano -saluda cuando nos cruzamos en la puerta de la panadería; yo, saliendo, él, aguardando su turno, porque hay cola los domingos para comprar el pan- Qué hermoso día, ¿verdad?

- Cierto, Don Miguel. Días como éste le reconcilian a uno con el mundo-, sé que de un momento a otro me recordará que tengo una americana por entallar aguardándome.

- Me llegó la tela para su americana. Verá qué maravilla, es suave y tersa a un tiempo, de esas que caen con elegancia aunque no conozcan plancha. Y el color, qué le voy a decir; acertó usted de pleno al elegirlo. Un gris casi azul, luminoso como un cielo de primavera, sin perder, por ello, un ápice de formalidad. 

A pesar de que don Miguel es poeta a ratos libres -los que le dejan las tijeras y la cinta de medir- le puede el aludir, sin mencionarla directamente, a la cita que tengo con él; pues tras esa primavera de luminosa formalidad, no hay otra cosa que recordarme los dineros, ya desembolsados  por él, de la tela que le encargué para mi nueva americana, y que no he pasado todavía a abonar. Verdadero arte de la elipsis, hay que reconocerlo.

- Mañana sin falta vengo a que me entalle la pieza y le abono esa maravilla de tejido.

- ¡Quiá!, que no hay prisa, señor; ya sabe usted que soy esclavo de mi trabajo y apenas salgo de la sastrería: allí me hallará cuando le venga bien. Aunque pasa tan rápido el tiempo...

Me deja pasmado su extemporánea observación sobre el paso del tiempo. ¡Que capacidad de mezclar los temas, y de saltar de uno a otro que no viene cuento, tiene este sastre poeta! He de encontrar una respuesta a su altura, faltaría más.

- Las horas se las lleva un abismo glotón, don Miguel.

Esta vez no espero respuesta, con gesto de despedida me voy. Espero que el Crenchas tenga tema en la glotonería de los abismos y el raudo pasar del tiempo para alguno de sus poemas. Aunque, la verdad, a mi me parece que lo que le he dicho es una verdadera cursilería.  En cualquier caso los abismos me han salvado en esta ocasión, pues no podré ir a la sastrería a entallar y pagar hasta que cobre la pensión del mes que viene, y estamos a día cinco todavía. El próximo domingo iré a por el pan a la otra panadería que hay en mi pueblo.

 

A los finos deberían incrementarnos la pensión, al menos para que podamos cumplir con el sastre con puntualidad. Vuelvo a casa un tanto triste, pensando que la Administración Pública está a un abismo de considerar los méritos que hacemos los finos, y de reconocer nuestra insustituible función social. ¡Qué sería del pueblo llano sin nuestro ejemplo!

 

¡Bah! Que se queden con lo que nos dejan de pagar. Ahora bien, hoy dejo de trabajar al mediodía: esta tarde me quedo en casa, y me guardaré la palabra abismo para mí solo. ¡No pretenderán, con lo poco que me pagan, que haga horas extras, además!