La niebla una vez más. Este año de lluvias empieza a ponerme nerviosa. Y eso que siempre me han gustado niebla y lluvias, tan nostálgicas ellas, tan románticas. Seré una bruja, cierto; pero lo romántico me tira y cuando me subo a la escoba para volar y echar mal de ojo a alguna vecina chismosa o al avaro del tendero, no puedo evitar detenerme, flotando en el éter, extasiada por los arrumacos de algunos enamorados. Oigo como se susurran palabras de amor, cómo se juran y conjuran para siempre... como mienten sin saberlo. A pesar de ello, no les lanzo ni conjuro ni maldición, dejo que sigan con sus caricias, que sus manos se enreden en cintas, botones y cremalleras, y hurguen en sus oquedades con frenesí. Al fin y al cabo, en esas mismas oquedades encontrarán las cadenas que tendrán de arrostrar el resto de su vida. Esclavos de la fidelidad o de la traición, tanto da una como la otra. Pero el amor es una pulsión difícil de vencer, una celada a la estamos condenados a sucumbir. Sí, lo romántico me tira por su lado cómico.
Yo misma me enamoré una vez como lo hacen las gentes vulgares. ¡Ah, qué estúpida fui entonces! Sus palabras resonaban en mis oídos como melodías arrancadas al mismísimo corazón hirviente de la tierra; sus caricias encendían llamas que, hasta entonces, ignoraba que mi piel velara; el pulso de su sexo vibraba en la palma de mis manos con calidez turbadora y desconocida, y cuando lo acogí por primera vez en mi intimidad creí volverme loca de amor... Bah, amor, amor, ¿para qué coño sirve el amor? Él se fue con otra cuando se hubo hartado de mis caricias y yo quedé preñada. Esa fue la cosecha del amor. Bueno, sí; descubrí ese regalo de la naturaleza que es el placer sexual y, además, fue la causa de mi ingreso en la secta venerable de las brujas, cuando, indignada por la falsedad de mi amado y sintiendo el producto de su traición pateando ya en mis entrañas, acudí a la vieja MariBooh, que vivía en el bosque prohibido, al que llamaban de los Fenebros, para que arrancase aquella abominación de mi vientre.
Por supuesto, no conté nada de esto a mi madre; en parte por inteligencia y, en parte, porque MariBooh me lo indicó "mira niña, calla cuando vuelvas a tu casa con tus padres y hermanos. Calla. No les cuentes que has venido aquí, ni que te dejaste seducir por un gañan. Pues puedes estar segura que, si cuentas lo que te ha ocurrido, los castigos serán todos para ti y al seductor nada le ocurrirá" Me costaba creer que mi propia familia, mi madre incluso, no se apiadarían de mí. Y MariBooh se enfadaba con mis pueriles objeciones y me instaba, una y otra vez, a callar "por tu bien te lo digo: caerán sobre ti el oprobio y más de un palo si hablas. Sobre todo, cuida de no mencionar que has venido a verme porque correrías el peligro de terminar en la hoguera" Razones de esta índole oponía a mis dudas. Yo insistía en que mi madre me quería y me consolaría y protegería en la desgracia, hasta que la vieja bruja, cansada de mi insistencia, puso un tarro de cristal ante mis ojos con el contenido sanguinolento arrancado a mis entrañas y casi me gritó: "Por deshacerte de este despojo te acusarán de asesinato, no seas imprudente, niña; no les cuentes nada. Calla; y vuelve aquí cuando la Luna esté plena". Aunque a muchos pueda parecer inaudito o cruel, tomé aquel tarro con el feto y lo acerqué a mis ojos para verlo mejor, pues las escasas bujías que ardían en la choza de MariBooh proveían tan sólo una penumbra fuliginosa en la que los objetos se confundían con los vapores que emanaba un cazo colgado sobre la lumbre del hogar.
"¿Qué harás con él?" pregunté a la vieja cuando caí en la cuenta de que el tarro de cristal significaba que el feto sería conservado y no enterrado en la tierra, como se hace comúnmente con los cadáveres de los hombres. "Vuelve con la Luna llena, niña. Calla; ahora no es momento de preguntas. La noche del lunes será Luna llena, vuelve entonces. Guarda silencio hasta entonces. Y vete, vete ya", me insistía; pero yo no podía apartar la mirada del contenido del tarro, apenas un esbozo de ser humano o de lagartija, no sé; pero cuando vi el brillo mortecino de un ojo asomando por un párpado, fino como la seda, desgarrado seguramente por los útiles que usó la vieja al arrancármelo, salí corriendo de la choza y no paré hasta discernir el humo de las cocinas de mi hogar elevándose hacia el cielo gris de aquel lunes de primavera.
Pasé la semana que le faltaba al astro de la noche para alcanzar la plenitud, disimulando en la aldea, en mi casa, o con mis hermanos y amigas. Realicé las faenas habituales procurando que no se notase la fatiga que me producía cierta languidez, que achaqué a la sangre perdida cuando MariBooh me arrancó el feto con una especie de tenaza. Recordaba cómo cesó el dolor que me causó al hincarla en mis entrañas al beber de un cáliz fumante que la vieja acercó a mis labios mientras recitaba un conjuro propicio a las parturientas. Un conjuro inverso -como sabría tiempo después- que habría de impedir otros partos. Nunca más podría preñarme hombre alguno.
El día anterior a mi cita con la vieja MariBooh, noté como un calor frío se adueñaba de mi estomago y corrí hasta una era un tanto alejada de la aldea, para que nadie pudiera apreciar el temblor que dominaba mis manos y agitaba ya mis hombros. La primavera estaba avanzada y la hierba había crecido ya por encima de mi cintura de forma que, cuando caí a tierra tomada por espasmos que parecían querer partirme en dos, quedé oculta a cualquier mirada. Entonces vomité y vomite, hasta quedar vacía del todo. Creo, incluso, que vomité mi primer amor y todos lo amores galantes que el futuro quisiera depararme. Vomité mi ingenuidad y todas las mentiras que me habían contado desde que aprendí a hablar. Con cada arcada expulsaba de mis entrañas falsedades de obediencia, sacrificio y sumisión que me envenenaban desde que aprendí las primeras palabras. Recuerdos de vejaciones y desprecio. Vomité, incluso, el portazo que dio mi padre el día que nací "Otra niña, bah!". Debió marchar a emborracharse a la taberna: esa taberna a la que las mujeres -las "buenas" mujeres- teníamos prohibida la entrada.
Cuando terminé de vomitar, supe que era inexcusable mi destino y que éste empezaba en la cabaña de la vieja bruja MariBooh.

"Oigo como se susurran palabras de amor, cómo se juran y conjuran para siempre... como mienten sin saberlo."
¿ ver para creer , o creer para ver ?
intelectual , que no baja a los pobre mortales
¿ Zenón ?
¿OPINAS O SUBRAYAS? A VECES, NOSÉ, ROSANA...
opino y subrayo
¿alguna vez ta tomas el trabajo de algun comentario realizar ?
¿Vladimir Vera?
¿muy poco intectual su poesía ?
valen Zenon
no te molesto más
un gusto haber leído tus letras
jamás seras una molestia, niña.
pues parece que lo soy Zenon , nunca comentas en mi espacio y me has borrado de MSN
¿ sin respuesta ?
fuen un gusto Zenon ser tu amiga por un tiempo
hasta siempre amigo
Zenon
no entiendo tu comentario , respecto a la poesía que está en mi espacio
¿ tendrías la amabilidad de indicarme a que te refieres ?
gracias