La última palabra.

 La cucharilla hendía el cóncavo filo en el poso frío del café con leche de la noche anterior. Alrededor del vaso -tomaba el café con leche en vaso, nunca en taza- la superficie de la mesa asomaba por  donde podía entre los numerosos objetos que la cubrían casi por completo. Hojas de papel emborronadas, tachadas, con anotaciones al margen y renglones subrayados; una cajita de pastillas de regaliz, dos lápices, rotuladores de color rojo, azul y amarillo, la vieja lupa de mango de hueso de ciervo, la caja satinada en azul del cartucho de tinta de impresora, un librillo titulado Textículos por el ingenio lingüístico de un amigo que ensayaba hacer arte con narraciones de sexo explicito; en fin: objetos, objetos y más objetos.

Miró a su alrededor. Objetos, se repitió, sólo objetos. La vida se componía de aquellos objetos y de otros más, todos en movimiento. Desde siempre, se habían asociado la vida y el movimiento,  como si estuvieran constituidos, por igual, de la misma esencia del espacio y del tiempo. Pero cabía que fuese un error de perspectiva y que lo realmente esencial fuesen los objetos; sin ellos no era posible el movimiento. No cabía imaginar movimiento alguno sin que lo protagonizase un objeto en el espacio. Incluso los números y los vectores no eran más que objetos en la imaginación de los hombres. El espacio de los matemáticos, el de los físicos incluso, no existiría si no contuviese objetos. Y la vida era un objeto más. Un objeto muy poco matemático.

Miró a través de los cristales de sus gafas, miró a través del cristal de la ventana que  había frente al escritorio, miró a través del aire y de las incontables y diminutas gotas de agua que flotaban en él, miró a través de su mente y de las ideas preconcebidas y de los sentimientos y de las sensaciones, miró afuera sabiendo que, en realidad, miraba hacía dentro porque siempre, siempre que se mira, se dijo, se mira hacía dentro.

Por la ventana, bancales de almendros, extensiones de cereal, trigo, centeno, hordio principalmente, como una marea verde peinada por los vientos, aterciopelando los campos bajo un cielo azul y plomo. Lana verde sobre los lomos diversos de la tierra viva. Y también bosquecillos de carrasca salpicados de pequeños quejigos y robles más altos. Miraba el sendero que partía de la carretera y marchaba hasta perderse tras un recodo, por donde Peña Sagrario giraba al encuentro de Oriente; y lo seguía aún con la imaginación: culebreando por la ruta oculta tras los cerros, descendiendo entre bancales, barrancos y pedregales hasta el pantano donde dormían ya las aguas venidas de las cumbres. 

Sintió tristeza; siempre que se mira, se mira hacia dentro, se repitió. Más allá del cristal de los anteojos, más allá de la ventana y el aire, más allá de los opacos cerros, hasta los remansos del alma, la superficie bruñida de las marismas interiores, el temblor de las recónditas profundidades o el rumor incesante de los recuerdos. Por eso era tan fácil cerrar los ojos y recordar, como hacerlo mirando al cielo, al fuego o al horizonte.

Era así porque los objetos del mundo estaban dentro de él,  porque habían hecho morada en su interior y convivían allí con otros objetos nacidos en su corazón y que jamás salieron al exterior. Unos objetos que no era capaz de precisar cuanto tiempo llevaban allí, porque le parecía que allí estaban desde siempre. Los sentía como punzadas, como fuegos o rescoldos de ansiedades, desazones, obstinados  sentimientos que permanecían cosidos a la piel de su alma con invisibles hilos de acero.

Desde que ella le abandonó, entre todos aquellos objetos destacaba uno, terrible y desdichado. Una especie de nostalgia cruel. Un fuego de tristeza que le abrasaba; que a través del cristal graduado de las gafas, del rectángulo la ventana, de las diminutas gotas de la humedad que se columpiaban en el aire sobre los campos, teñía el paisaje de una desazón creciente y lo envolvía en una aciaga clase de luz negra. Afuera como adentro, el mundo terminaba devorado por el dolor y la pena, por el vacío que había dejado ella. No se le ocurría objeto alguno que quedase libre de aquella triste luz, sentía que irradiaba -hacia fuera, hacia dentro- desde su propia mirada. Si la vida estaba en los objetos, ya no la quería; no estos objetos, no esta vida.

¿Fue ella un objeto más? Entonces ¿por qué no permanecía a su lado?, ¿por qué no le bastaba su recuerdo? Tanto importaba que hubiese muerto o que permaneciese viva, voluntariamente alejada de él. La dolorosa, obscura sombra de la soledad confundía los términos -vida, muerte- en un único e insoportable dolor. Quizá, se dijo, no fuese él mismo más que un objeto en la mente de ella, si era que aún vivía. Esta absurda idea -no más que un juego, lo sabía- no representaba ningún consuelo, porque el fuego que le abrasaba el alma lo aventaba su ausencia, con un incendio que ya arrasó todas sus lágrimas y no le quedaba para llorar más que una tristeza árida y estéril. Ni siquiera imaginar que su vida era imaginaria restaba un ápice de consistencia a su colosal soledad.

Había un objeto, sin embargo. Un objeto definitivo, capaz de terminar con tanto desconsuelo. Debajo del teclado, del vaso y la cucharilla, de la sagacidad del autor de Textículos, de las hojas emborronadas y la cajita de diminutos regalices, debajo de la superficie ahogada de la mesa, en un cajón.

¡En un cajón, sí! Allí estaba, quieto, tensando músculos de metal, con la pólvora dormida soñando fulgores y estallidos, el revolver. ¡Que promesa de silencios! Oscurecer de una vez todos los objetos, apagar con un estruendo las palabras futuras, las llamas de la soledad. ¡Dios, terminar de una vez por todas! Acallar el estruendo de aquella ominosa ausencia que le atormentaba; apagar la propia y única mirada.

Ya no tendría otra luz en sus ojos, ya no habría otra luz, ni dentro, ni en las montañas, ni en los bancales donde la tierra esperaba y  los almendros le reservaban flores de pétalos en sombra.

Coger el revolver, sacarlo del cajón, encajarlo en el paladar y terminar el relato. ¿Tan fácil? ¿Realmente tan fácil?  Tomó el tirador de bronce, lo atrajo hacia sí y el cajón  se abrió con  un crujir de madera. Como para una representación teatral, el revolver descansaba sobre un paño de terciopelo rojo. Le pareció que estaba allí, tumbado plácidamente en su lecho carmesí, esperando el momento adecuado: esperándole a él precisamente. El cañón y el tambor negros centellearon casi azules. Lo cogió; y las cachas de madera de la empuñadura se tornaron lapas en la palma de su mano. Algo cálido  y nocturno, un flujo perturbado pero también de paz, penetraba desde aquel contacto y le colmaba, con la velocidad de un estremecimiento, las venas y las arterias, que, hasta ese mismo instante de su vida, sólo habían servido para conducir su sangre. Ahora, mientras levantaba la mano con el dulce peso del tambor, el cañón y las cachas, sentía la densidad de la existencia disolviéndose, desvaneciéndose con las palabras antiguas, que ya eran todas las que había pronunciado en su vida.   

Acarició con la otra mano el cañón, liso hasta el alza, y lo giró para mirar el interior de su boca nocturna, redonda, profunda como un abismo rotundo capaz de engullir torbellinos de palabras, de actos, de dolor o de vida. Un abismo capaz de engullir todos los te quiero pronunciados, todas las mentiras vertidas por labios traidores y las despiadadas verdades de hierro que terminó por desvelar el tiempo. Todos los objetos de la vida y, entre ellos, se repitió, los más tenaces, los más crueles: las palabras que le acosaban, palabras blancas del amor, palabras negras de la mentira, mucho más numerosas éstas.

Sintió el frío del metal en el labio inferior, abrió la boca, y dejó que el cañón resbalase sobre él con suavidad hasta que  notó que la embocadura  le acariciaba el paladar y frenaba. SE hizo un silencio, no en la habitación, no en el paisaje, ni en el cuadro que se dibujaba  por la ventana, sino en su interior. Por un momento desaparecieron las palabras de su mente y hubo un silencio que se podría definir como espiritual, si es que el espíritu fuese algo capaz de albergar silencios y palabras. Pero fue sólo un instante breve como un parpadeo y volvieron las palabras a su mente con tal celeridad que lo olvidó.

Dulce, es dulce, la parte inferior del cañón descansaba sobre su lengua y le transmitía un sabor eléctrico, frío, sorprendentemente dulzón. Un pastelillo de acero, se dijo mientras descubría que, incluso con el cañón de un revolver en la boca, se podía sonreír; y llorar también, pensó enseguida. Una lágrima asomó a sus ojos emborronando el paisaje, fundiéndolo en una nebulosa blanquecina que al fin se derramó para resbalar sobre su mejilla. Maquinalmente, había apoyado el dedo en el gatillo y éste osciló ligeramente hasta encontrar el tope que debía liberar el percutor. Entonces, sintió que oscilaban juntos, con el gatillo, su alma y el paisaje tras la ventana.

Aflojó el dedo, sorprendido, mientras la palabra alma reverberaba todavía en su mente. ¿Alma? Él no creía en esas cosas, jamás había creído en ellas. Realizó un breve examen de conciencia olvidando el cañón del revolver que permanecía dentro de su boca. Seguía sin creer en nada trascendental. Ni siquiera un matiz de mística en ningún rincón de su mente. Nunca lo hubo, tampoco ahora lo había. Toda su vida había defendido su ateísmo, incluso con vehemencia, cuando se había encontrado ante cualquier manifestación religiosa. Afirmar lo que no se ve o no se sabe siempre le pareció una estupidez. Dulce.

Le dolió el paladar, sin querer había apoyado el cañón con mayor fuerza y el sabor dulzón del metal renació en la comisura de su lengua, como despertándole  de un sueño. Entonces aparto el revolver de su rostro, retirándolo de la boca. Lo mantuvo basculando frente  a la ventana, apuntando hacía los campos, preguntándose cómo era posible que la palabra alma hubiera acudido a su cabeza en un momento tan crucial. No era propio de él; por mucho que se hubiera contado que la muerte trastocaba las convicciones de los ateos y morían pidiendo un confesor, él no creía en ello. ¡Zarandajas! Seguía sin creer en Dios, ni en nada parecido; estaba seguro de eso. Pero era incuestionable que, mientras oscilaba la existencia en el gatillo del revolver que había introducido en su boca, la palabra que había brotado en su mente era la palabra alma o, al menos, una de ellas.

Dejó el arma en la mesa, encima de un manuscrito como un pisapapeles cargado de muerte. Las palabras volvían, reclamando su protagonismo, su autoridad de verdaderas creadoras de mundos; la realidad se mostraba cruda: la realidad no era más que una palabra, una palabra pequeña. "Soledad", "ausencia" eran palabras gigantescas, altos muros infranqueables entre los que permanecía aprisionado; palabras cuya densidad le oprimía el pecho con una presión insoportable.

Palabras, palabras. Pensando en ellas decidió escribir; si las convertía en algo material,como la tinta en el papel, quizá perdieran la capacidad de herirle. Si conseguía escribirlas, se dijo, se tornarían dóciles, como un caballo domado, y dejarían de mortificarle de una vez. Sí, debía ponerse a escribir. Pero, ¿por donde empezar? Miró lo que tenía enfrente. La mesa y sus objetos, el paisaje en la ventana... Tomó el lápiz y un papel y escribió:

"La cucharilla hendía el cóncavo filo en el poso frío del café con leche de la noche anterior. Alrededor del vaso -tomaba el café con leche en vaso, nunca en taza- la superficie de la mesa asomaba por  donde podía entre los numerosos objetos que la cubrían casi por completo"

Levantó el lápiz del papel y detuvo la escritura un instante. Objetos, palabras, pensó. Miró al revolver que descansaba a su derecha sobre un pliego de papel y lo imaginó de nuevo en la oscuridad de su cajón, durmiendo sueños de pólvora en su lecho carmesí. Miró el paisaje de la ventana frente al escritorio y, por un instante, le pareció que la vida le reclamaba desde allí. Al mismo tiempo, sintió la pulsión del lápiz entre sus dedos y decidió seguir escribiendo:

"Miró a través de los cristales de sus gafas, miró a través del cristal de la ventana que  había frente al escritorio, miró a través del aire y de las incontables y diminutas gotas de agua que flotaban en él, miró a través de su mente y de las ideas preconcebidas y de los sentimientos y de las sensaciones, miró afuera sabiendo que, en realidad, miraba hacía dentro porque siempre, siempre que se mira, se dijo, se mira hacía dentro"

Y siguió escribiendo, preguntándose cual sería su última palabra cuando volviera el dulce sabor del revolver a su paladar.

fin.