VIVIR
VIVIR
Arrancar del alma esos ojos bovinos
estultos y satisfechos, extirpar raíces ancladas en lo concreto.
Sembrar poemas inciertos, vivir
rompiendo, arrancando del suelo las trémulas eternidades que palpitan solas
abriendo surcos en el aire y en las amorosas tinieblas, dándote la mano
para sentir tu piel sucia, las arrugas que te surcan bajo las sábanas oscuras.
Ojos bovinos, pretéritos, preñados
de heridas, sarcasmos como tempestades como oleajes impíos, miradas
que me trazan como cuchillas desesperadas, corvados extravíos.
Y quiero salir, vivir
incendiar la placenta que me retiene, romper cadenas
inaugurar de nuevo un túnel madre, alumbrar concepciones
inflamar un Sol donde ardan los puros llantos y las risas doncellas.
Y vivir.
Mas los ojos, esos ojos bovinos
estultos que me amarran
¿quién los ancló así, cuando nací
en el fondo de mi alma?
Para vivir me pesa su mirada
y me encierra, y me ordena los minutos, cabalga las segunderas que giran
y tejen la sistólica danza de los corazones y aprisiona la asombrosa
diástole universal.


Abigayl dijo
“Todo era fácil, nos parece ahora,
En el plástico ayer irrevocable:
Sócrates que apurada la cicuta,
Discurre sobre el alma y su camino
Mientras la muerte azul le va subiendo
Desde los pies helados; la implacable
Espada que retumba en la balanza;
Roma, que impone el numeroso hexámetro
Al obstinado mármol de esa lengua
Que manejamos hoy despedazada;
Los piratas de Hengist que atraviesan
A remo el temerario Mar del Norte
Y con las fuertes manos y el coraje
Fundan un reino que será el Imperio;
El rey sajón que ofrece al rey noruego
Los siete pies de tierra y que ejecuta,
Antes que el sol decline, la promesa
En la batalla de hombres; los jinetes
Del desierto, que cubren el Oriente
Y amenazan las cúpulas de Rusia;
Un persa que refiere la primera
De las Mil y Una Noches y no sabe
Que inicia un libro que los largos siglos
De las generaciones ulteriores
No entregarán al silencioso olvido;
Snorri que salva en su perdida Thule,
A la luz de crepúsculos morosos
O en la noche propicia a la memoria,
Las letras y los dioses de Germania;
El joven Schopenhauer, que descubre
El plano general del universo;
Whitman, que en una redacción de Brooklin,
Entre el olor a tinta y a tabaco,
Toma y no dice a nadie la infinita
Resolución de ser todos los hombres
Y de escribir un libro que sea todos;
Arredondo, que mata a Idiarte Borda
En la mañana de Montevideo
Y se da a la justicia declarando
Que ha obrado solo y que no tiene cómplices;
El soldado que muere en Normandía,
El soldado que muere en Galilea.
Esas cosas pudieron no haber sido.
Casi no fueron. Las imaginamos
En un fatal ayer inevitable.
No hay otro tiempo que el ahora, este ápice
Del ya será y del fue, de aquel instante
En que la gota cae en la clepsidra.
El ilusorio ayer es un recinto
De figuras inmóviles de cera
O de reminiscencias literarias
Que el tiempo irá perdiendo en sus espejos.
Erico el Rojo, Carlos Doce, Breno
Y esa tarde inasible que fue tuya
Son en su eternidad, no en la memoria.”
Jorge Luis Borges
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22 Febrero 2009 | 05:53 PM