LA VERDAD
¿Debo o no debo? ¿Se lo digo? ¿O no se lo digo?
La verdad es que no sé qué hacer. En el fondo, se le ve tan feliz en su ignorancia que hasta sabe mal sacarle de su error. Pero ¿quién soy yo para entrometerme en su vida? Si él está contento, allá él. Además, cabe la posibilidad de que permanezca en el engaño a posta. Ya, ya sé que parece absurdo que alguien quiera vivir engañado; pero hay que contemplar esa posibilidad. No sería el primero que se niega a reconocer la realidad. Ni el último.
Pero ¿y yo? ¿es que no cuento nada? ¿es que no es menor el pecado que se realiza por omisión? Porque se me dirá que soy un entrometido, que no tengo derecho alguno de invadir la intimidad ajena. Su intimidad. ¿Y qué pasa con la mía? Por que si yo no supiera nada, si de nada de esto me hubiese enterado, pues también viviría contento y feliz con el engaño. Pero resulta que no es así. Y si callo y permito que siga en su error, la que sufre entonces es mi conciencia. ¡Y mi pobre conciencia ya ha cargado con demasiadas cosas en su dilatada existencia!
No, no es que haga de la Verdad, un valor absoluto. Esa ingenuidad la perdí hace mucho tiempo. De hecho, no creo que exista la Verdad así, en mayúsculas. Los predicadores de esa verdad universal, cósmica o divina, acaban negándonos la libertad. No la libertad absoluta, que esa tampoco existe; sino la relativa libertad de lo cotidiano, esas pequeñas libertades del cada día que, al fin, son tan importantes, pues de ellas se sustentan otras libertades más generales. Fijaos en vuestro deliberar para tomar una decisión cualquiera. Por ejemplo cuando decidimos que vamos ha hacer hoy para comer, y cuando decidimos qué papeleta escogemos a la hora de votar. Me diréis que la trascendencia de lo segundo no es equiparable con la de lo primero. Alguien puede argumentar que un voto, un solo voto, puede cambiar el gobierno del país. Pero ¿de verdad creéis que, si os impidieran decidir entre unas judías verdes o un estofado de buey, seríais libres para escoger la papeleta del voto? No, simplemente: no. Y no es que eso de ir a votar cada cuatro años tenga tanta importancia; pero es lo único que tenemos. Es decir, en cuanto a lo que a la política y al gobierno de la Nación se refiere. Al fin y al cabo tan sólo pueden ganar las elecciones aquellos partidos –y aquellas ideas- que pueden movilizar cientos de millones de euros en publicidad. Para eso se necesita ser buen amigo de banqueros y capitostes; aunque uno se diga de izquierdas o revolucionario. ¡Cuántos partidos que llevan en su nombre la palabra revolucionario, obrero o socialista, son financiados por los mismos bancos que financian a sus opositores. Siempre he pensado que eso debería hacer pensar a la gente sobre lo estrechas que son las opciones a la hora de escoger el voto en nuestras democracias occidentales. Hay mucha más diferencia entre las judías y el estofado; además, al final puedo decidir cenarme unos huevos fritos y mandar al congelador a las demás opciones. Cosas de la libertad.
Pero, jugar con mi conciencia, es otra cosa. Creo que debo decírselo; no por él, sino por mí. Para salvaguardar mi integridad moral. Si él ha preferido vivir en la mentira o verdaderamente está engañado, tanto da. En el primer caso, siempre le queda el recurso de ignorar lo que yo le diga poniendo como excusa una nueva mentira; en el segundo, si la verdad le hace infeliz no será mi culpa, sino la de quienes le han mantenido en el engaño tanto tiempo. Son cosas, éstas, del conocimiento. Estar cerca o en posesión de la verdad, se supone que es una muestra de sabiduría. Para ello acudimos a la escuela y, los que pueden, más tarde a la universidad. Parece que, cuando una afirmación la hace un doctor, es más verdadera que cuando la realiza su portera. Eso es lo que cree la mayoría de la gente. Y mucho más los doctores. Así nos encontramos a médicos –que siempre se llaman “doctores”- aseverando sobre cualquier materia: sea política, sicología, religión o economía. Incluso en arte parece que la opinión de un licenciado en ingeniería vale más que la de un barrendero. Así de ufanos vamos los licenciados por el mundo, soltando afirmaciones a diestro y siniestro, con mirada segura y engolando la voz. Si alguien afirma que en las escuelas ocurre como en la política: que se enseñan aquellos conocimientos que son considerados útiles por los mismos señores que financian a esos partidos, tan similares entre ellos, a los que hacíamos mención antes, lo tendremos por loco. Y, por supuesto, los sabios que en estas universidades enseñan son los que dominan esos concretos saberes que tan útiles resultan a los mismo amos.. No me extenderé con lo que ocurre con la verdad en los periódicos, televisores o radios. No me gusta reiterarme.
Así que, me preguntaba al principio si debo o no debo decirle la verdad. Aunque le duela. ¿A ti que te parece?
Claro que, quizás, ya lo he hecho.
Un saludo,
zenon




dawn dijo
quizás si , lo hayas hecho ya.
17 Noviembre 2008 | 12:26 PM