El Vigilante Poema urbano de soledad
El Vigilante.
Poema urbano de soledad
Atravesaba las avenidas sin mirar, sin que le atropellaran. Le hubiese hecho un favor. Al menos, eso era lo que pensaba él aquel día. La ciudad corría a su alrededor, se estremecía, bramaba el ruido sordo y constante de todas las grandes urbes. La ciudad rumiaba la carne de los niños y los intestinos de las madres, como una gran vaca digería el abundante pasto urbano. Mugía su desesperación, también, por sus venas, con la parsimonia de lo inexorable. La sentía dentro de él pugnando por escapar hacía el exterior, amenazando con provocar un estallido que repartiría su cuerpo, despedazado, por el asfalto. Apretaba el paso; pero no podía huir del ruido de los coches, de las sirenas de la policía, de la estridencia de las ambulancias, del latido profundo y agitado de la multitud. Dicen que no se puede huir de uno mismo. Y menos en la ciudad, pensó él; en esta ciudad.
Los semáforos intercalaban los colores con indiferencia, bajo una lluvia tan fina que podría ser sólo niebla. La humedad confundía los vivos colores de los coches y velaba los cristales de las ventanas. Amanecía, podría ser, solamente, rocío. En la ciudad el rocío sólo se mantiene limpio en los parabrisas y las cristaleras de los comercios. El que cae sobre la acera o en el asfalto, se vuelve negro y resbaladizo. Él no resbalaba, sus pasos marcaban los segundos sobre el asfalto con la seguridad de un péndulo perfectamente calibrado. Y como un péndulo se sentía, moviéndose continuamente hacia ninguna parte. Fuera a donde fuera, encontraba siempre lo mismo. Le perseguían las mismas caras, las mismas voces. No había novedad. Como si su vida se hubiera detenido en algún momento lejano que ya no podía recordar; y que no hacía otra cosa que repetirse una y otra vez.
No tenía conciencia de ser desgraciado. Ni feliz. Sólo era el vigilante nocturno del parking de la calle Provenza. Uno más de tantos. Cuando se levantaba de la cama, todos los días, el sol ya había perdido esa verticalidad que le permite, por las mañanas, colarse entre los altos edificios de la ciudad. Eso en verano; a partir de octubre, cuando salía a la calle, era ya de noche. Dormía nueve horas exactas. Todo en su vida era exacto. Fichaba a las once su entrada en el parking, trabajaba nueve horas, y apagaba la luz de la mesita de noche a las diez de la mañana. Hasta las siete; y vuelta a empezar.
Escribía poemas.
“dulce flor del asfalto/ curva deliciosa del suburbano...”
Los anotaba en una pequeña libreta que le acompañaba a todas partes. Cuando estaban llenas, las guardaba, escrupulosamente ordenadas, dentro de un armario.
“se quiebran todas las cinturas/ en tu única cintura”
Poco antes de entrar -y también al salir-, tomaba un cortado en el bar de la esquina. Se lo servía Elena. Recordaba su cara como un óvalo perfecto, terso y sonrosado, coronado por una ondulante cascada morena. ¿Cuándo fue eso?, ahora peinaba canas y no maquillaba las arrugas. La sombra de una sonrisa era todo lo que ella podía ofrecerle mientras le servía el café. Una sonrisa tristemente cómplice, de náufragos que se reconocen en un mar de calendarios desfallecidos. Jamás cruzaron más que las imprescindibles palabras. Era suficiente. Para ella, la vida también se había detenido en un incierto momento. Aquellos dos cortados constituían el único puente que les unía a la humanidad. Eso creía él.
Hacía mucho tiempo que había dejado de inquietarle su soledad. Para vivir le bastaban la escueta sonrisa de Elena y las pocas palabras cruzadas, en el parking, con los dueños de los autos. Trabajaba de lunes a domingo; había pactado con la empresa cubrirse él mismo los festivos. Naturalmente se los pagaban. De hecho, había acumulado una pequeña fortuna. Vivía solo, en el viejo piso de sus padres; y sus gastos eran pocos. El orden que regía su vida le permitía ahorrar más de la mitad del salario. No salía, no hacía vacaciones y hacía años que apenas compraba ropa. Al morir, su padre dejó armarios y cajones llenos de trajes, camisas, pantalones, gruesos jerseys de lana, chalecos, calcetines, camisetas y un sinfín de prendas más. Su padre vestía una talla por encima de la suya; pero a él le satisfacía vestir ropas holgadas. Frecuentemente, le dijo el médico, cuando muere un cónyuge, el otro le sigue al poco tiempo. Su madre abandonó este mundo a los pocos meses de que lo hiciera su marido. No querría llevarle la contraria al médico.
Sin embargo, su vida ya recorría las estaciones del péndulo de su soledad mucho antes de que murieran sus padres. Apenas se hablaban, y vivían como desconocidos bajo el mismo techo. Era como si residieran en una pensión, donde se extreman la urbanidad y las buenas palabras. Jamás discutieron ni se pelearon por ninguna causa. Un día, al poco de morir su madre, se percató de que, por primera vez, se sentía realmente en su casa. Quizás la soledad era como su miopía, de nacimiento. Quien sabe.
“correrás tras de mí/ con zancadas de hormigón y acero/ tú, mi única ciudad...”
En ocasiones, cuando llegaba a casa, leía uno de sus poemas antes de meterse en la cama. Le gustaban porque parecía que los hubiese escrito otra persona. Encerraban una música acompasada y profunda, de una apasionada desesperación. Empezó a escribirlos al poco de morir su madre. El primer verso le vino a la cabeza mientras sonreía a Elena en el bar, una mañana húmeda y gris como ésta. Aún lo recordaba. Como una flor en un campo baldío, surgió un frase entre sus pensamientos. Y tuvo la necesidad, casi la urgencia, de anotarla. Sacó el lápiz que usaba en el trabajo para las anotaciones de caja y escribió en una servilleta.
“congelas la curva de tus sonrisas/ las esquinas...”
No fue hasta días más tarde que pudo terminar el pareado. Clavo la servilleta en el tablero de corcho que había sobre la estantería del parquímetro. Cada vez que introducía un ticket por la ranura del contador, leía aquella frase. Le parecía que no era suya porque no comprendía qué diablos significaba. Durante esos días se preguntó con frecuencia cómo había podido escribir aquellas incomprensibles palabras.
“envuelven tu cintura.”
Había escuchado el clic del contador y le asaltaron estas tres palabras.
“congelas la curva de tus sonrisas/y las esquinas envuelven tu cintura”
Anotó en un ticket la frase entera, los dos versos. Esta vez se llevo a casa el escrito. Aquel día se acostó más tarde que de costumbre. Con el papel en la mano, se repetía aquellas palabras que seguían sin parecerle suyas. ¿A quién se referían? ¿Cómo se congela una sonrisa? ¿Cómo te abraza una esquina? No conseguía comprenderlo; sin embargo, repetía una y otra vez aquellas palabras, con la conciencia de que encerraban un orden preciso. Escuchó en cierta ocasión hablar de la música de las esferas. De esta manera se refirió alguien, siglos atrás, a la armonía que rige el cielo y sus estrellas. Aquella mañana, repitiendo sus versos, le pareció que eran parte de aquella armonía universal. Por si las moscas se le ocurrían más versos como aquellos, aquella tarde, de camino al trabajo, paró en una papelería y compró su primera libreta de poemas. Habían pasado años desde aquel primer poema; ahora, se apilaban en el armario, perfectamente ordenadas, decenas de libretas que encerraban versos y más versos, que seguían sin parecerle suyos.
Pronto renunció a comprender qué significaban aquellos versos. Descubrió que carecía de importancia, que lo primordial era que, cuando se escuchaba leyéndolos en voz alta, sentía cierto placer, como un cosquilleo que le recorría todo el cuerpo y que le excitaba y fatigaba a la vez. Era como una droga que se necesita cada vez más, con mayor frecuencia. Y pasaron los años, amontonando libretas y calendarios.
Sus pasos martilleaban el asfalto, con esa determinación de péndulo que le guaba cada día al trabajo. Como he dicho, no atendía a los semáforos aquel día. Solo podía pensar en los días que hacía que no anotaba ningún verso. Era como si se hubiera secado la fuente oculta de donde manaban. Lo menos, hacía un mes. Había sobrevivido repitiéndose los últimos versos que había anotado en la última libreta.
“te llamo desde la eternidad/ y la constelación de los silencios...”
No estaba terminada, lo intuía claramente. Pero su vida había quedado en suspenso y no venían a socorrerle las palabras, como era habitual desde aquel primer poema, tantos años atrás. Su ausencia de inspiración se llenó con el ruido sordo de la ciudad, y tuvo la conciencia de ser una soledad que braceaba desesperadamente para mantenerse a flote en ese mar de sirenas y asfalto. Se sentía observado por las sombras de los peatones y corría, cada vez más rápido hacia el bar de Elena. Empezaba a costarle pasar los días, que se habían hecho largos e insoportables. Se lanzó a cruzar la última avenida hacia la acera de enfrente, donde se iluminaba el bar de Elena. No escucho el chirrido de los neumáticos, ni el golpetazo del auto sobre sus caderas. Voló sobre el capó del automóvil y cayó sobre la acera, roto como un muñeco de trapo.
Mientras su corazón se entretenía en un último latido, aún pudo repetir aquellos últimos versos.
“te llamo desde la eternidad/ y la constelación de los silencios...”
“ámame/ pues ya vengo”, pensó.
Y se extinguió el grito de Elena en la puerta del bar.
Fin



abigayl dijo
“te llamo desde la eternidad/ y la constelación de los silencios...”
“ámame/ pues ya vengo
¿FIN?
13 Octubre 2008 | 08:05 PM