Pepe Cerillas alargó la siniestra para coger el papelote arrugado. Tenía la cara apoyada sobre la vieja americana que había enrollado a modo de almohada. El otoño recién se estrenaba y no hacía frío aquella noche. Sonaban las dos de la madrugada en el reloj de Santa María del Mar y, a no ser por el taconeo apresurado que se alejaba rebrotando por las paredes del callejón, hubiera dormido hasta el alba, cuando pasa el carro de la Limpieza Municipal con sus cepillos y su alcachofa de agua. Pero el papel había rebotado en sus narices y, luego, rodó hasta quedar parado a tres palmos de su cara. Alargó la zurda porque lo era, zurdo, y acercó el papelote a sus ojos mientras se incorporaba.
Tenía seca la boca; la agrietada lengua raspaba el paladar y se encallaba en sus resecos labios. Palpó tras de sí hasta dar con el tetra brick de Don Simón; levantó la pestaña y se largó un buen trago de vino tinto. “¡Dios bendiga al San Simón ese!” dijo, y no recordaba cuantas veces lo había repetido en los últimos meses, o años. Qué más dan un don o un santo, si se trataba de buen vino. Cuando desplegó el papel, ya malició algo. La forma rectangular, la textura crujiente, el peculiar crujido mientras lo desplegaba, le resultaban familiares; aunque el tamaño le parecía un tanto grande. Sentado en el suelo como estaba, depositó el papel sobre la rodillera izquierda de su gastado pantalón de pana negra. El acanalado del género amarró la hoja mientras hurgaba en un bolsillo en busca de una caja de cerillas. La encontró enseguida, no en vano le llamaban Pepe Cerillas. A tientas, pues la penumbra reinaba en el callejón, abrió la caja y palpó la cerilla hasta distinguir el extremo barrigón de la cerilla. Luego, raspó sobre la lija y escuchó la deflagración del fósforo. Cerró los ojos para aspirar el olor acre del humo, le gustaba tanto...Cuando los abrió, ya miraban el papel.
“¡Joder, San Simón me ampare!” Era el primero que veía en directo y , por supuesto, que tocaban sus dedos. Pero los había visto en los pósters que cuelgan en las paredes de los bancos, con flechas que indican los elementos de seguridad que distinguen los falsos de los verdaderos. Además, sabía leer; que una cosa es ser mendigo y otra ser analfabeto. De hecho, casi todos los mendigos que conocía sabían leer; alguno había conocido que decía ser ingeniero o abogado. Y pepe Cerillas les creía: Pepe Cerillas tenía un estupendo olfato para las mentiras. Había descubierto que Franco no había muerto al primer vistazo que echó a la lapida del dictador. ¿Cómo no se daba cuenta la gente de que, aquel mamotreto, no era una lápida, sino la puerta de un bunker? Desde ahí mandaba más que cuando le creían vivo. En fin, si las gentes no querían creerle, allá ellos. Pero, ahora, lo que de verdad importaba era que aquel papelote, amoratado como la casulla de un obispo, sin duda, era un billetazo de quinientos euros. Lo ponía bien clarito en las esquinas: QUINIENTOS EUROS. Un Bin Laden, les llamaban a estos billetes, porque eran tan difíciles de ver como el famosos terrorista moraco. ¡Cómo si no supieran que, el moro ese de las barbas, habitaba un zulo debajo de la Casa Blanca y, desde allí, movía como marionetas a los falsos presidentes USA!
“Crisis, dicen, ¿qué crisis? Si la gente ya tira los billetes de quinientos eurazos. A mi no me la pegan, quieren acabar con nosotros” decía para sí, mientras enrollaba el billete y lo acercaba a la llama de su cerilla, que ya le quemaba los dedos. El billete prendió con un chisporroteo y su luz pronto sustituyó a la del fósforo. “No; a mi no. A mi no van a corromperme con billetes de esos” Se levantó y buscó las cámaras que le debían estar filmando. Porque era seguro que le filmaban siempre; a él y a todo el mundo. Nunca la policía había controlado tanto a los ciudadanos como ahora; Franco podía estar contento: sus policías secretos, eran unos pardillos al lado de estos súper tecnificados cuerpos de seguridad que, ahora trabajaban para él. La apariencia democrática había sido la excusa perfecta para que las gentes se dejaran filmar, grabar y fichar sin protestar. La luz de billete era algo más amarillenta que la de la cerilla. Ardió un rato, hasta quemarle casi los dedos; entonces, lo tiró al suelo y pisó sus cenizas. Y levantando la voz se dirigió a las cámaras ocultas del callejón:
- ¡Os jodéis, mamones. A mi no me la pegáis; ¡meteos vuestros putos quinientos euros en el culo!- al tiempo que decía esto se bajaba los pantalones, dejando sus vergüenzas al descubierto- Podéis grabar esto y se lo pasáis a vuestros hijos por la tele en horario familiar. ¡Ah, ah, ah! La crisis es un invento, ya lo sabía yo ¿creíais que podíais engañar a Pepe Cerillas? ¡Que os jodan! ¡Ah, ah, ah!
Cuando terminó de reír, se subió los pantalones y se echo de nuevo sobre los cartones que hacían la vez de cama. Al poco rato, roncaba con la cabeza descansando nuevamente sobre su chaqueta enrollada.
Entonces, saliendo del soportal que la había estado ocultando, la sombra de una mujer se aproximó al mendigo durmiente. Sacando un cepillo de un bolsillo y una bolsa de plástico de otro, barrió con esmero las cenizas del billete de quinientos euros que Pepe Cerillas había quemado. Luego, se fue con un leve taconeo, pulsando las teclas de su teléfono móvil.
- ¿Central? informa la agente Lucinda. La acción planificada sobre el individuo conocido como Pepe Cerillas ha fracasado. Podrán examinar todos los detalles en las cámaras sitas en las bocacalles del callejón, donde les indica mi GPRS en este momento. Otra vez será. En veinte minutos quedamos en el Valle de los Caídos, junto a la lápida que ya sabéis.
Y la humedad opaca de la noche engulló a la siniestra agente Lucinda.
Mientras, Pepe Cerillas ya gozaba, protegido por San Don Simón, de su séptimo sueño.