La Joroba
La Joroba (fragmento)
Otra gente, otras personas han poblado mi vida, no con la intensidad con que lo ha hecho Inés, ella ha sido la única que consiguió engañarme, los demás han sido el aliño de esta ensalada de días, meses y años que han escrito mi biografía, en la que han ido creciendo de la mano el desprecio justificado por el ser humano y la compasión justa que, sólo yo, tengo derecho a sentir por mi mismo, incluso Remigio, el tuerto con quién me he reído tantas noches de borrachera, mirándome reflejado en su único ojo, mucho más hermoso de lo que soy, es un compendio de mezquindad, ruin y tan sediento de la sangre y los fracasos de los demás, que ha sido el único confidente que me he podido permitir en todos estos años de perversión perfectamente planificada, como la historia que me llevé con Carolina durante casi dos años y, a pesar de haberme reído de ella tantas veces con Remigio, lo cierto es que la pobre me daba una pena ácida que, afortunadamente, me abandonaba al día siguiente al entrar en el despacho, donde la imagen esbelta de Inés poseía la magia de redimir mis pecados y jamás a ella se le hubiera ocurrido imaginar que su pobrecito jorobado trabajara de puto de una ciega bajita y gorda, con la que, además de ganarse unos buenos duros, se aliviaba la entrepierna, hasta que ya no pudimos cachondearnos más de ella, Remigio y yo, porque apareció descuartizada en la habitación de la pensión en la que vivía su vida de vendedora de cupones, ganando un dinero que, hasta que me conoció, no supo como gastarse y, cuando me enteré de aquella tragedia, me sentí enormemente feliz por ella, que había dejado esta puerca vida para pasar a otra mejor, porque si existe otra vida necesariamente ha de ser mejor que esta y, si no la hay, entonces tanto da todo, esto le decía yo a Remigio, cuando me contaron en el bar el terrible final de Carolina, y él me contestaba riéndose "tendrás que buscarte otra cieguita, viejo José, o se te va a llenar la joroba de mala leche y no va ha haber quién se tome unas copas contigo".
De copas sabía mucho Remigio, una esponja vieja y arruinada, cuya edad real no se correspondía a su aspecto físico, que era el de un hombre entrado en la sesentena con quince años de adelanto, en aquel cuerpo enjuto de casi dos metros de altura, desgarbado y todo pieles, coronado por una cabeza cadavérica de frente abultada, pelo cano, escaso y ralo, bordeándole unas orejas diminutas y agudas que enrojecían por el efecto del alcohol, desde el carajillo con que se desayunaba, hasta los gintonics de madrugada interminable, en la que contaba, a quien quisiera oírle, su penosa historia de profesor de humanidades que sólo había trabajado un año, porque le arreó una tunda a un crío al que pilló jugando al fútbol con su ojo de cristal, en una ocasión que olvidó el estuche con el repuesto encima del pupitre al terminar la clase, y es cierto que Remigio se pasó y le saltó cuatro dientes de un puñetazo al mocoso, pero pienso yo que las autoridades académicas se excedieron inhabilitándole de por vida, porque dígame usted cómo reaccionaría con alguien que se dedicara a darle puntapiés rabiosos a uno de sus ojos, por muy de cristal que sea, que para Remigio era más valioso que el bueno, y no porque le hubiese costado un riñón hacérselo traer de la vieja Checoslovaquia, donde tallan el cristal mejor que en ningún otro lugar, sino porque estaba convencido de que jamás encontraría otro que se le adaptara con aquella convincente elegancia, que más de un éxito le había proporcionado entre las maestrillas despendoladas de aquellos años de revolución y sexo libre, las cuales, a partir de entonces, le rechazaron por antipedagógico, que pegar a un niño era para ellas mayor pecado que descuartizar a un sindicalista en una comisaría, luego el pobre Remigio no sólo perdió su trabajo, sino que se quedó sin amigos y acabó sustituyendo su otrora amado ojo de cristal por un parche a lo pirata y a sus amigos por el carajillo, el Don Simón y los cubatas.
Lo de Carolina había que agradecérselo a él, pues la idea fue suya, "necesitas una hembra, chaval, y a ti no te quieren ni las putas de lo feo que eres" decía, pero no me ofendieron nunca las palabras de aquel tuerto pedófobo de ideas luminosas y etílicas, además tenía razón y a mí me hacía falta meterla en caliente de una puñetera vez, con mis treinta años de soledad a cuestas, " si no puedes ir pagando ni de gorra, tendrás que hacerlo cobrando", añadió el tuerto, en un tono que no comprendí hasta el día que Remigio, con un gesto veloz y premeditado, cogió la mano de la ciega y la puso sobre la abultada bragueta de mis pantalones, y a la gorda se le incendiaron tanto los sentidos que no hizo preguntas cuando Remigio le dijo que "aquello" se obtenía pagando, y pagó contenta durante todo aquel tiempo, hasta que la descuartizaron en la pensión, y a mí me dio una alegría porque ya empezaba a estar harto de sus exigencias, pero al poco tiempo la echaba de menos, supongo que porque no tenía otra vez donde aliviarme y, cuando salía del despacho, con el perfume de Inés adherido como una segunda piel sobre la mía, iba a encontrarme con Remigio y mi vaso de whisky, que me esperaban en el antro de siempre, para charlar de lo que fuera con tal de matar el tiempo, pero esperando, en el fondo, que cualquier día el tuerto llevara la mano de otra infeliz a pasear por la geografía de mi bragueta, así pareció que el tío me leía el pensamiento cuando un día me soltó "si tu quisieras, tendrías tantas carolinas como seas capaz de tirarte", me pilló desprevenido en mi borrachera y no le dije nada hasta que, dos días más tarde, le saqué el tema y él lució su mejor sonrisa, desdentada y gris, para pedirme una comisión por sus servicios de alcahueta, "el veinticinco por ciento" le contesté, importándome un comino el dinero, porque lo que me intrigaba entonces era de donde sacaría el material aquel tuerto del infierno.
Supongo que Carolina hizo alarde, al tiempo que me disfrutaba, del superdotado que le alegraba las noches y de esto se enteró Remigio, así que, tirando del hilo de las amistades de la ciega en la ONCE, empezó a proporcionarme citas con otras infelices dispuestas a pagar lo que fuera por un pene sin escrúpulos, y el mío no los tenía, lo que es más, se volvió insaciable y demandaba su ración de lujuria con mayor avidez cada día, de forma que, casi todas las noches, tomaba ansioso el papel que me pasaba Remigio con la dirección de una desconocida y salía del bar, impaciente por revolcarme con aquellas desafortunadas que, ansiosas de un amor fingido y de un placer real, pagaban sin rechistar la suma cada vez más elevada que fijaba previamente mi alcahuete, el cual se volvía progresivamente más y más codicioso, y esto se le notaba en el temblor de las manos, que me tendía para que yo depositara en ellas el porcentaje pecuniario de mi labor de cama, esos dineros que al principio yo despreciaba, pero que, con el tiempo, se me hicieron, también a mí, gratos, redoblando el placer de este inusitado trabajo de pito y sábanas, que me llevaba a recorrer, todas las noches, las moradas necesitadas de mujeres abandonadas por el destino en la cuneta de la fealdad, y que yo sentía renacer en la vehemencia de sus gemidos, que me llevaba en el recuerdo al volver a mi casa, con la feliz fatiga del deber cumplido y unos billetes en el bolsillo de mi chaqueta, un dinero inmaculado pues era el fruto de la felicidad que les proporcionaba a todas ellas, que fueron muchas, porque las más no podían permitirse disfrutar de este jorobado más de una vez al mes y yo anhelaba una cada noche, y en ocasiones fueron dos las que me cepillé en aquellas horas que iban desde el encuentro diario con Remigio hasta mi entrada en la oficina, pues había cogido el hábito de dormir por las tardes, al salir del trabajo, y con esto me era suficiente para reponer fuerzas y volver a mis noches de puto adefesio y fuente de placer, para invidentes al principio, porque, con el tiempo, Remigio fue ampliando la fauna de mi clientela con lo más selecto del mundo de las necesitadas, viejas melancólicas de caricias que no podían devolver, mutiladas de brazos, piernas o pechos, feas, desdentadas, matildes del Somorrostro, caraquemadas de ojos diminutos, brillantes y sin párpados, obesas de voluminoso trasero y enormes tetas colgantes sobre una Babilonia de grasas superpuestas y, aunque no lo creáis, en todas me sumergía con la misma pasión, en todas descubría el tesoro oculto que Natura les había negado en su figura, sumergiéndome en los inmensos perímetros de unas, aventurándome en el lienzo cubista de las feas, haciendo florecer extremidades insospechadas de sensibilidad, allí donde el bisturí sólo había dejado un vacío yermo y desolado.
(Fragmento de "la Joroba" , quizás publique el resto...un beso a quien haya llegado hasta aquí)




abigayl dijo
Se resuelve esta hora
inmóvil en las ramas,
se resuelve hacia un mar
de brillo esplendoroso,
y cubro mi amenaza,
mi palacio en ruinas
en nombre de la luz,
del amor que se expande,
de los sueños amables lanzados
para siempre.
He despertado
a una mejor vida,
que me ronda insistente
como un astro feliz,
y soy ángel o espacio
invadido de nubes,
héroe que abandona su Reino
por la caricia frívola,
por el beso suave: un falso
aroma alzado, ídolo de humo.
19 Septiembre 2008 | 06:55 PM