Vacuidad.

¿Tan insoportable se nos hace la imposibilidad de la ciencia?

Es la soledad, lo que se esconde en esos temores. Si por un momento imaginamos que la sabiduría es inalcanzable, nos damos cuenta de que sin esa esperanza estamos solos. Me dirán que ¿qué es eso de la sabiduría? Que me explique.

Entiendo por sabiduría aquel saber (o habilidad) que nos conecta con el ser, más allá de nosotros mismos. Presuponiendo que tal ser (noúmeno, realidad, dios, materia, otredad...) es capaz de dotar de sentido y de dar cuenta, al fin, de todo. Es capaz de dar sentido a nuestra vida. No dudamos de nuestra existencia, aunque no sepamos explicarla e ignoremos el alcance que tiene. Esto último, particularmente, nos aterroriza El origen de nuestra aspiración a la sabiduría esta en el miedo. Una especie de “horror vacui” existencial.

En el haber de los iniciadores de la filosofía occidental y en el budismo, está la desvaloración de la información que nos llega a través de los sentidos. (gran parte de la filosofía posterior ya esta contenida en tan elemental cuestión) Aquellos hombres se percataron que nuestra percepción a la vez que nos comunica con el mundo, nos aísla de él. La percepción es, en definitiva, un límite, el muro de una cárcel.

Se pusieron a buscar desesperadamente una herramienta que nos permita escapar de la prisión de la ignorancia recién adquirida. A partir de ese momento volvieron la mirada hacía el interior. ¿Quién había descubierto el engaño? Evidentemente el pensamiento, la razón. El logos estaba por encima de la percepción. El logos debía dictaminar, a partir de entonces qué es real y qué no lo es. Estableció qué es verdadero y que es falso. Llego a identificar ambos: lo verdadero es real, lo falso no es real. Por aquél camino, lo cierto es que Parménides llega al único punto, del que no hay escapatoria: el ser es Uno. El ser y el pensar son lo mismo. Lo demás queda suspendido en el brumoso mundo de lo verosimil, del engaño, y, sobretodo, de la inseguridad. El miedo, otra vez. (Más tarde nos resctaría la fe: es decir, le pasamos el problema a Dios, y santas pascuas!)

Si he referido, brevemente, esta aproximación a los inicios del filosofar es como respuesta a la otra fe: la de la lógica y sus principios.

Me cuenta una buena amiga, con bella fe ilustrada en la ciencia, que los principios de la lógica son vacíos y seguros. Siento no estar seguro de ninguna de ambas cosas. Ciertamente la lógica tiene uno de sus pilares en el principio de igualdad. No es mi especialidad (no tengo ninguna, aunque mi admiración por la sabandija es la misma que expresa Zaratrustra e igual de sincera); pero el principio de igualdad tengo para mí que es una herramienta que juega en el aire. Por decirlo de una forma clara: vive en el mundo de Parménides, el de la doxa, claro. Pero ese mundo sólo se sostiene desde posiciones solipsistas. En el mundo elemental de las cosas (las que se pueden tocar, saborear o comer) la igualdad es imposible. No hay “dos” cosas iguales. Sólo se es igual a sí mismo en este “real mundo” No existen dos cosas iguales que ocupen el mismo espacio y tiempo simultáneamente. Dicho de otra forma, no hay igualdad; sólo individuos o...un solo individuo.

Tiene un algo de cultural el principio de igualdad. Es tremendamente mercantil. Cuando decimos que un kilo de trigo vale ocho dracmas, estamos diciendo que un kilo de trigo es “igual” a ocho dracmas: pues lo podemos intercambiar en cualquier momento. Donde antes había ocho monedas podemos, a voluntad, poner un kilo de cereal. El principio de igualdad (la presuposición de la igualdad, diría yo) es un componente del poder. Y más cosas por supuesto, no quiero que se me acuse de reduccionista...que es hábito común por estos lares. En ocasiones acertadamente.

Las ciencias empíricas...sólo son posibles desde la ingenuidad, y eso lo afirma la fe religiosa de muchos de los principales científicos de nuestra época. Lo que aún me sorprende es que, mientras una mayoría de científicos, asumen con naturalidad los límites del al ciencia (y de su método) haya tantos filósofos que usen la ciencia como elparadigma desde el que todo pensar debe ser juzgado. La descontextualización de la ciencia empírico matemática es un vicio, desgraciadamente extendido.

En este sentido, aún prevalece el síntoma del doctor : desde la ilustración, con el avance de los conocimientos en medicina, poco a poco el medico fue sustituyendo al sacerdote. Es bien sabido, y queda estupendamente ilustrado en aquellas novelas del XIX donde el enfrentamiento entre el medico y el sacerdote se saldaba, casi siempre, a favor del galeno. La opinión del médico se convirtió en referencia. El médico opinaba de medicina, por supuesto, pero opinaba sobre todo. Su opinión era venerada por el pueblo ignorante y el no tan inculto. Y el señor médico, opinaba de política, de filosofía, de ética, de moda incluso, y sus opiniones adquirían carácter de infalibilidad. El médico era el paradigma del saber, y el pueblo, supersticioso él, estaba convencido de que la ciencia tenía, o tendría tarde o temprano, respuesta para todas las cuestiones. Un sarampión que aún dura. No en vano los licenciados en medicina, se llaman y son llamados doctores, sin mediar doctorado en ello. El médico tomó el lugar tradicional del brujo. Más no tardó éste en vengarse abduciéndolo: el medico se convirtió en brujo.

La ciencia dota de seguridad el mundo de “las cosas” porque nos da poder sobre ellas. Porque con ella se construyen coches, microondas, o misiles. Pero, y esto lo sabe cualquiera que tenga dos ojos puestos en ello, la cuestión del Ser, la cuestión de qué sea que existe más allá de la percepción, no pertenece al ámbito de la ciencia.

Pretender que la ciencia es el paradigma de la filosofía es, ahora sí, un reduccionismo que restringe el mundo (el ser) a lo observable, a lo que nos muestran los sentidos de la percepción. El método cientifico puede refinarse lo que se quiera, pero es subsidiario de la percepción, por mucho que la acote y normatice. Es, en definitiva, una vuelta al estadio prefilosófico. Y, aunque sea porque me jorobaría haber dedicado en balde varios años al estudio de lo que dijeron los que se llaman así mismos filósofos, me inclino a creer que, fuera del ámbito de la percepción sensorial, hay misterios que vale la pena desentrañar; y que el pensar filosófico tiene la obligación de pensar en ese sentido. Que el lenguaje, pueda alcanzar al Ser, rozarlo siquiera, no es seguro. Personalmente creo que vale la pena inquirir por los aspectos del la lengua no “lógicas”. La belleza, las asociaciones místicas o poéticas- el símbolo en lugar de la igualdad, por ejemplo...

Sin abandonar el ámbito experiencial, la meditación...

Pero de estos ya habrá ocasión de continuar hablando.

Un saludo,

zenon