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La Coctelera

Zenon, Divagaciones pirenaicas

Pues en nada creo, nada de lo que aquí se expone merece mi fe.

Categoría: ENSAYOS

13 Noviembre 2008

LOS RICOS DICEN LA VERDAD

LOS RICOS DICEN LA VERDAD

Reflexiona el príncipe Hamlet que “la mano ociosa es la que tiene más fino el tacto”, y no le falta razón. Al menos, no toda la razón.

La sensibilidad del rico se demora en sutilezas, artes sublimes, el trino delicadísimo, perfecto, de la soprano, la perspicacia del rombo surrealista, los discursos intrincados de la teología, la impresionante grandeza de los edificios, el majestuoso perfil de los palacios, la elevación gloriosa de las catedrales, la belleza etérea de las top model, la banderita caritativa de la cruz roja o el espasmo orgasmático de otras caridades. Y qué decir de la elegante curva que traza la bola de golf entre el cielo azul y el verdísimo césped, la plenitud musculosa de los ídolos del tenis, la caída exacta de un traje de Armani, y tantas otras cosas en las que la fineza de la sensibilidad se pueda aplicar.

Pobre sensibilidad del pudiente: las cadenas del “fino tacto de la mano ociosa” le hieren de mala conciencia o de depresión romántica. No precisa para sufrir de la basta sensibilidad de los pobres.

Los pobres no tienen “sensibilidad”; tienen, eso sí, sensaciones, como los animales... ¡pobrecillos! Sienten hambre ¡que sensación tan burda, Señor! ¿Hambre? Eso se arregla comiendo; no como la angustia existencial que me provoca un film de Bergman, por ejemplo. ¡Bah, hambre! Sensaciones bastas, elementales. Sienten dolor por cualquier enfermedad, y les duelen los músculos por trabajar tantas horas por un poco de pan. ¡Morfina y gimnasio, es lo que necesitan! ¿Qué sabrán esos desgraciados, de mis lágrimas en el diván del sicoanalista? ¡De mi sufrimiento intelectual! Si sólo se preocupan de su salario miserable, y del pan que comen sus sucios retoños. ¡Pues no tener hijos, carajo!

Si por los pobres fuera, jamás se habrían edificado las más sublimes obras del Arte ni de la Razón. No existiría la Capilla Sixtina, ni se hubieran levantado las Pirámides ni las Catedrales. Donde está Santa Sofía, habría, a lo sumo, un patatal, y los cohetes no surcarían el espacio, ni las Filarmónicas tendrían partitura que tocar. Los pobres no han nacido para tan sublimes obras. ¡Aún que se les da empleo en la construcción de las iglesias, museos o palacios! Agradecidos debieran estar.

¿No os parece increíble que se quejen? Por que está claro que carecen de la más elemental inteligencia y sensibilidad. Si no fuera por los ricos, carecerían de lo más elemental. Por ejemplo ¿quién les daría trabajo? ¿Quién les proporcionaría su miserable choza, o la frazada con que se cubren las noches de invierno? Sólo podrían vivir en países cálidos, donde no es preciso protegerse del frío y la naturaleza da algún fruto para comer. ¿No os habéis fijado que los países donde proliferan más los pobres responden a esa descripción?. África, Sudamérica, Indonesia ¡Cuánta pobreza! Y es que los pobres, además de ser poco inteligentes son unos vagos; y cuando tienen la oportunidad de no hacer nada no la desaprovechan. Si tienen sol y bananas, ya no trabajan. ¡Y luego se quejan de su miseria, de carecer de sanidad, ni escuelas, ni viviendas!

Menos mal que estamos los ricos para corregirles. ¿Verdad?

Tags: pobreza, riqueza

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4 Noviembre 2008

El Poder de Las Palabras


A pesar de que no es éste el ámbito usual donde publicar ensayos tangenciales a lo político, las elecciones USA creo que merecen una breve reflexión sobre el sistema que sostiene el chiringuito. En todo caso, que quede claro, por adelantado, lo siguiente: que aquí se hagan afirmaciones que, principalmente, afectan a dicho sistema NO quiere decir que se defienda ningún otro. Sólo ocurre que hoy toca éste. Espero no aburrir a nadie y ya doy por supuesta la discrepancia. Y es que de todo ha de haber en la viña del Señor ¿verdad?

El Poder de Las Palabras.

Debo haber perdido el norte hace tiempo. Yo creía que la democracia, nuestra democracia, era al menos el mejor sistema posible. Así se afirma habitualmente ¿no es cierto? Con este razonar nos inculcan desde que tenemos edad para juzgar asuntos de este calado. Así, cuando se evidencian los defectos del sistema (la injusticia de la justicia de “pago”, la pervivencia de la miseria que afecta a tantos, los abusos de quienes detentan la violencia legal, el apoyo a despiadados regímenes dictatoriales, la promoción de la guerra en tierras extranjeras, la gran desigualdad social en nuestra patria, etc.) nos dicen que son los defectos inevitables del mejor de los sistemas políticos “posibles”. Lo que nos dicen, en realidad, es que cualquier otra alternativa es imposible.

¿No habéis escuchado nunca a alguien decir que no hay alternativa la capitalismo, pues ha existido siempre? ¿Cuánta gente cree a pies juntillas que el capitalismo a existido “siempre”? Piensan: “había moneda y comercio, luego había capitalismo”. Es decir, para ellos el Egipto de los Faraones, La Persia de Darío, La Grecia de Esparta, La Edad Media europea, la China de los Mandarines, y otros muchos, eran “capitalistas” pues había moneda y comercio. De hecho moneda y comercios los había hasta en la URRS.

Es decir, se nos inculca una falacia desde muy temprana edad. Y, además, se apoya la presunta universalidad del sistema capitalista desde los medios de comunicación y desde todos los partidos políticos con un mínimo de presencia en los mismos. Cualquier otra opinión es ignorada o satirizada “agudamente” por la farándula paniaguada de los mismos.

Lo cierto es que, tal ahistoricidad del capitalismo, es una chusca falacia que cae por su peso en cualquier ambiente mínimamente culto; aunque, fuera de éstos, siga siendo tabú. La realidad es que hay una intencionalidad en tan peculiar –y extendida- interpretación de la Historia. Lo que se pretende es que, cualquier crítica que proponga una alternativa al sistema de poder establecido, nos parezca inmediatamente “imposible” pues no la vemos realizada en el mejor de los sistema “posibles”. Así, cualquier propuesta que se dirija a terminar con las injusticias obvias instaladas en nuestras sociedades, la tacharemos enseguida de utópica. Claro que, cualquiera que se pare a pensar cinco minutos, entenderá que si los antiguos hubiesen pensado de tan conservadora manera, aún vestiríamos pieles y viviríamos en cavernas.

Lo que me sorprende más es cómo, personas con mayores conocimientos de historia y teoría, aceptan que el error se extienda como una mancha de aceite a todas las capas de la sociedad. Cuando se habla de estos asuntos fuera de ámbitos académicos, se nos puede tildar de “intelectuales” lo cual empieza a ser considerado un insulto, que se aplica a quien pretenda llevar este saber fuera de los más estrictos limites del ámbito universitario o cultural. Lo que les ocurre a los “intelectuales” es lo mismo que le ocurre al León del Zoo.: mientras permanezca en su recinto, es un bello animal del que presumir ante los visitantes; pero si escapa de su cárcel y sale a la calle, deja de ser un bello León, y se convierte en una “fiera”.
Las palabras, las palabras...

Las palabras han sido al final las verdaderas guardianas del orden establecido. Su manipulación a transformado nuestra visión del mundo y nuestra historia. En el ejemplo de los intelectuales, que antes citaba, es sangrante cómo funciona: ¿Quién preferiría dejar de ser llamado “intelectual” y respetable académico, para ser una “fiera utópica” o un demente. ¿Quién quiere ser ridiculizado, descuartizado en el circo mediático? Nadie, o casi nadie. Las palabras han instalado el reino de la puerilidad en la cultura mediática; que es, con mucho, la mayor parte de la cultura existente. Dejar los medios de comunicación concentrada en manos de grandes corporaciones capitalista, le ha permitido manipular impunemente el lenguaje y, con él, nuestra visión del mundo. De ahí que ya casi todos creamos a pies juntillas que el sistema “capitalista” ha existido “siempre”. Los faraones eran capitalistas ¡pues no tenían mucho oro los tíos! Y no te digo los señores feudales, con tantos doblones, de oro también, guardados en sus arcas con los que comprar cuanto que quisieran. Y ¿qué decir de los Mandarines, tan “capitalistas ellos”?

Recuerdo aún el asombre que sentí cuando, en los años anteriores a la caída del muro de Berlín, empezaron a decir “la derecha”, en los medios de comunicación, cuando se referían al del Partido Comunista. Y lo más curioso es que quienes calificaban de “derecha” a los comunistas, eran los medios que habíamos entendido de derechas de toda la vida. Imaginad lo curioso que era ver –por poner un ejemplo- a un periódico propiedad de un conde , tildar de derechas a Stalin, Lenin, Mao, o Ho Chi Min, era el caso de la Vanguardia del conde de Godó, o el monárquico ABC. Y lo más curioso fue comprobar que los demás medios siguieron esa tergiversación tan burda del lenguaje, incluso los medios que se llamaban de izquierdas. Claro que, esos medios ya pertenecían o se habían convertido en grandes corporaciones capitalistas (véase PRISA, El País, etc). El resultado, al pasar unos años es el siguiente: todo aquél que ataque el capitalismo y las injusticias que perduran en los sistemas opulentos de occidente, son tachados de utópicos y de “derechistas”, cuando no de fascistas. De hecho, paseando por los blog de economía, en los que participa la “inteligentsia” masterizada del sistema –esos incultos que exhiben un master en Marketing o similar- es frecuente ver como se pone en el mismo fiel de la balanza a Franco y Hitler, que a Stalin o Mao. Esto, que hubiese levantado las más estruendosas carcajadas en las gentes que vivieron en aquellas épocas, se lo creen, ahora ya, a pies juntillas nuestros jóvenes y no tan jóvenes conciudadanos. El poder de la palabra...

¿Cuánto tiempo hace que no veo defender una simpleza histórica como que frente al auge de los comunistas y los socialistas (los de entonces que nada tienen que ver con engendros de mercado como el PSOE), las clases burguesas y capitalistas, promocionaron a los partidos fascistas para hacerles frente. Los Nazis, el Fascio Italiano o la Falange Española tenían enfrente a los sindicatos obreros, a los partidos comunistas y a cualquiera que fuera contra el capital y la tradición (no era entonces posible separar ambos). El nacional-catolicismo es un ejemplo más de ello. Que el monstruo se les fuera de las manos, no quita que cumplió perfectamente la función de aniquilar a los enemigos de la tradición y del capital. A nadie se le hubiera ocurrido entonces decir que Stalin o La Pasionaria eran de derechas. A excepción de algún payaso que buscara causar la hilaridad con sus ocurrencias.

Meterlos a todos en un mismo saco indica, además, la mala conciencia de quienes fomentaron aquellos despiadados regímenes. Y, también, su intención de engañar al ciudadano. Y lo han conseguido. La capacidad de alterar el lenguaje ha demostrado su inmensa capacidad para alterar nuestra mente y , sobretodo, de reducir nuestro sentido crítico. Así, cuando nuestros gobiernos promueven guerras con evidentes fines económicos o energéticos, cuando mantienen magnificas relaciones con tiranos que oprimen despiadadamente a sus pueblos, cuando financian o facilitan el acceso a cárceles secretas donde se practica sistemáticamente la tortura, cuando dedican a unas Olimpiadas el dinero que bastaría para reducir el hambre en países enteros habitados por razas que no son la suya, cuando observamos todo eso y más resulta que somos incapaces de “ver” lo obvio: que nuestros gobiernos usan los mismos métodos que los nazis cuando les conviene. Tortura, exterminio, racismo...
Las guerras las ganan quienes matan mejor, quienes eliminan con mayor eficacia a sus enemigos. Esos son generalmente los que, además de los medios, adolecen de una mayor escasez de escrúpulos. ¿Quién ganó las dos últimas guerras mundiales? ¿Quién se repartió el mundo de la descolonización? ¿Quién eliminó mejor a sus opositores, tanto dentro como fuera de sus fronteras? ¿Quién dedica la mayor parte de sus recursos a la guerra, la tortura y el exterminio?¿Quién impone su lengua en el Orbe?

¿Quién es el dueño actual de las palabras?

Que tengan ustedes un buen día.

(postdata: hoy ha amanecido un esplendido día soleado, con las montañas blanquísimas de nieve: un día de esos que te "ponen las pilas".)

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2 Octubre 2008

Las Horas Perdidas

Las horas perdidas.

Pierdo las horas. Hace tiempo, no sé cuánto, ciertamente, que pierdo la horas. Ellas se van, una tras otra, casi todas, sin que pueda retenerlas ni recordarlas. Sólo me queda una vaga sensación de que pasaron; y la certeza cuadriculada del calendario.

Y me digo que a todo el mundo le sucederá igual. A quienes comparten estos turbulentos tiempos conmigo, a mi alrededor o en los confines del orbe; y, también, a todos lo que me precedieron, las ingentes generaciones de hombres y de mujeres que ya son polvo en la tierra, suspiro en el aire o lágrima en el recuerdo. ¡Qué desperdicio de tiempo, de horas y minutos, de días y segundos; instantes perdidos que nadie recordó jamás haber vivido!

Cierro los ojos y hago un esfuerzo para recuperar una de esas horas que perdí. La memoria es una sirvienta perezosa que, cuando nos damos la vuelta, barre las horas y las esconde debajo de la alfombra.

¡Eh, ahí va una hora! “¡Cógela!”, me digo; y lanzo una redecilla hecha con hilo de memoria, parecida a aquellas que se usan para capturar mariposas. Al fin la tengo. Como las mariposas, cuando los dedos del ahora la toman, pierde el polvo vital de sus alas y muere. Tengo -¡qué le vamos ha hacer!- un hora muerta entre mis manos. No se guardan en el recuerdo las horas perdidas.

Fracasado, abandono, una vez más, el empeño. Yo, como otros tantos antes de mí, soy incapaz de resucitarlas.

Cansado, vuelvo a casa. Voy pensando que la Historia de los libros, es tan sólo una lápida sobre la tumba de las horas perdidas.

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19 Septiembre 2008

La Joroba

(El jorobado José,de profesión diurna abogado y admirador secreto de su jefa Inés, descubre -gracias al etílico Remigio- que las noches le ofrecen un impensado oficio... )

La Joroba (fragmento)

Otra gente, otras personas han poblado mi vida, no con la intensidad con que lo ha hecho Inés, ella ha sido la única que consiguió engañarme, los demás han sido el aliño de esta ensalada de días, meses y años que han escrito mi biografía, en la que han ido creciendo de la mano el desprecio justificado por el ser humano y la compasión justa que, sólo yo, tengo derecho a sentir por mi mismo, incluso Remigio, el tuerto con quién me he reído tantas noches de borrachera, mirándome reflejado en su único ojo, mucho más hermoso de lo que soy, es un compendio de mezquindad, ruin y tan sediento de la sangre y los fracasos de los demás, que ha sido el único confidente que me he podido permitir en todos estos años de perversión perfectamente planificada, como la historia que me llevé con Carolina durante casi dos años y, a pesar de haberme reído de ella tantas veces con Remigio, lo cierto es que la pobre me daba una pena ácida que, afortunadamente, me abandonaba al día siguiente al entrar en el despacho, donde la imagen esbelta de Inés poseía la magia de redimir mis pecados y jamás a ella se le hubiera ocurrido imaginar que su pobrecito jorobado trabajara de puto de una ciega bajita y gorda, con la que, además de ganarse unos buenos duros, se aliviaba la entrepierna, hasta que ya no pudimos cachondearnos más de ella, Remigio y yo, porque apareció descuartizada en la habitación de la pensión en la que vivía su vida de vendedora de cupones, ganando un dinero que, hasta que me conoció, no supo como gastarse y, cuando me enteré de aquella tragedia, me sentí enormemente feliz por ella, que había dejado esta puerca vida para pasar a otra mejor, porque si existe otra vida necesariamente ha de ser mejor que esta y, si no la hay, entonces tanto da todo, esto le decía yo a Remigio, cuando me contaron en el bar el terrible final de Carolina, y él me contestaba riéndose "tendrás que buscarte otra cieguita, viejo José, o se te va a llenar la joroba de mala leche y no va ha haber quién se tome unas copas contigo".

De copas sabía mucho Remigio, una esponja vieja y arruinada, cuya edad real no se correspondía a su aspecto físico, que era el de un hombre entrado en la sesentena con quince años de adelanto, en aquel cuerpo enjuto de casi dos metros de altura, desgarbado y todo pieles, coronado por una cabeza cadavérica de frente abultada, pelo cano, escaso y ralo, bordeándole unas orejas diminutas y agudas que enrojecían por el efecto del alcohol, desde el carajillo con que se desayunaba, hasta los gintonics de madrugada interminable, en la que contaba, a quien quisiera oírle, su penosa historia de profesor de humanidades que sólo había trabajado un año, porque le arreó una tunda a un crío al que pilló jugando al fútbol con su ojo de cristal, en una ocasión que olvidó el estuche con el repuesto encima del pupitre al terminar la clase, y es cierto que Remigio se pasó y le saltó cuatro dientes de un puñetazo al mocoso, pero pienso yo que las autoridades académicas se excedieron inhabilitándole de por vida, porque dígame usted cómo reaccionaría con alguien que se dedicara a darle puntapiés rabiosos a uno de sus ojos, por muy de cristal que sea, que para Remigio era más valioso que el bueno, y no porque le hubiese costado un riñón hacérselo traer de la vieja Checoslovaquia, donde tallan el cristal mejor que en ningún otro lugar, sino porque estaba convencido de que jamás encontraría otro que se le adaptara con aquella convincente elegancia, que más de un éxito le había proporcionado entre las maestrillas despendoladas de aquellos años de revolución y sexo libre, las cuales, a partir de entonces, le rechazaron por antipedagógico, que pegar a un niño era para ellas mayor pecado que descuartizar a un sindicalista en una comisaría, luego el pobre Remigio no sólo perdió su trabajo, sino que se quedó sin amigos y acabó sustituyendo su otrora amado ojo de cristal por un parche a lo pirata y a sus amigos por el carajillo, el Don Simón y los cubatas.

Lo de Carolina había que agradecérselo a él, pues la idea fue suya, "necesitas una hembra, chaval, y a ti no te quieren ni las putas de lo feo que eres" decía, pero no me ofendieron nunca las palabras de aquel tuerto pedófobo de ideas luminosas y etílicas, además tenía razón y a mí me hacía falta meterla en caliente de una puñetera vez, con mis treinta años de soledad a cuestas, " si no puedes ir pagando ni de gorra, tendrás que hacerlo cobrando", añadió el tuerto, en un tono que no comprendí hasta el día que Remigio, con un gesto veloz y premeditado, cogió la mano de la ciega y la puso sobre la abultada bragueta de mis pantalones, y a la gorda se le incendiaron tanto los sentidos que no hizo preguntas cuando Remigio le dijo que "aquello" se obtenía pagando, y pagó contenta durante todo aquel tiempo, hasta que la descuartizaron en la pensión, y a mí me dio una alegría porque ya empezaba a estar harto de sus exigencias, pero al poco tiempo la echaba de menos, supongo que porque no tenía otra vez donde aliviarme y, cuando salía del despacho, con el perfume de Inés adherido como una segunda piel sobre la mía, iba a encontrarme con Remigio y mi vaso de whisky, que me esperaban en el antro de siempre, para charlar de lo que fuera con tal de matar el tiempo, pero esperando, en el fondo, que cualquier día el tuerto llevara la mano de otra infeliz a pasear por la geografía de mi bragueta, así pareció que el tío me leía el pensamiento cuando un día me soltó "si tu quisieras, tendrías tantas carolinas como seas capaz de tirarte", me pilló desprevenido en mi borrachera y no le dije nada hasta que, dos días más tarde, le saqué el tema y él lució su mejor sonrisa, desdentada y gris, para pedirme una comisión por sus servicios de alcahueta, "el veinticinco por ciento" le contesté, importándome un comino el dinero, porque lo que me intrigaba entonces era de donde sacaría el material aquel tuerto del infierno.

Supongo que Carolina hizo alarde, al tiempo que me disfrutaba, del superdotado que le alegraba las noches y de esto se enteró Remigio, así que, tirando del hilo de las amistades de la ciega en la ONCE, empezó a proporcionarme citas con otras infelices dispuestas a pagar lo que fuera por un pene sin escrúpulos, y el mío no los tenía, lo que es más, se volvió insaciable y demandaba su ración de lujuria con mayor avidez cada día, de forma que, casi todas las noches, tomaba ansioso el papel que me pasaba Remigio con la dirección de una desconocida y salía del bar, impaciente por revolcarme con aquellas desafortunadas que, ansiosas de un amor fingido y de un placer real, pagaban sin rechistar la suma cada vez más elevada que fijaba previamente mi alcahuete, el cual se volvía progresivamente más y más codicioso, y esto se le notaba en el temblor de las manos, que me tendía para que yo depositara en ellas el porcentaje pecuniario de mi labor de cama, esos dineros que al principio yo despreciaba, pero que, con el tiempo, se me hicieron, también a mí, gratos, redoblando el placer de este inusitado trabajo de pito y sábanas, que me llevaba a recorrer, todas las noches, las moradas necesitadas de mujeres abandonadas por el destino en la cuneta de la fealdad, y que yo sentía renacer en la vehemencia de sus gemidos, que me llevaba en el recuerdo al volver a mi casa, con la feliz fatiga del deber cumplido y unos billetes en el bolsillo de mi chaqueta, un dinero inmaculado pues era el fruto de la felicidad que les proporcionaba a todas ellas, que fueron muchas, porque las más no podían permitirse disfrutar de este jorobado más de una vez al mes y yo anhelaba una cada noche, y en ocasiones fueron dos las que me cepillé en aquellas horas que iban desde el encuentro diario con Remigio hasta mi entrada en la oficina, pues había cogido el hábito de dormir por las tardes, al salir del trabajo, y con esto me era suficiente para reponer fuerzas y volver a mis noches de puto adefesio y fuente de placer, para invidentes al principio, porque, con el tiempo, Remigio fue ampliando la fauna de mi clientela con lo más selecto del mundo de las necesitadas, viejas melancólicas de caricias que no podían devolver, mutiladas de brazos, piernas o pechos, feas, desdentadas, matildes del Somorrostro, caraquemadas de ojos diminutos, brillantes y sin párpados, obesas de voluminoso trasero y enormes tetas colgantes sobre una Babilonia de grasas superpuestas y, aunque no lo creáis, en todas me sumergía con la misma pasión, en todas descubría el tesoro oculto que Natura les había negado en su figura, sumergiéndome en los inmensos perímetros de unas, aventurándome en el lienzo cubista de las feas, haciendo florecer extremidades insospechadas de sensibilidad, allí donde el bisturí sólo había dejado un vacío yermo y desolado.

(Fragmento de "la Joroba" , quizás publique el resto...un beso a quien haya llegado hasta aquí)

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15 Septiembre 2008

AMANECERES

Paseaba, como todos los días, al amanecer. Asomaba, incipiente, el Sol, su áurea luz tras las montañas. Un dorado tapiz que todas las mañanas vencía, infatigable, a las sombras de la noche. Y que, finalmente, sucumbiría, desfallecido, cuado el ocaso impusiera su ley. Eso eran los días. Pensó que eso debía ser, también, la vida.

El camino bajaba serpenteando entre bancales de olivos o de almendros, hasta los campos donde el rocío perlaba la cebada. La vida...

Pensar, hacer. Amar, odiar. La vida. ¿Cómo es posible que no sepamos qué es la vida? ¿De donde viene? ¿Para qué sirve? Contemplaba la cebada, los troncos retorcidos, la minúscula gota de rocío temblando en el pétalo blanco de la flor del almendro, podía ver todas estas cosas y otras más, pero la vida se le escapaba. Quería prenderla en cada brizna de hierba, en el esquivo rayo de sol que jugaba al escondite entre las intrincadas ramas; quería palpar la vida pura, desnudarla y tomarla como se toma, en el amor, al amante. Pero se le escapaba, todas las mañanas, como la arena entre los dedos.

Ya rugían los tractores en los caminos y sobre los campos. Era hora de volver a casa. Una vez más sin respuestas; una vez más, rendido a su ignorancia. Pero no podía borrar la sonrisa de su rostro. Posiblemente, pensó, saber no era tan importante como sentir la fría brisa del amanecer sobre su viva piel.

Así, se entregó el hombre a un nuevo día. ¿Quién sabe si, tras el ocaso, durmió en paz?

Tags: saber, vivir

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6 Septiembre 2008

NO ME DIGÁIS BELLAS PALABRAS.

 

Quisiera contaros cómo me duelen las bellas palabras. Cómo no soporto ya los poemas perfectos, las narraciones más deliciosas, los discursos más apasionados. Busco un refugio donde no llegue la belleza, donde no pueda herirme su luz.

Porque ni yo, ni el mundo lo merecemos...

En su envoltorio de metal llueve el fuego sobre Bagdad y sobre las altas montañas de Afganistán. La balacera del patrón barre las hojas de la coca, corta la respiración campesina. Ya no hay aliento que diga libertad; pues la libertad, asfixiada, agoniza por las cloacas.

Libertad es una niña que se prostituye en Tailandia, que vende sus bragas almidonadas el las favelas de Río, que se come el gran pene del amigo americano y besa el negro culo de la vieja Europa.

Libertad -niña hace doscientos años- ahora se subasta en el tablero catódico junto a lavadoras y jabones y sonrisas que visten americana. Se nos hizo vieja la libertad de tanto esperar la justicia. Hoy su nombre se vende con la miseria y viaja en los jets privados de la opulencia.

Abandonada, hace tiempo, por los miserables del mundo, porque ya no piden libertad, sino pan y venganza.

Porque los miserables desconfían de Libertad; esa puta ya tiene patrón. Los miserables quieren pan y no bellas palabras.

Pues la belleza es el maquillaje de la libertad, y la libertad es ahora más fea. Porque en nombre de la libertad se mata y tortura. Porque en nombre de esta lasciva enajenada, se aniquilan pueblos y silencia la Verdad. Porque en el mercado reina la libertad del rico para ser rico y la del pobre para ser siempre pobre. Y el mercado es el rey.

Se corrompieron las bellas palabras; hoy son sólo afeites, colorete en el rostro cruel de la explotación.

 Dejadme en mi cueva pirenaica. Dejadme con el olor del rastrojo y el murmullo del agua.

Dejadme, no me digáis bellas palabras.

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4 Septiembre 2008

Invierno en el alma

INVIERNO EN EL ELMA

Ya se abrigan los campos con su manta de nieve, con ella se confortan cuando el hombre derrama su corazón helado por las carreteras y las matronas bailan claqué sobre el canto de las parturientas.

La estrella del norte permanece como un diminuto ojo sobre el destello de la Luna que se derrumba en las aguas de los arroyos y busca el mar o la muerte. Por eso, la Luna cada mes desaparece tragada por los bueyes del cielo que aran los tiempos del hombre. Tiempos de invierno con su reloj de estalactitas y su araña que teje perezosamente las horas.

El crepúsculo enrojece a las cinco de la tarde en estas tierras de labranza y derrama su sangre por los encinares o ruboriza las nieves de las altas montañas. Moles que se yerguen con la solemnidad de un reloj detenido cuando iba a iniciar el gong con un asombro de piedra y rocas sorprendidas. ¿No habéis observado cómo, a veces, las grandes rocas se sostienen como un suspiro gigantesco congelado sobre los abismos? Contra toda ley, en las montañas, se detiene el vuelo de un ave telúrica con alas minerales, como se detuvo este corazón mío cuando dibujabas despedidas en la estación del tren.

Bufaba la máquina ignorando los sueños de mis campos abrigados de nieve. Iniciaba un lento caminar que yo quería imposible porque te hurtaba para siempre; te llevaba de mi mirada dejando ojos desiertos como páramos helados en el invierno. Las estaciones del tren nada sabían de las estaciones del alma; en la mía, el invierno congelaba las trenzas que dibujaba un pez en el estanque frío de mi pecho. Se detuvo el movimiento. Y un latido se hizo añicos cuando se estrelló en las baldosas firmes del último adiós

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