Hacía frío en la ciudad aquella noche de marzo. La luz de las farolas parecía más pálida y azul que de costumbre, y las sombras reptaban ateridas por las aceras y el asfalto, y parecía que buscaban refugio en los tragaluces de los sótanos, las escaleras del suburbano y los párquines humeantes. Los peatones se fundían con ellas y se escurrían en los portales buscando el calor del hogar. Paseaba mi soledad escuchando el eco de mis pasos amortiguado por la humedad.
Los días pasan, me dije mientras presionaba las solapas del abrigo sobre la piel desnuda de mi cuello, como pasan las nubes, sin trascendencia, dejando algún chubasco ocasional. Vagaba por la calle y por mis pensamientos sin intención de llegar a ninguna parte. Había salido de mi cubil, arrastrado por mis demonios particulares, buscando aire fresco; pero las calles de la ciudad siempre decepcionan, y mi perfil, en los cristales oscuros de los escaparates, apenas tomaba unos sorbos de aire infecto. Dejaba un rastro fugaz en la bruma espesa y mefítica que cubría las aceras. Parecía que huía, pero no huía. Sólo paseaba con mi pena.
Recordé los calendarios clavados, uno sobre otro, en la pared de mi habitación. Clavados en mi piel, en mis ojos, en lo que de mi desconchado corazón restaba. Me dije que el tiempo era como aquellos calendarios, siempre en el mismo lugar, siempre en mi habitación. La misma habitación de entonces, más oscura ahora. ¿Cuánto tiempo había pasado? Cuatro años, quizás. Cuatro años de ausencia, de vació. Cuatro años de vértigo fuliginoso y mórbido. Inmerso en una derrota confusa, dando bandazos en un oleaje monótono y turbio donde naufragó mi existencia, ya sin horizonte, ya sin ella, hacía, acaso, tanto como cuatro años. En fin, el tiempo...
De este humor, paseaba aquella noche fría de marzo buscando algo que silenciase mi lastimosa voz interior. En el fondo, empezaba a estar harto de mi pena y huía de ella. En la ciudad, la evasión empieza siempre echando el cuerpo a la calle; y allí estaba yo, paseando entre sombras furtivas, una noche de invierno, cuando tropecé de tal manera que fui a dar cuan largo soy sobre la acera. Una bolsa de viaje no muy grande, roja, asomó sus asas por encima de la bruma pegada al pavimento, a un palmo de mi nariz. Tras ella, me miraban dos brasas desde un rostro velado por las sombras.
- Perdón.
- Ya, ya -dije, mientras me sentaba en el suelo y me agarraba el codo izquierdo, que me ardía por el golpe.
- Sinceramente, lo siento. No pensé que nadie pudiera tropezar con mi bolsa. Un descuido imperdonable.
- Bueno, déjelo correr.
Me agarró del pantalón cuando ya me levantaba.
- Permítame compensarle, caballero.
Se alzo a mi lado. Su rostro permanecía en sombras debido al sombrero de ala ancha que calzaba su pequeña cabeza, impidiendo que la luz insuficiente de las farolas le alcanzase; sólo el blanco de sus ojos seguía luciendo bajo el sombrero.
- Tenga -tomando mi mano, soltó las asas de su bolsa entre mis dedos. - Espero que le sea de tanta utilidad como lo ha sido para mí.
Y echó a andar calle abajo, perdiéndose en la noche antes de que yo pudiera articular una respuesta; entre otras cosas, porque casi me voy de nuevo al suelo debido al peso de la bolsa. Mi primer impulso fue soltarla, dejarla ahí mismo, en la acera y largarme. ¿Qué debía contener? Pesaba como si llevara metal en abundancia. Descarté abrirla ahí mismo; sobre la acera apenas podría distinguir nada debido a la espesa niebla que se adhería con obstinación al suelo. Y ni que pensar en correr la cremallera con una mano mientras la sostenía con la otra, pesaba demasiado y terminaría volcando y desparramando su contenido, fuera cual fuese, por la calzada. Dejarla era una opción que iba descartando a medida que mi mano se acostumbraba a su gravidez. Al fin, decidí volver a casa y abrirla allí.
Los ecos de mis pasos se ahogaban en la humedad de los callejones y en los soportales donde las parejas estrechaban sus urgencias en la penumbra. Como si se fuera desprendiendo de algo, la bolsa parecía perder peso a medida que me acercaba a mi casa. Supuse que me iba acostumbrando a su gravedad. Mientra recorría el camino de vuelta, intentaba recordar algo sobre el hombre que me había hecho tal obsequio. Era algo más bajo que yo, vestido con un abrigo que le llegaba hasta los pies que no disimulaba un cuerpo delgado, que daba cierta impresión de flojedad. Manos afiladas, de largos dedos nervudos, sorprendentemente vigorosos mientras aferraban la manga de mi camisa antes de dejar la bolsa en mi mano. Sólo un anillo de oro, que destelló fugazmente, ceñido a la segunda falange de su dedo índice, destacaba en la figura gris del hombre de la bolsa. Gris era la palabra que mejor lo definía, un gris sigiloso que desapareció sin hacer apenas ruido, con una rara velocidad, como si levitara, como si debajo de la bruma baja sus pies no tocasen el suelo.
*
Llené hasta arriba un balón de brandy barato y me senté en el sillón a contemplar la ciudad. Había subido por la escalera debido a un corte de corriente, de los habituales en el barrio apenas amenaza la tormenta. Dejé la bolsa en la mesita que había junto al sillón. Mi apartamento ocupaba la esquina Este del doceavo piso de un viejo edificio de veinte plantas. Cuando lo construyeron fue el más alto de la ciudad; de eso habían pasado setenta u ochenta años. Ahora alzaba su fachada cuarteada y sucia en un barrio que habían ocupado progresivamente las clases más humildes, traficantes de drogas y bohemios. A este último grupo pertenecíamos, Amanda y yo, cuando vinimos a vivir aquí, llenos de ilusión, ella con sus telas y yo con mi viejo ordenador y mis libros, con los que llené las estanterías con una erudición que distaba mucho de poseer. Soñábamos con ser grandes artistas. Revivía aquellos años con todo detalle, los momentos felices, íntimos, compartidos, llenos de emoción y la presunción dichosa de ser verdaderos artistas. Con el balón calentándose en mi mano, pensé que, en cierta manera, yo había llegado a serlo: un gran artista de la soledad y el desaliento. Un gran artista amargado mirando la luz intermitente de los neones a través de la gran cristalera del salón, con la única compañía de una bolsa roja depositada en una mesita de fórmica, que algún día saqué de la cocina y que se quedó allí, sin sentido, fuera de lugar, como había quedado todo cuando ella se fue.
"es la ciudad que mereces"
Fue algo parecido a un pensamiento, como si esas palabras estuviesen en mi cabeza. Tomé un trago largo de de brandy. "Sí, es la ciudad que merezco, lluviosa, sucia y triste como yo" creí que me contestaba a mí mismo.
"si tú lo dices..."
No, no había sonado en mi cabeza. Me pregunté si estaría escuchando voces como los locos o los borrachos. La copa estaba a medias, no había bebido lo suficiente como para oír fantasmas.
"yo sólo preguntaba"
- ¡Eh! ¿Quién habla? -alcé la voz, un tanto alarmado, mientras la idea de estar loco erizaba mi piel.
"preferiría, salir......."
Las palabras provenían de la bolsa. ¿Habría dejado, el hombre del abrigo, un teléfono móvil en su interior? Pero, si era así ¿cómo había leído mis pensamientos? ¿Cómo sabía que estaba frente al ventanal mirando la ciudad? Quizás me había seguido hasta mi casa.
"por favor, ¿podrías sacarme de esta cochambrosa bolsa?, falta aire aquí dentro"
Vacié el medio balón de brandy que quedaba de un solo trago. Indudablemente, la voz provenía de la bolsa y se dirigía a mí como si escuchase mis pensamientos. "Bueno, me dije al fin, sigámosle la corriente" y me planté frente a la mesita de formica.
La cremallera se descorrió con suavidad. La parte superior de un busto asomó fuera. Lo tomé, pesaba lo suyo, de tacto era suave y frío, quizás mármol, y lo deposité sobre la mesa junto a la bolsa. Luego, metí la mano en ella buscando algo más. Mis dedos recorrían todos sus pliegues, su fondo de plástico, su único bolsillo lateral, pero no aparecía ningún teléfono móvil. Al fin, la puse boca abajo, por ver si caía algo. Y cayó, tintineando, sobre la mesa. Era un anillo de oro, parecido al que destellaba en la segunda falange del dedo índice del desconocido. Lo dejé a un lado y le dí la vuelta a la bolsa, dejando al aire su parte interior. No había móvil, ni siquiera de esos tan pequeños que se supone que usan los espías. La idea de que aquellas voces fuesen producto de mi imaginación, no me hacía ninguna gracia. Me sentía confuso y no sabía qué hacer. Cogí el anillo y me lo puse en la segunda falange de mi dedo índice, tal como lo había visto en la mano de el del abrigo. Me alcance hasta el mueble bar y llené de nuevo mi balón de brandy. Hasta arriba. Mi nuevo anillo tintineó al golpear con el cristal de la copa. Lo deslicé hacía arriba, hasta la primera falange, el lugar natural para un anillo. En medio del dedo impedía que este se moviera y se flexionara con normalidad. También era una ocurrencia la de aquel desconocido, me dije, llevar el anillo de tan incomoda manera.
- Ese anillo no es tuyo... aún.
La voz había sonado claramente desde la mesa de formica, ahora a mi espalda. Cerré lentamente la puerta del mueble bar y, sin volverme, contesté.
- ¿Quién habla? ¿Quién eres?
- ¿Qué quién soy? Puedo ser yo; también puedo no serlo. ¡Yo qué sé!
Me armé de valor y me di la vuelta, esperando encontrar no sabía qué, ni a quién. Sólo el busto permanecía allí; ni nadie más. Supe, no sé cómo, que la voz provenía de aquel busto de mármol iluminado por la luz intermitente que entraba por la ventana. No sabía qué decir, así que volví a mi sillón tras tomar otro trago de aquel pésimo brandy de a tres euros la botella. El busto quedaba de perfil respecto a mi posición. Representaba un hombre de edad mediana, como yo, con el pelo lacio y desordenado, con un mechón cubriéndole parcialmente la frente, como a mí. En su perfil, la frente ancha, la nariz chata, los labios breves y el mentón aventajado, eran iguales a los míos.
Por alguna razón nada me sorprendía; alguna insólita razón que hacía que aquellas circunstancias me pareciesen de lo más natural. Un desconocido sin rostro, con un anillo extrañamente encajado en medio del dedo índice, con un abrigo inmenso y que había desaparecido levitando en la niebla, acababa de obsequiarme con un busto mío de mármol. Normal. Y, ahora, me estaba tomando un brandy charlando amigablemente con ese busto de mí mismo y con un anillo igual que aquél encajado correctamente en mi dedo.
- No te pertenece.
Estuve igualmente seguro de que mi vista no me engañaba: los labios del busto de habían movido.
- Qué.
- El anillo; ya te lo he dicho antes: el anillo no es tuyo todavía.
- Entonces -contesté pensando que le había cogido en falta-, ¿será mío más tarde? ¿Cuándo?
- Es una buena pregunta, ¿cuándo? Esta misma noche, mañana, o la semana que viene, o el día del Juicio final. Depende.
- Es una mala respuesta.
- Quizás; pero es la única que tengo. ¿Podrías moverte para que nos podamos ver de frente, por favor?
- Claro.
La nuestra era una charla muy educada, pensé. Me levanté y corrí mi sillón hasta colocarlo frente a mi busto. Me senté de nuevo, sin decir nada, con mi brandy oscilando en la copa, imprimiéndole calor con la palma de la mano. Permanecimos en silencio. Yo, aunque parezca imposible, pensando en mi vida, olvidado por un momento de su extraña presencia. ¿Quién sabe en qué debía pensar él?
Podía ser éste mi último día y aquel encuentro no era más que un síntoma de mi inminente deceso, pensé. Ahora, podría repasar lo que había hecho en toda mi vida; eso dicen que ocurre cuando vamos a morir: que toda nuestra vida pasa vertiginosamente frente a nuestra mirada. Toda mi vida, bueno, casi toda; porque yo había dejado de vivir el día que murió Amanda. Como nuestro piso de bohemios, mi vida se había desecho en aquel momento infausto, el orden se había descompuesto, como se habría descompuesto ya su precioso cuerpo en el féretro de madera que me negué rotundamente a ver. La belleza, lo único que daba sentido a la existencia, había terminado por sucumbir a los gusanos. No quise ir al entierro, ni al velatorio en casa de sus padres; creí que así la conservaría intacta en el recuerdo. Pero era mentira, como todo. Hacía tiempo que, cuando cerraba los ojos para evocar su imagen, sólo hallaba una sombra desdibujada, imprecisa. Un vacío, como mi propia vida.
- No pienses que vas a morir. No hoy.
- ¿Perdón?
- Digo no morirás hoy; tampoco mañana, ni la semana, o el mes próximo. Lo ignoro. Yo no soy mensajero de la Muerte, ni de nadie. Tan sólo soy un busto.
- ¿Me lees el pensamiento?
- No hace falta leerte el pensamiento para saber qué estas pensando.
Era un tanto irritante su superioridad.
- Resultas un busto algo pedante, sabes. En ocasiones pienso...
- Vamos, mira a tu alrededor. Este piso está hecho un asco; tú mismo no es que vayas muy compuesto... ni limpio, siento decírtelo. No quería yo entrar en tales asuntos, pero...
- ¡Eh! Mejor te callas o corres el riesgo de salir por la ventana -corté, amenazante. Me indignaba que se refiriese con tanto descaro a mi aspecto y mi higiene. Aunque no iba falto de razón, no tenía derecho a invadir áreas que he considerado siempre de mi exclusiva intimidad.
- No creo que vayas ha hacerlo.
- Y eso, ¿por qué? Al fin y al cabo no eres más que obsequio de alguien de quien no sé nada. Un desgraciado metido en un abrigo diez tallas más grande que él, famélico y sombrío. ¿Por qué no lanzarte a que te partas ahí abajo en mil pedazos que barrerá mañana el barrendero, y que yo olvidaré pensando que nuestro encuentro resultó sólo un sueño? Dímelo. O mejor cállate, no digas nada más. ¿Crees que me conoces? ¿Crees que siempre he sido así? Hubo una época que la vida me sonreía, sabes. Amanda me admiraba, leía para mí mis escritos con su deliciosa voz de seda y, cuando lo hacía, me parecían geniales, y la amaba a ella cada vez más, y me amaba, también, a mi mismo. La casa se llenaba a todas horas de gente que nos quería, que deseaba nuestra proximidad, el piso, nuestro piso y no esto que ves ahora, una mera sombra de lo que fue, iba lleno de conversaciones, de risas y de caricias. En aquellos tiempos, si salíamos de paseo una noche de lluvia como la de hoy, todo nos parecía hermoso y la niebla era portadora de dulces nostalgias para mis melancólicos escritos, y un arco iris de infinitos grises para sus lienzos. En aquellos tiempos, la mesa que te sustenta, estaba siempre en su lugar, en la cocina, de donde salían manjares que sorprendían no sólo el paladar, sino, también, la imaginación de nuestros convidados y amigos. Porque entonces teníamos amigos. Entonces... entonces, yo tenía amigos.
Por la ventana, intermitentes crepúsculos rosas, verdes y azules teñían el silencio que siguió a mis últimas palabras. Se había hecho un nudo en mi garganta al recordar viejos tiempos. El busto tampoco dijo nada, parecía respetar mi silencio.
-No, no te voy a lanzar por la ventana; tienes razón. ¿De qué me iba a servir? Probablemente no seas más que un producto de mi imaginación ¿y qué? Si he de ser pasto de la demencia, sea. Al menos, contigo puedo hablar. ¡Hace tanto tiempo que no hablo con nadie!
- ¿Eres mudo? ¿Se te comió la lengua el gato? Si no hablas con nadie es porque no quieres hacerlo; no te lamentes. Por cierto, llorar ¿has llorado?
- Si no lloré entonces ¿por qué iba a llorar después? Las lágrimas no resucitan a nadie.
Por un instante me sentí duro, insensible. Respondí al busto con sequedad casi insultante. Quería; no, mejor necesitaba mostrarle mi desprecio. Mi desprecio hacia él, hacia el mundo; hacia mí mismo, incluso.¿Qué si había llorado? ¿Qué si hubo otros tiempos más felices? ¡Y qué!, ¡y qué! Todo había concluido, sólo se había salvado de aquel naufragio la sombra de lo que fui, una sombra que paseaba las noche de niebla buscando donde ahogar su tristeza.
-Es cierto, las lágrimas no nos los devuelven. Las lágrimas son para nosotros, para mitigar el dolor, para limpiar las heridas y que no se pudran. O quizás no sirvan para nada y sólo sean producto de la pusilanimidad de la mayoría de los hombres. Tú no eres como la mayoría ¿verdad? Has preferido convertirte en una sombra afilada, ser un cuchillo que deambula y corta la niebla de noches como ésta y desprecia a quienes se rinden ante el dolor y lo alejan de sí. Cobardes que traicionan a sus muertos, que los entierran bajo un mar de lágrimas mucho más profundo que el hoyo solitario con que los acogió la tierra, para convertirlos luego en sombras, en efigies de humo que se desvanecen mudas en el olvido.
Sus ojos de mármol, sin iris, me miraban fijos, transparentes; y yo me miré también, por primera vez, en ellos. Eran como mis ojos, más humanos que los míos, casi tiernos. Intuía cierta buena fe en su discurso. Como si quisiera espolear mi desesperación, excitarla hasta la extenuación y arrancármela al fin, igual que en un exorcismo. Pero mi pena no era un demonio; era pena, nada más. Una pena grande que, por lo visto, me había llevado a la demencia o a algo similar.
- Quizá llore esta noche. Qué más da.
- No te engañes, sí importa.
- ¿A quién?
- A mí.
- Sombra de mi imaginación, ¿has venido para devolver el deseo de vivir a este loco infeliz? ¡Qué esfuerzo vano! Bien, no me importa; si quieres que llore, lloraré. Lloraré para ti, aparición parlante; y quizá también llore por mí, quién sabe.
Resbalaba una lágrima por mi mejilla cuando terminé de hablar. Luego siguió otra, y otra más. Aquellas lágrimas trajeron un silencio nuevo, acunado por el siseo de una llovizna que comenzaba a tender una cortina sobre la ciudad.
Empecé a sentir cierto alivio.
De un trago de brandy, corté aquel llanto.
- ¡Basta! No quiero esta paz, no quiero renunciar a mi dolor. ¡Quién crees que eres para invadir impune mi intimidad! ¿Qué derecho te asiste, dime?
Me había invadido una furia sin sentido. Una debilidad nueva amenazaba con derrumbar los pilares de mi desengaño. Sentía mis lágrimas como un síntoma de esa debilidad. Es el tiempo, o la niebla o simplemente la demencia, me dije. Nada de esto está ocurriendo realmente, son mi pena, mi dolor, lo único realmente existente; los bustos no hablan, son bustos; las calles no contienen fantasmas con anillos de oro que regalan bolsas rojas con estatuas parlantes. Yo no lloro, no, yo no lloro, no, yo no lloro.
- ¡Basta! -las paredes me devolvieron un eco frágil y grité más- ¡Basta! ¡Ni las lágrimas, ni las alucinaciones me la devolveréis jamás! ¡Lo sé! Lo sé perfectamente, como sé que no existís. ¡Fuera fantasmas! ¡Fuera lágrimas! ¡Largaos con viento fresco a otra parte!
Necesitaba escuchar mi voz, que su eco me devolviera la cordura. Gritar hasta reventar. Hasta que la fatiga me devolviese mi desesperación y mi dolor, a mi existir sin esperanza.
- Aquí nada tenéis que hacer, dejadme en paz.
Pero, a la postre, volvían la debilidad y el cansancio, y ya sólo imploraba, dejadme, dejadme a solas con mi dolor.
- Lo siento, pero no puedo irme, carezco de piernas. Y no me parece de buena educación que me mandes callar. Además, resulta falto de consideración que digas que soy producto de tu imaginación. Y no es que piense que no estés loco de remate, no.
- Al cabo -dije, ignorando sus palabras-, ¿a quién le iba a importar si me encierran? ¿A ti? Puedo asegurarte que no me importará demasiado si ha de ser ese mi destino. Sabes, busto parlante: quien ha conocido la felicidad del autentico amor puede darse por satisfecho, aunque su pérdida arrase luego su vida. No, aunque pueda parecerte contrario a la desesperación en la que me has encontrado, no me quejo. Simplemente, por que ya gocé lo mío. Me quejo de su brevedad, es cierto; pero sólo porque nada puedo esperar mejor que lo que perdí cuando murió Amanda.
- No cargues mi muerte con tu desesperación, por favor.
¿Era la voz de Amanda? Miré al busto, sonreía. Me levanté, giré en redondo buscando el origen de aquella voz. Nada nuevo en mi desordenado salón. Ni sombra de ella.
- ¿Amanda?
- Ya ves, si uno llama, al fin recibe respuestas.
Una mueca entre burlona y triste flotaba en los labios de mi busto.
- ¿Ha sido Amanda quién acaba de hablar? - una creciente agitación me colmaba . La voz inconfundible de Amanda, su eco, golpeaba las paredes de mi cerebro y excitaba hasta la última neurona. -Busto, dime algo, te lo ruego; di algo que calme mi ansiedad.
- Ella lo ha dicho.
De espaldas a la ventana, frente al busto y el desordenado vacío del salón, la idea de estar loco empezaba hacerme poca gracia. Departir con un busto parlante había empezado a parecerme admisible, incluso divertido, en una noche viciada de humores urbanos como aquella. Pero que Amanda se presentara ahora por allí, aunque sólo fuera su voz, parecía algo herético, y me aterraba al mismo tiempo. Y me irritaba también el tono desenfadado con que el busto se había referido a ella.
- ¿Qué...? ¡Amanda! ¡Amanda! -la llamé, fingiendo ignorar las palabras del busto, para que no me respondiese, para convencerme de que ella no estaba allí.
- De verdad te lo digo, querido. Los muertos tenemos nuestro lugar más allá de lo humano. Vivimos nuestra muerte en una eternidad muda sin figuras ni perfiles, sin cuerpos ni sonidos. Mas, en ocasiones, cuando alguien insiste en reclamarnos, día tras día y día del tiempo de los vivos, sobre todo si ese alguien fue importante para nosotros, sus lamentos cruzan las barreras prohibidas y remueven la merecida paz. Y tus lamentos empiezan a parecerme eternos, amor.
Escuchaba su voz, forzaba la vista entre las sombras y los rincones del salón. Necesitaba verla, una figura que diese cuerpo a aquella voz que pensaba que no volvería a escuchar jamás. Porque era la voz de Amanda, sin duda alguna. Era su voz acompañada de ecos y temblores, ciertamente, pero era la misma que había susurrado palabras de amor en mis oídos, la misma que pasó tardes y noches compartiendo sueños, conversando del arte que amábamos, de los proyectos a que el futuro nos invitaba, la misma voz que encerraba gemidos para liberarlos cada noche en mis brazos. Amanda, mi Amanda.
Me pareció, entonces, que algo se movía junto a la puerta. Dibujándose en la oscuridad de aquel rincón, donde un aparador se interponía al ventanal e impedía que llegase la crepuscular luz de los anuncios, flotaba una silueta con la forma del inconfundible óvalo de su rostro. Incapaz de moverme de donde estaba, alargué la mano en aquella dirección.
- Amanda...
- ¿Qué esperas de mí? No quiero que me dediques tu ruina ni tus lamentos. ¡Si supieras lo que me molestan! Es como si me hicieses culpable de mi propia muerte. Yo no quería morir, ya lo sabes. Y todo ese cuento sobre la perfección de nuestro amor...
Sentí como mi brazo se derrumbaba de nuevo a mi costado. Escuchaba aquella voz pero no alcanzaba el sentido de sus palabras. ¿Cuento? ¿A qué cuento se refería?
- Deberías saberlo bien, querido. No, no digo que nuestro amor fuese una impostura; reconozco que nos amamos, que te amé incluso con locura al principio. Pero el tiempo pasaba y pasaba y buscábamos más.
- ¿Más?
- Si, más.- calló y tuve la sensación que callaba buscando fuerzas para continuar. Pensé que debía ser muy fatigoso cruzar la frontera que hay entre los vivos y los muertos.
El escorzo de un hombro asomó bajo el óvalo de su cara, en la oscuridad, una elipse sonrosada y perfecta bajo la que surgió una transparencia en forma de cintura que se derramaba hasta el suelo. Yo no podía apartar mis ojos de aquella aparición de transparencias que me traían la figura de mi Amanda atrapada en las sombras, detrás del aparador.
- ¿No la escuchas? No quieres entender lo que te dice ¿verdad? Seguirás fingiendo...
- ¡Calla! - pero la voz del busto no encerraba acusación alguna, más bien parecía contener una serena tristeza, una compasión que yo aún no deseaba.
- Bien, si tú quieres, será ella quien tenga que contarte lo que escondes en el fondo de tu corazón, lo que enterraste con paletadas de olvido y alcohol.
- No tengo nada que ocultar, entiendes. Porque no tengo nada, nada, nada -casi grité-. Y tú no eres más que el producto de mi mente enferma, y Amanda yace comida por los gusanos en el Cementerio de La Trinidad donde la sepultaron hace tres años.
- Gracias por recordármelo -había también tristeza en la voz de Amanda-. Pero, como te he dicho, los muertos tenemos nuestro lugar. Si quieres, piensa que es un lugar en la nada. Piensa lo que quieras, pero déjame descansar. Te lo repito, no me cargues con la culpa de tu desdicha. A partir de esta noche, ignoraré tus lamentos y tu ruina. Esto es lo que he venido a decirte hoy. Estás avisado, por mucho empeño que pongas en tu desolación, será en vano, por lo que a mí se refiere.
- Nos quisimos tanto -alcancé a responderle.
Entonces se encendieron dos minúsculas brasas en el óvalo de su cara.
¡Pero hombre! No hubo tal perfección. Fue bello a ratos, como todo en la vida. Nuestro amor fue inconstante, como tantos otros; de ahí la infidelidad.
Me pregunte cómo sabría ella... me dije que a los muertos nada se les debía ocultar de su vida pasada. Y aunque abrí la boca, no salían palabras de ella, pues no sabía qué decir.
- ¿Piensas que no lo sabía? Mayte, fue la primera. Me dí cuenta enseguida, llegabas a casa tarde los miércoles, siempre los miércoles, y te metías en la ducha sin siquiera besarme. ¡Resultaba patético escucharte excusas sobre el calor asfixiante del verano mientras entrabas en el baño! Cierto que lo cortaste cuando llegó el otoño. Me pregunté si lo dejaste al quedarte sin la excusa del calor para quitarte el olor a su perfume; que, por cierto, la ducha no conseguía eliminar del todo.
- Por qué no me lo dijiste
- ¿Para qué? Volvías siempre a mi lado. Entonces eras mas apasionado, más cariñoso, y yo sabía que me preferías a todas. Con lo de Mayte, una vez que hube superado la sorpresa, descubrí lo poco celosa que era. No te negaré que sentí alguna incomodidad al principio, luego me acostumbré. Además, descubrí que me sentía liberada; que tu infidelidad me hacía libre.
- Libre ¿para qué? Ya eras libre, creo.
- Deberías haberlo averiguado: libre para serte infiel yo también. ¿Recuerdas a Fernando, aquel profesorcillo de instituto que trajo a cenar en cierta ocasión Anabel, el mismo verano de tu affaire con Mayte? Era un tipo estupendo que, cuando superaba su timidez, resultaba ameno y juguetón. Muy imaginativo en la cama, puedo asegurártelo. Nos veíamos los miércoles, claro. Resultó un tanto fastidioso cambiar nuestros hábitos cuando cortaste con ella. En fin, me apunté a un gimnasio, eso me dio unas horas de libertad por las tardes, y facilitaba una ducha a la que acudir antes de volver a casa. Meses después lo dejamos por aburrimiento; su conversación resultaba reiterativa, giraba siempre sobre los mismos temas y dejó de interesarme. En la cama su repertorio se repetía también. Mantuvimos luego una amistad discreta, de llamadas telefónicas que se fueron distanciando poco a poco. Meses después fue Jaime, el carpintero que vino a reparar los ventanales del apartamento. Por supuesto no era tan ameno como Fernando, pero ¡qué cuerpazo tenía el andaluz! Era simpático, inconsistente y fogoso como nadie que hubiera conocido hasta entonces. A los pocos meses me cansé de él y lo dejamos, a pesar de su insistencia en lo contrario: no comprendía por qué debíamos terminar si lo pasábamos tan bien follando. Al fin y al cabo, eso era lo único importante para él. Pero mi determinación en no cogerle ni el teléfono terminó por agotar su paciencia y desapareció; supongo que en brazos de otras amantes sensibles a los cuerpos morenos y musculosos. Fue justo cuando te liaste con Anabel. Me sorprendisteis, he de reconocerlo. Anabel era amiga mía, quizá no la mejor, pero sí muy cercana a mí. Compartíamos intimidades con frecuencia y, entre otras cosas, cuando lo de Mayte, lo comenté con ella. También comentábamos cosillas sobre los juegos de cama de nuestros amantes, claro. Incluido tú. Siempre me pregunté si se lío contigo por eso: siempre le hable muy bien de ti, al menos en lo que al sexo se refiere. Bueno, al fin siempre volvíamos el uno al otro, ¿verdad? Discretamente, apasionadamente. Éramos buenos amigos.
- Una buena dosis de realismo de ultratumba le llamo yo a eso -terció el busto.
- Yo...- lo referido por el fantasma de Amanda era cierto. Aunque ignoraba con quién se liaba, intuí que me era infiel cuando su súbita afición al gimnasio; si le preguntaba sobre qué deportes prefería practicar, titubeaba siempre antes de contestar "aerobic" o "yoga" "Pilates" o cualquier otra de las extravagantes modalidades deportivas que anunciaba el folleto publicitario del centro al que se había apuntado. Meses después de que terminase mi aventura con Mayte, perdió de forma igualmente súbita, la afición por los deportes y abandonó el gimnasio. Cuando le pregunté por aquel cambio, recuerdo perfectamente que me respondió: "Querido, a mí, la verdad, es que me aburre". En cualquier caso, no era cuestión, ahora, el negar ahora aquellos escarceos nuestros, en los que ciertamente no había pensado desde que ella falleció.
- ¿Buenos amigos, dices? Magníficos amantes es lo que pienso que fuimos, Amanda. Tienes razón en cuanto a nuestras infidelidades, pero también la tienes en que no afectaban a nuestro amor, en que siempre volvíamos el uno al otro con mayor pasión, en que nunca nos separaron y que nuestro amor...
Iba a decir que nuestro amor era perfecto, que lo era tanto que se reforzaba con cada infidelidad; pero esas palabras se resistieron a salir de mis labios. La aterradora frivolidad con que Amanda narraba nuestros deslices extraconyugales, desde un más allá de impávida lucidez, enmarañaba en mi estómago nudos de una sutil angustia que me transportaban al tiempo que vivimos juntos. Escenas olvidadas asomaban, tal y como fueron, por el velo ya roto de mi desolación.
No sabía como continuar aquella conversación, me sentía atrapado en la tensión que me producían, Amanda y el Busto, con su clarividencia y su ironía. Entonces un impulso, una incierta timidez, me movió a darles la espalda para sumergirme en la contemplación del espacio intermitente de la noche, en el gran ventanal del salón. Necesitaba huir de mi extravagante compañía, encerrarme en mí mismo en busca de respuestas.
Olvidado del busto parlante y de la espectral de Amanda que reverberaba tras el aparador, indagaba los sucesos que había condenado al olvido tras la muerte de mi querida Amanda. Con la mirada sumergida el bosque crepuscular de la urbe, donde se alternaba los perfiles de los edificios en oleadas de luz intermitente, recordé cómo descubrí -al mismo tiempo que ella, al parecer- que tampoco era yo muy celoso entonces.
Caí pronto en que el gimnasio no era más que una coartada para perderse en los brazos de otro. Terminé en la barra del bar de Juan, asombrado de mí mismo porque no se producía ningún cataclismo en mi ánimo. Algo de asombro, una ligerísima inquietud causada más por la sorpresa que por los celos, nada más. Mientras sorbía el licor, escudriñaba en mi interior buscando los efectos que debiera producirme descubrir que Amanda me engañaba. Pero no hallaba rastro de celos, ni de nada parecido. Quizás porque la misma ocultación me indicaba a las claras que nuestro matrimonio no peligraba. Me parecía sólo un juego, una escapada; más para divertirse con un poco de diversidad, que para huir de la monotonía. Exactamente lo mismo que mi aventura con Mayte había significado para mí. No pude evitar sonreír al evocar el ingenio de que había hecho gala ella con la estratagema de apuntarse a un gimnasio. Lo realmente inteligente de su montaje consistía precisamente en lo inverosímil que resultaba. ¡Si no había hecho deporte ni en la escuela! Ella sabía que yo lo sabía, y debió pensar que era más fácil colarme un imposible que contarme que salía de compras con una amiga, que es la excusa habitual en estos casos. No le hubiera faltado cómplice para ello, Amanda tenía buenas amigas. Aquella noche le hice el amor apasionadamente. No, no era la monotonía, ni que nuestro amor agonizara, lo que nos había impulsado a nuestras respectivas aventuras, me dije, después, con cierta satisfacción.
- Amanda, siempre te quise -seguían brillando dos brasas minúsculas en la faz espectral de mi Amanda, tras el aparador, cuando me di la vuelta.- Y sé que tú me quisiste de igual manera. ¿Crees que aquellas aventuras disminuyen el dolor que me causó tu pérdida? ¿Lo crees de verdad? Será que la muerte te ha enfriado el corazón.
Tuve la sensación de haber pronunciado un absurdo sacrilegio. No me contestó de inmediato, quedamos en silencio los dos, mirándome ella con sus diminutas brasas que se encogían hasta alcanzar el tamaño de la cabeza de una aguja y yo esperando que dijese algo que me devolviese a la paz de mi desconsuelo.
Sin embargo, quien hablo fue el Busto
- Crees que el amor lo es todo y te engañas.
- ¡Qué sabrás tú del amor! Qué puede saber del amor un pedazo de mármol.
- Soy tu busto, tu imagen: algo más que esa sombra patética de ser humano que arrastra los pies por las calles y se lamenta en noches como la de hoy, en la que te has convertido. Te empeñas en negar la evidencia, incluso cuando el objeto de tu desdicha viene, esforzándose quién sabe cuánto, de aquel lugar del que jamás se retorna, para recordarte cual fue en realidad la esencia infiel de vuestro amor, y para decirte que le dejes en paz, que le devuelvas la tranquilidad y abandones tus lamentos. ¿Crees que eres el único hombre que ha perdido a su amada? ¡Vamos, hombre, entiérrala de una vez! Dale sepultura con paladas de sinceridad. De una vez, cubre su tumba con aquellas verdades que ocultó la desesperación. Libérala de la mentira y de la culpa. Libérate a ti mismo para volver a vivir una vida nueva; para que ella pueda vivir una muerte sin culpa, con dignidad.
Le escuché aterrorizado, no quería que sus palabras encerrasen razón alguna, por que ello significaría que había arruinado mi vida por nada.
- Escúchame -comtinuó- No te quedan amigos, los expulsaste de tu lado con tu obstinada mortificación. Y lo que resta de tu familia se limita a felicitarte por tu cumpleaños y evita invitarte a su mesa incluso en Navidad. La exhibición de tu pena es impúdica, les ofende, pues a nadie se le oculta que les haces culpables de tu desgracia. Y, por si fuera poco, exiges compasión. Sí, no me mires así: en el fondo buscas la compasión de los demás, te has acomodado a ella; y ahora, cuando apenas vienen a visitarte, te refugias en lánguidos paseos nocturnos y en el fondo de una copa. Buscando la charla de mujeres fáciles en la barra de algún bar, o la complicidad de de aquellos que han sido abandonados a su suerte, mendigos, yonquis, viejas heteras de mórbidas carnes y demás desechos de la noche. Sólo te queda mirarte en sus ojos buscando en ellos la complicidad de su desgracia. Como ellos, acusas de tu ruina a la humanidad entera. No soportas la felicidad ajena y te has vuelto ruin y odias la felicidad ajena. ¡Todo por un sueño! Por una mentira a la que te aferraste cuando murió Amanda. Una mentira que, como todas la mentiras, servia para ocultar una verdad. Una verdad a la que temías más que a la muerte.
- Mentira. ¿A qué mentira te refieres? -temblaba mi voz, y algo temblaba dentro de mí, algo que no era debido a la indignación que su insultante discurso debiera producirme, sino un temor a que se levantasen velos ignorados por mí expresamente. Velos que se cerraron cuando ella murió.
- Estabas convencido, en el fondo de tu corazón, de que sin ella no eras más que un farsante.
- ¡Mientes! -le grite, pero algo se iba desmoronando en mi interior.
Aparté la mirada del Busto y recorrí el desorden de mi apartamento. Un desorden que, en el fondo, siempre me había parecido romántico, de una estilosa decadencia. Ahora me parecía un tanto sucio y, sobre todo, presuntuoso. No podía negar ya que mi desesperación contenía algo de exhibicionismo. Era la impudicia de la que me había acusado el Busto momentos atrás.
- El Busto tiene razón, amigo mío -oírla llamarme "amigo mío", como cuando compartíamos confidencias y esperanzas, erizó mi piel- Pero no te aflijas por ello, porque estabas equivocado. Creo que tenías, que tienes aún, mucho que dar; pero tú, en tu fuero interno, no lo creías entonces y menos aún lo crees ahora. Estabas convencido de que tus incipientes éxitos se debían a que yo estaba contigo. Te empeñabas en lucirme a tu lado como un trofeo, y te convencías, cada vez más, de que si los demás te tenían en consideración era por que estabas conmigo. Nunca olvidaste que el editor de tu primer y único libro era familiar mío. De hecho, hiciste lo imposible para que no se lanzase una segunda edición. Te avergonzabas de tu obra porque pensabas que su éxito era el resultado de un inconfesable nepotismo. Pero acudías feliz a las salas de arte cuando inauguraban cualquier exposición de mis pinturas, y te lo pasabas en grande con mi éxito; jamás tuve la sensación de que me envidiases. Creo que te alegraban sinceramente mis éxitos; que, por otra parte, fueron escasos. Aunque esto último nunca quisiste aceptarlo. No pasé de ser una pintora snob y mediocre, cuyas telas buscaban impactar más por su contenido, por las historias que pretendía narrar sobre la tela, que en la textura, la luz y el trazo que distinguen a los verdaderos genios. He de admitir que tu debilidad era mi fuerza. Yo crecía en la medida en que tú desconfiabas de ti mismo. ¿Es eso amor? Sabía perfectamente -cuantas veces me habló mi tío, el editor, sobre la excelencia de aquel primer libro tuyo- que tú sí podías llegar lejos con tu arte; pero prefería tenerte cerca, adorándome como un niño, y sentía tu éxito como una amenaza. ¿Es eso amor? Dímelo tú.
¿Cómo responder a eso? A medida que hablaba sobre nuestra relación, con aquel enfoque crudo, no exento de cariño, me daba cuenta de que decía la verdad. En el aparador, en una esquina de la estantería superior, reposaba un ejemplar de aquel libro que me publicó el tío de Amanda. Tenía razón ella en lo referente a cómo me tomé que lo publicase él, cuando otras muchas editoriales lo habían rechazado. Recordaba la vergüenza que sentí el día que entré en el despacho de su tío, el editor "Bueno joven, parece que tiene usted buena mano para esto de la letras letras. Hemos decidido publicar su libro, le felicito." Y ahora, escuchando al fantasma de Amanda, esa vergüenza se me presentaba como algo pueril. Se había referido a mí "como un niño" y posiblemente no le faltara razón. No, quizás no era amor lo que ella sentía hacía mí. Protección y adulación. Era lógico que no fuera celosa; yo siempre volvía para acompañarla a sus inauguraciones, para montar fiestas en casa a las que invitábamos a marchantes y a los dueños de galerías de arte. Allí estaba siempre yo para jalear sus ocurrencias o aplaudir su obra.
Cubrí los dos pasos que me separaban del aparador y tomé el libro en mis manos. Tuve la necesidad de leer algo y lo abrí al azar.
"Nadie sentía mayor respeto por el abuelo que Juana. Cuando él hablaba, apenas se atrevía a respirar para no interrumpirlo. Pero, desde que esas nubes se habían obstinado sobre la Villa y no se movían de allí hacía ya cinco semanas, sin decidirse a llover o a irse de una vez, el abuelo parecía languidecer y apenas hablaba. Aquellas nubes, le contó su madre, eran como las que se llevaron a la abuela treinta años atrás"
No estaba mal.
- No sé si era amor. ¿Cómo podía saberlo? Decías que me querías, y yo te creía. Aún te creo, sabes. A pesar de lo que me cuentas ahora, incluso por ello. Nadie puede exigir que el amor que le profesan sea perfecto, somos humanos. ¿Qué me querías porque me necesitabas? Pues muy bien. ¿Qué obstaculizaste mi carrera por que me querías a tu lado, adorándote como un niño? ¡Pues muy bien! Será eso el amor, o una forma de amor, si quieres. Pero ya no estás aquí para que pueda adorarte, Amanda. Te fuiste para siempre -o casi-. Me dejaste sólo con mis fantasías y mi pena.
- Vamos adelantando, amigo mío- la luz brilló un instante en los labios del Busto- ¿Entonces, a qué viene tanto lamento? ¿A qué, tanta desolación? ¿A qué, entregarse al alcohol y a la miseria de las noches obscenas de este barrio sucio, plagado de mendigos y rameras viejas? Mira, asoma el nuevo día en las últimas azoteas.
- ¿A qué, dices? - miré hacia los lejanos terrados donde se anunciaba ya el amanecer. Seguí hablando, a pesar de que escuchaba mi voz como si no me perteneciera, como si me fuera ajena y me contemplase desde fuera de mi salón, desde aquellas azoteas solitarias.- Fuimos infieles, cabe que nos uniese el interés más que el amor, que el miedo a la soledad fuera la fuerza que nos unía. Es posible que tengáis razón en todo ello -el sol rebotaba tímidamente en las antenas de televisión, en los azulejos y las barandillas más altas- Si eso era amor, no lo sé; pero lo que sí sé es que, lo que me ha llevado al estado en el que me habéis hallado, ha sido el amor. Tan sólo estaba confundido sobre el objeto de mi amor. Ahora lo veo con claridad. Vosotros, fantasma querido, Busto charlatán, me habéis abierto los ojos. Escúchame Amanda: yo te empecé a amar el mismo día que moriste. Te he reprochado hace un instante que me dejaras solo con mis fantasías y mi pena ¿verdad? Pues yo me enamoré de tu recuerdo mucho más de lo que te quise mientras vivías. Jamás le he sido infiel a esa Amanda recordada, ni ella me lo ha sido a mí. Y esa Amanda que creció dentro de mí ocupándolo todo, a abonado mi tristeza y mi desesperación hasta hoy mismo. Perdóname, Amanda, si podéis perdonar allí donde resides.
Al pronunciar estas últimas palabras me volví hacía la sombra del aparador. El fantasma de Amanda ya no estaba allí; ni las brasillas de sus ojos, ni el óvalo en sombra de su cara, ni la transparencia de su cintura que se derramaba hasta el suelo hacía unos instantes, permanecían allí. No me sorprendió.
Me dirigí al Busto.
- ¿Y, ahora, qué hacemos?
- ¿Sabes? Creo que es hora de que me devuelvas a mi bolsa, bajes a la calle y busques algún lugar inoportuno donde alguien termine por tropezar conmigo.
*
Dejé la pesada bolsa en la acera, a la puerta de un colmado. Restos de neblina deambulaban todavía por las calles. No esperé a que alguien tropezase con ella.
Mientras regresaba a mi apartamento tuve la sensación de que mis pies apenas rozaban el suelo y que se dirigían a un nuevo y luminoso día.
El anillo ya era mío.
