7 Diciembre 2009
Soy un árbol.
Ese incendio allí en el Este y esas estrellas brillando todavía en el firmamento anuncian una mañana soleada. Yo, cuando pienso en el Sol, me retuerzo de placer. Bueno, y si llueve, igual. La verdad es que me gustan los días tanto si llueve como si luce el Sol. No hay dos días iguales. Como ahora mismo, fijaos ¡qué amanecer! No sé cómo lo verán los demás olivos de mi bancal, pero es magnífico. Algunas nubes se desgranan, sanguíneas, por el iris que va de lo cárdeno al lo puramente rojo: enmarcando, con el perfil de las montañas, la primeriza luz de oriente. Pronto asomará el astro con su luz de oro, tiemblo de placer esperando ese instante. La luz alargándose por los campos, serpenteando en los caminos, bajando lomas, trepando oteros, alumbrando el verde de los labrantíos y las copas encendidas de los otoñales chopos junto al arroyo. Luego, vendrá el cielo azul de una mañana pura y fría de este otoño que ya se termina.
Qué va a saber un pobre olivo como yo, un humilde árbol que jamás salió de un bancal de secano. Aunque, a veces, pienso que quizás todo el mundo sea como mi bancal; aunque sólo sea porque, amanecer, amanece todos los días en todas partes. Y si, de todos mis amaneceres, no hay dos iguales, ¿qué otros amaneceres se podrán gozar en otros lugares que, tarde o temprano, no vengan también a visitarme? Es cierto que jamás veré el mar, jamás. Ni las Tres Gargantas del Yang Tse, ni las cataratas del Niágara o las llanuras interminables de Gobi o los hielos gigantescos de la Antártida o la aurora que incendia el cielo magnético de los polos. No, no veré al hombre afanándose en las populosas urbes, amándose y odiándose en lechos y batallas. Ni contemplaré el horror de la guerra ni el brillo del amor materno en los ojos de las madres africanas, las que amarran sus hijos a los escuálidos pechos. No avistaré otros horizontes que los de mis montañas, es cierto. Sólo soy un humilde olivo que piensa y sueña desde un bancal del Pirineo.
Pero me pertenecen, con mi modestia, los amaneceres y los vientos, las lluvias, las tormentas y el olor fecundo de la tierra que me alimenta. Me siento unido a todos en mis raíces que se hunden en la misma tierra que los sustenta. La savia me nutre de reminiscencias minerales, el viento me trae rumores, la lluvia, tempestades. No sé cómo decirlo, pero me siento, desde mi bancal pequeño y modesto, parte de todo y de todos. Siento que el Sol, la tierra y el agua, de alguna manera, nos hermanan.
Puede que sólo sean los pensamientos de un viejo olivo que chochea y piensa que sabe del mundo; que es el mundo, incluso. Otros puede que habiten un bancal más grande que el mío, incluso los habrá que suban y bajen de esos aviones que trazan escuálidas nubes de humo en los cielos de la mañana y dibujan puentes celestes entre los distintos amaneceres; creo que pensarán por ello que conocen mejor el mundo, todo el mundo. ¿Cuántas vidas serán precisas para conocer el orbe entero? Las simas abisales, inmensas y sombrías, de los océanos donde habitan seres ciegos y gigantescos, las grutas terrosas de los gusanos bajo las tierras de fango o las arenas de los desiertos, la vorágine del vértigo en el pico del cóndor, el tumulto del interior del hormiguero, la olvidada calidez del útero materno.
Pienso, sin embargo, como puede pensar un viejo olivo, que, a pesar de los años que ya soporta mi desigual y leñoso cuerpo, algo habrá que me haga ver cada día como una ocasión de alegrarme, cada amanecer, como un nuevo amanecer. Porque esa hoguera que inflama las nubes, proclama que el nuevo día ya cabalga en oriente.
¡El nuevo día! Porque es nuevo, es único. Cuando lo pienso, doy gracias porque yo también renazco todos los días, nuevo a pesar de los años. Tras cada amanecer soy el olivo de hoy y no otro. Y tomo de la tierra y el aire, del agua y del Sol, el sustento y el conocimiento de la tierra que habito. Y soy, yo solo, una multitud: la de los olivos de todos los hoyes que he vivido. Cada cual con su único amanecer, su única alegría o su sola tristeza adusta que le murmura desde las raíces el dolor de la existencia, de la sangre que riega la corteza terrestre, del odio o de la injusticia.
No creáis que por ser un humilde árbol, pequeño y retorcido, que habita un minúsculo bancal colgado en una ladera pirenaica, ignoro el sino triste del hombre que me cuida y que espera el fruto de mis ramas, y que vive y muere anhelando más de lo que la vida le puede otorgar. Grande y trágico es el destino de los hombres. Ellos, que nos han dado el nombre a los demás seres, viven perpetuamente perdidos, buscándose a sí mismos, buscando su verdadero y definitivo nombre. Pero esa es otra historia.
Yo venía a contar un amanecer.
Pero sólo soy un olivo viejo entre tantos otros olivos.
Y sólo tengo palabras sencillas que ofreceros.
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25 Noviembre 2009
Dilema.
Claridad lunar entre los mármoles del panteón. La fronda ronroneando en brazos de la brisa esta noche de verano, el grito opaco de la lechuza y el susurrar de los pies ligeros de los roedores que corretean entre la hierba, moran entre el silencio del camposanto.
Es curioso, piensa el alma, que toda esta paz le pertenezca en exclusiva. Ella sola y nadie más. Hay otras tumbas, otros mausoleos como el suyo. Los ve. Pero si están habitados por almas iguales a ella, no puede verlas. Quizás no existan. También es posible que uno se lleve al otro mundo esa incapacidad de ver a los muertos que padecen los vivos. En ese caso, por ahí andarán todas, sintiéndose solitarias llenado el cementerio.
Cada noche sale hasta la puerta del mausoleo y contempla a su alrededor. Nunca va más allá de la reja que cierra la entrada a la pequeña capilla que hay encima de la cripta, así que la porción de cementerio que puede ver no es muy grande. ¿Qué quiere decir "grande"? La eternidad es grande; la soledad también puede ser grande. Un universo cabe en la cripta. Un universo pequeño, íntimo, que comparte con sus recuerdos. Grande...
Pero lo que sí le molesta es esta incapacidad de ver a otras almas que, como ella, deben habitar en este cementerio. También cabe la posibilidad de que ella sea la única alma existente. Ha pensado en ello muchas veces; pero siempre llega a la misma conclusión: si ella es la única alma del cementerio, las personas que conoció cuando habitaba entre los vivos no tenían alma. Eran una sombra, una imaginación, una proyección de sí misma. No tenían alma. Eran un sueño, una imaginación, un perfil hueco que movía, como se mueve a una marioneta, su única y solitaria alma. ¿Acaso fue la muerte un despertar a la soledad? El resplandor de las luces de la ciudad a lo lejos, la roja señal de un avión cruzando el cielo, el retumbar de los vehículos que pasan por la carretera contradicen esta absurda idea de ser la única conciencia que habita el mundo.
En fin: por Oriente, sobre la tapia, se anuncia con pálida claridad el día que se acerca. Habrá que volver a la cripta; a descansar en paz.
Antes de dormirse piensa que quizás, mañana, la noche traiga alguna respuesta.
¿Tú que piensas?
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1 Julio 2009
Temblores
Todo se viste de noche y disimula cuando
Te acercas a mí
Con esa dulzura
Las estrellas se funden en el negro cielo
Se arropan con los planetas
Y con la brisa que juega
Y sonríe
Que acaricia
Y se desliza por tus cavidades inconcretas
Donde ya tiemblas.
Eres en mis dedos
Como la piel del rumor que enreda en las olas
Y trina con las espumas del mar adonde
A nacer fuiste ayer
Tan cerca de mi corazón
Que ríe también
Y contigo tiembla.
Todo se viste de noche y disimula cuando
Te acercas a mí
Con esa dulzura.
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26 Abril 2009
Rebelión de la muerte
Debes torcer el destino hasta arrancarle las entrañas, o hundir su impasible rostro en el fango de tu escueta libertad.
Ser Hombre te obliga.
Precisas la fuerza suprema de los astros, el poder de las partículas mezquinas de la avaricia y la más artera ruindad.
Eres el Hombre.
Lanza tus puños, golpea en los altares, patea las imágenes esclavas, escupe sobre la mirada de la virgen que pretende tu libertad encerrada.
Eres el Hombre, desdichado ser.
Nada te basta, nada, pues de muerte estas hecho.
De muerte te levantas todas las mañanas, hombre, y de muerte te acostarás todas la noches hasta la noche eterna.
Te constituye, desde el polvo, un anhelo de cementerio.
Mañana serás sólo un suspiro entre los muertos y tu descarnada sonrisa prestará definitivamente a la tierra sus elementos.
Por ello debes torcer el destino, arrasar los calendarios escasos que te han sido concedidos.
Tu crueldad nunca será tanta como merecen las impávidas moléculas que hoy te trazan y mañana te desmantelan.
Perfiles de cumbres perfectas, dibujados en el cielo que te han de quitar, gritan y ríen si te ven pasar.
Hombre eres que pasa.
Y yo digo: ¡pisa, písalo todo!
No dejes nada
Sin escarnio, carne sin hollar,
Lágrima sin burla,
Llanto sin afrenta.
Guárdate de la piedad prometida que te hurta la vida.
La piedad pervierte las caricias y corrompe el sagrado santuario del exacto instante.
Hunde la mano en la tierra ¡encontraras heridas!
Y silencios que te esperan.
servido por zenon
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24 Marzo 2009
Aquella hora vino a verme. Un día como tantos, de uno de tantos meses y tantos años. Pero vino a verme aquella hora aquel día de aquel año. Coqueta, luciendo su vestido de volátiles segundos, de instantes que se abrían como se abren las flores en primavera. Al pasar la puerta, con un frufrú de péndulos, me tendió sus redondos brazos de minutera; guardaba en su mirada recientes fulgores de cenit, pues era, me dijo, novia encendida del mediodía. Entre un tic y un tac me dijo hola. Entre otro tic y otro tac, me contó su historia. Nacen las horas corriendo, me decía, y galopan como yeguas enamoradas hasta el último, agotado segundo. Se afanan por el rabillo del ojo de hombres indiferentes que las habitan con desaliño. Tienen las horas, en el alma, páramos de olvido y sotos florecidos. Son grandes y son pequeñas, las horas en su extravío. Se sabe que mueren... cuando ya se han ido. Por que las horas -me dijo aquella hora parlanchina- igual viven buscándose dentro, que trepando montes o cardando nubes. Viven solas las horas; es sabido que jamás coinciden dos de ellas. Ni la tuya y la mía; que la tuya es tuya y la mía salió galopando sonrojos cuando yo anhelaba la carne sincera. Por eso es que buscaba mi mano evadida y compañera. Así me lo decía aquella hora pasajera, que me visitó en mi casa aquel mediodía.
Partió y se fue al pasado, que es el cementerio de las horas perdidas. Yo le guardo un luto de diarios y poesías viejas. La busco, a veces, en mi reloj de melancolía, en el arco sombrío de las manecillas del reloj, en la lágrima que siempre está a punto de caer y no osa.
Sé que no ha de volver. Salió con sigilo, cuando llegaba otra.
servido por zenon
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22 Febrero 2009
VIVIR
Arrancar del alma esos ojos bovinos
estultos y satisfechos, extirpar raíces ancladas en lo concreto.
Sembrar poemas inciertos, vivir
rompiendo, arrancando del suelo las trémulas eternidades que palpitan solas
abriendo surcos en el aire y en las amorosas tinieblas, dándote la mano
para sentir tu piel sucia, las arrugas que te surcan bajo las sábanas oscuras.
Ojos bovinos, pretéritos, preñados
de heridas, sarcasmos como tempestades como oleajes impíos, miradas
que me trazan como cuchillas desesperadas, corvados extravíos.
Y quiero salir, vivir
incendiar la placenta que me retiene, romper cadenas
inaugurar de nuevo un túnel madre, alumbrar concepciones
inflamar un Sol donde ardan los puros llantos y las risas doncellas.
Y vivir.
Mas los ojos, esos ojos bovinos
estultos que me amarran
¿quién los ancló así, cuando nací
en el fondo de mi alma?
Para vivir me pesa su mirada
y me encierra, y me ordena los minutos, cabalga las segunderas que giran
y tejen la sistólica danza de los corazones y aprisiona la asombrosa
diástole universal.
servido por zenon
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13 Febrero 2009
Paseas por la mañana estos campos de la Ribagorza, es un día soleado de febrero, los campos ya verdean, y en la brisa flotan premoniciones de primavera: la blanca nieve de las cumbres recorta ángeles albos en el azul intacto del cielo, y las ramas secas de los almendros se estremecen por dentro
.
Llevarán flor para San José.
Almendros en la distancia.
Observo de cerca sus ramas secas
Son los dedos del invierno que levanta el almendro al cielo
Ramas secas que sueñan primavera.
Y me alejo
Con pasos lentos.
Sube el sendero como suben los días
Escalando la final monotonía
De una vida
Y me alejo, buscando el cielo
Buscando el aire del recuerdo, las brisas
Que fueron música
De otro tiempo.
Y retorno la mirada, los ojos marcan
La dirección que dejo a mis espaldas
Donde se confunden las ramas y se difuminan
Primero son los grises y al fin
Sobre los bancales y en los prados
Tendida ya la verde hierba incipiente
Se abren grandes flores moradas
Son almendros en la distancia.
servido por zenon
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8 Febrero 2009
Los Días
.
Corres
Corres tras la luz
Y corres tras la oscuridad
Perdido
Naufragado
Solo.
Sabes que el mundo se perdió entre las sombras
Que las trompetas de luz se ahogaron en el horizonte
Mientras el crepúsculo tendía sus amorosos dedos en pos
Del eco de tus espaldas
Del brillo de tus lágrimas
Del ínfimo temblor de tus labios
Y el doliente vestigio del amor
Tus labios, sí
Mariposas de dolor abiertas en el vacío
Rumor de río entre dos heridas
Sangre que se busca en la palabra.
Y en el cauce de los calendarios
se busca
Y corres
Corres tras la flor evanescente de la noche
Tras la promesa que asoma en los amaneceres
Y encuentra la muerte de los ocasos.
Tiendes una mano invisible
Cuajada de ilusiones rotas, abandonadas.
Quizás la deseas, la muerte.
Tus caricias desmanteladas
Cubren ya los caminos de las horas
Los minutos que te faltan
Y tú corres
No puedes hacer más, desear otra cosa
Tras el camino se halla el camino
Tras el ocaso, la noche tiende sus lazos
Sus brazos te rodean mientras suena el son de las estrellas
Ya vendrá la mañana encinta de finales
Ya vendrán las horas preñadas de ataúdes
Y los niños que no tuviste
Gritaran el silencio que te espera.
Mientras tanto,
Corres.
servido por zenon
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