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Terra
La Coctelera

EL BUSTO

 Hacía frío en la ciudad aquella noche de marzo. La luz de las farolas parecía más pálida y azul que de costumbre, y las sombras reptaban ateridas por las aceras y el asfalto, y parecía que buscaban refugio en los tragaluces de los sótanos, las escaleras del suburbano y los párquines humeantes. Los peatones se fundían con ellas y se escurrían en los portales buscando el calor del hogar. Paseaba mi soledad escuchando el eco de mis pasos amortiguado por la humedad.

 Los días pasan, me dije mientras presionaba las solapas del abrigo sobre la piel desnuda de mi cuello, como pasan las nubes, sin trascendencia, dejando algún chubasco ocasional. Vagaba por la calle y por mis pensamientos sin intención de llegar a ninguna parte. Había salido de mi cubil, arrastrado por mis demonios particulares, buscando aire fresco; pero las calles de la ciudad siempre decepcionan, y mi perfil, en los cristales oscuros de los escaparates, apenas tomaba unos sorbos de aire infecto. Dejaba un rastro fugaz en la bruma espesa y mefítica que cubría las aceras. Parecía que huía, pero no huía. Sólo paseaba con mi pena.

 Recordé los calendarios clavados, uno sobre otro, en la pared  de mi habitación. Clavados en mi piel, en mis ojos, en lo que de mi desconchado corazón restaba. Me dije que el tiempo era como aquellos calendarios, siempre en el mismo lugar, siempre en mi habitación. La misma habitación de entonces, más oscura ahora. ¿Cuánto tiempo había pasado? Cuatro años, quizás. Cuatro años de ausencia, de vació. Cuatro años de vértigo fuliginoso y mórbido. Inmerso en una derrota confusa, dando bandazos en un oleaje monótono y  turbio donde naufragó mi existencia, ya sin horizonte, ya sin ella, hacía, acaso, tanto como cuatro años. En fin, el tiempo...

 De este humor, paseaba aquella noche fría de marzo buscando algo que silenciase mi lastimosa voz interior. En el fondo, empezaba a estar harto de mi pena y huía de ella. En la ciudad, la evasión empieza siempre echando el cuerpo a la calle; y allí estaba yo, paseando entre sombras furtivas, una noche de invierno, cuando tropecé de tal manera que fui a dar cuan largo soy sobre la acera. Una bolsa de viaje no muy grande, roja, asomó sus asas por encima de la bruma pegada al pavimento, a un palmo de mi nariz. Tras ella, me miraban dos brasas desde un rostro velado por las sombras.

 - Perdón.

- Ya, ya -dije, mientras me sentaba en el suelo y me agarraba el codo izquierdo, que me ardía por el golpe.

- Sinceramente, lo siento. No pensé que nadie pudiera tropezar con mi bolsa. Un descuido imperdonable.

- Bueno, déjelo correr.

Me agarró del pantalón cuando ya me levantaba.

- Permítame compensarle, caballero.

Se alzo a mi lado. Su rostro permanecía en sombras debido al sombrero de ala ancha que calzaba su pequeña cabeza, impidiendo que la luz insuficiente de las farolas le alcanzase; sólo  el blanco de sus ojos seguía luciendo bajo el sombrero.

- Tenga -tomando mi mano, soltó las asas de su bolsa entre mis dedos. - Espero que le sea de tanta utilidad como lo ha sido para mí.

Y echó a andar calle abajo, perdiéndose en la noche antes de que yo pudiera articular una respuesta; entre otras cosas, porque casi me voy de nuevo al suelo debido al peso  de la bolsa. Mi primer impulso fue soltarla, dejarla ahí mismo, en la acera y largarme. ¿Qué debía contener? Pesaba como si llevara metal en abundancia. Descarté abrirla ahí mismo; sobre la acera apenas podría distinguir nada debido a la espesa niebla que se adhería con obstinación al suelo. Y ni que pensar en correr la cremallera con una mano mientras la sostenía con la otra, pesaba demasiado y terminaría volcando y desparramando su contenido, fuera cual fuese, por la calzada. Dejarla era una opción que iba descartando a medida que mi mano se acostumbraba a su gravidez. Al fin, decidí volver a casa y abrirla allí.

 Los ecos de  mis pasos se ahogaban en la humedad de los callejones y en los soportales donde las parejas estrechaban sus urgencias en la penumbra. Como si se fuera desprendiendo de algo, la bolsa parecía perder  peso a medida que me acercaba a mi casa. Supuse que me iba acostumbrando a su gravedad. Mientra recorría el camino de vuelta, intentaba recordar algo sobre el hombre que me había hecho tal obsequio. Era algo más bajo que yo, vestido con un abrigo que le llegaba hasta los pies que no disimulaba un cuerpo delgado, que daba cierta impresión de flojedad. Manos afiladas, de largos dedos nervudos, sorprendentemente vigorosos mientras aferraban la manga de mi camisa antes de dejar la bolsa en mi mano. Sólo un anillo de oro, que destelló fugazmente, ceñido a la segunda falange de su dedo índice, destacaba en la figura gris del hombre de la bolsa. Gris era la palabra que mejor lo definía, un gris sigiloso que  desapareció sin hacer apenas ruido, con una rara velocidad, como si levitara, como si debajo de la bruma baja sus pies no tocasen el suelo.

 *

 

Llené hasta arriba un balón de brandy barato y me senté en el sillón a contemplar la ciudad. Había subido por la escalera debido a un corte de corriente, de los habituales en el barrio apenas amenaza la tormenta. Dejé la bolsa en la mesita que había junto al sillón. Mi apartamento ocupaba la esquina Este del doceavo piso de un viejo edificio de veinte plantas. Cuando lo construyeron fue el más alto de la ciudad; de eso habían pasado setenta u ochenta años. Ahora alzaba su fachada cuarteada y sucia en un barrio que habían ocupado progresivamente las clases más humildes, traficantes de drogas y bohemios. A este último grupo pertenecíamos, Amanda y yo, cuando vinimos a vivir aquí, llenos de ilusión, ella con sus telas y yo con mi viejo ordenador y mis libros, con los que llené las estanterías con una erudición que distaba mucho de poseer. Soñábamos con ser grandes artistas. Revivía aquellos años con todo detalle, los momentos felices, íntimos, compartidos, llenos de emoción y la presunción dichosa  de ser verdaderos artistas. Con el balón calentándose en mi mano, pensé que, en cierta manera, yo había llegado a serlo: un gran artista de la soledad y el desaliento. Un gran artista amargado mirando la luz intermitente de los neones a través de la gran cristalera del salón, con la única compañía de una bolsa roja depositada en una mesita de fórmica, que algún día saqué de la cocina y que se quedó allí, sin sentido, fuera de lugar, como había quedado todo cuando ella se fue.

 "es la ciudad que mereces"

Fue algo parecido a un pensamiento, como si esas palabras estuviesen en mi cabeza. Tomé un trago largo de de brandy. "Sí, es la  ciudad que merezco, lluviosa, sucia y triste como yo" creí que me contestaba a mí mismo.

 "si tú lo dices..."

 No, no había sonado en mi cabeza. Me pregunté si estaría escuchando voces como los locos o los borrachos. La copa estaba a medias, no había bebido lo suficiente como para oír fantasmas.

 "yo sólo preguntaba"

 - ¡Eh! ¿Quién habla? -alcé la voz, un tanto alarmado, mientras la idea de estar loco erizaba mi piel.

 "preferiría, salir......."

 Las palabras provenían de la bolsa. ¿Habría dejado, el hombre del abrigo, un teléfono móvil en su interior? Pero, si era así ¿cómo había leído mis pensamientos? ¿Cómo sabía que estaba frente al ventanal mirando la ciudad? Quizás me había seguido hasta mi casa.

 "por favor, ¿podrías sacarme de esta cochambrosa bolsa?, falta aire aquí dentro"

 Vacié el medio balón de brandy que quedaba de un solo trago. Indudablemente, la voz provenía de la bolsa y se dirigía a mí como si escuchase mis pensamientos. "Bueno, me dije al fin, sigámosle la corriente" y me planté frente a la mesita de formica.

 La cremallera se descorrió con suavidad. La parte superior de un busto asomó fuera. Lo tomé, pesaba lo suyo, de tacto era suave y frío, quizás mármol, y lo deposité sobre la mesa junto a la bolsa. Luego, metí la mano en ella buscando algo más. Mis dedos recorrían todos sus pliegues, su fondo de plástico, su único bolsillo lateral, pero no aparecía ningún teléfono móvil. Al fin, la puse boca abajo, por ver si caía algo. Y cayó, tintineando, sobre la mesa. Era un anillo de oro, parecido al que destellaba en la segunda falange del dedo índice del desconocido. Lo dejé a un lado y le dí la vuelta a la bolsa, dejando al aire su parte interior. No había móvil, ni siquiera de esos tan pequeños que se supone que usan los espías. La idea de que aquellas voces fuesen producto de mi imaginación, no me hacía ninguna gracia. Me sentía confuso y no sabía qué hacer. Cogí el anillo y me lo puse en la segunda falange de mi dedo índice, tal como lo había visto en la mano de el del abrigo.  Me alcance hasta el mueble bar y llené de nuevo mi balón de brandy. Hasta arriba. Mi nuevo anillo tintineó al golpear con el cristal de la copa. Lo deslicé hacía arriba, hasta la primera falange, el lugar natural para un anillo. En medio del dedo impedía que este se moviera y se flexionara con normalidad. También era una ocurrencia la de aquel desconocido, me dije, llevar el anillo de tan incomoda manera.

 - Ese anillo no es tuyo... aún.

 La voz había sonado claramente desde la mesa de formica, ahora a mi espalda. Cerré lentamente la puerta del mueble bar y, sin volverme, contesté.

 - ¿Quién habla? ¿Quién eres?

 - ¿Qué quién soy? Puedo ser yo; también puedo no serlo. ¡Yo qué sé!

 Me armé de valor y me di la vuelta, esperando encontrar no sabía qué, ni a quién. Sólo el busto permanecía allí; ni nadie más. Supe, no sé cómo, que la voz provenía de aquel busto de mármol iluminado por la luz intermitente que entraba por la ventana. No sabía qué decir, así que volví a mi sillón tras tomar otro trago de aquel pésimo brandy de a tres euros la botella. El busto quedaba de perfil respecto a mi posición. Representaba un hombre de edad mediana, como yo, con el pelo lacio y desordenado, con un mechón cubriéndole parcialmente la frente, como a mí. En su perfil, la frente ancha, la nariz chata, los labios breves y el mentón aventajado, eran iguales a los míos.

 Por alguna razón nada me sorprendía; alguna insólita razón que hacía que aquellas circunstancias me pareciesen de lo más natural. Un desconocido sin rostro, con un anillo extrañamente encajado en medio del dedo índice, con un abrigo inmenso y que había desaparecido levitando en la niebla, acababa de obsequiarme con un busto mío de mármol. Normal. Y, ahora, me estaba tomando un brandy charlando amigablemente con ese busto de mí mismo y con un anillo igual que aquél encajado correctamente en mi dedo.

 - No te pertenece.

 Estuve igualmente seguro de que mi vista no me engañaba: los labios del busto de habían movido.

- Qué.

- El anillo; ya te lo he dicho antes: el anillo no es tuyo todavía.

- Entonces -contesté pensando que le había cogido en falta-, ¿será mío más tarde? ¿Cuándo?

- Es una buena pregunta, ¿cuándo? Esta misma noche, mañana, o la semana que viene, o el día del Juicio final. Depende.

- Es una mala respuesta.

- Quizás; pero es la única que tengo. ¿Podrías moverte para que nos podamos ver de frente, por favor?

- Claro.

 La nuestra era una charla muy educada, pensé. Me levanté y corrí mi sillón hasta colocarlo frente a mi busto. Me senté de nuevo, sin decir nada, con mi brandy oscilando en la copa, imprimiéndole calor con la palma de la mano. Permanecimos en silencio. Yo,  aunque parezca imposible, pensando en mi vida, olvidado por un momento de su extraña presencia. ¿Quién sabe en qué debía pensar él?

 Podía ser éste mi último día y aquel encuentro no era más que un síntoma de mi inminente deceso, pensé. Ahora, podría repasar lo que había hecho en toda mi vida; eso dicen que ocurre cuando vamos a morir: que toda nuestra vida pasa vertiginosamente frente a nuestra mirada. Toda mi vida, bueno, casi toda; porque yo había dejado de vivir el día que murió Amanda. Como nuestro piso de bohemios, mi vida se había desecho en aquel momento infausto, el orden se había descompuesto, como se habría descompuesto ya su precioso cuerpo en el féretro de madera que me negué rotundamente a ver. La belleza, lo único que daba sentido a la existencia, había terminado por sucumbir a los gusanos. No quise ir al entierro, ni al velatorio en casa de sus padres; creí que así la conservaría intacta en el recuerdo. Pero era mentira, como todo. Hacía tiempo que, cuando cerraba los ojos para evocar su imagen, sólo hallaba una sombra desdibujada, imprecisa. Un vacío, como mi propia vida.

 - No pienses que vas a morir. No hoy.

- ¿Perdón?

- Digo no morirás hoy; tampoco mañana, ni la semana, o el mes próximo. Lo ignoro. Yo no soy mensajero de la Muerte, ni de nadie. Tan sólo soy un busto.

- ¿Me lees el pensamiento?

- No hace falta leerte el pensamiento para saber qué estas pensando.

Era un tanto irritante su superioridad.

- Resultas un busto algo pedante, sabes. En ocasiones pienso...

- Vamos, mira a tu alrededor. Este piso está hecho un asco; tú mismo no es que vayas muy compuesto... ni limpio, siento decírtelo. No quería yo entrar en tales asuntos, pero...

- ¡Eh! Mejor te callas o corres el riesgo de salir por la ventana -corté, amenazante. Me indignaba que se refiriese con tanto descaro a mi aspecto y mi higiene. Aunque no iba falto de razón, no tenía derecho a invadir áreas que he considerado siempre de mi exclusiva intimidad.

- No creo que vayas ha hacerlo.

- Y eso, ¿por qué? Al fin y al cabo no eres más que obsequio de alguien de quien no sé nada. Un desgraciado metido en un abrigo diez tallas más grande que él, famélico y sombrío. ¿Por qué no lanzarte a que te partas ahí abajo en mil pedazos que barrerá mañana el barrendero, y que yo olvidaré pensando que nuestro encuentro resultó sólo un sueño? Dímelo. O mejor cállate, no digas nada más. ¿Crees que me conoces? ¿Crees que siempre he sido así? Hubo una época que la vida me sonreía, sabes. Amanda me admiraba, leía para mí mis escritos con su deliciosa voz de seda y, cuando lo hacía, me parecían geniales, y la amaba a ella cada vez más, y me amaba, también, a mi mismo. La casa se llenaba a todas horas de gente que nos quería, que deseaba nuestra proximidad, el piso, nuestro piso y no esto que ves ahora, una mera sombra de lo que fue, iba lleno de conversaciones, de risas y de caricias. En aquellos tiempos, si salíamos de paseo una noche de lluvia como la de hoy, todo nos parecía hermoso y la niebla era portadora de dulces nostalgias para mis melancólicos escritos, y un arco iris de infinitos grises para sus lienzos. En aquellos tiempos, la mesa que te sustenta, estaba siempre en su lugar, en la cocina, de donde salían manjares que sorprendían no sólo el paladar, sino, también, la imaginación de nuestros convidados y amigos. Porque entonces teníamos amigos. Entonces... entonces, yo tenía amigos.

 Por la ventana, intermitentes crepúsculos rosas, verdes y azules teñían el silencio que siguió a mis últimas palabras. Se había hecho un nudo en mi garganta al recordar viejos tiempos. El busto tampoco dijo nada, parecía respetar mi silencio.

 -No, no te voy a lanzar por la ventana; tienes razón. ¿De qué me iba a servir? Probablemente no seas más que un producto de mi imaginación ¿y qué? Si he de ser pasto de la demencia, sea. Al menos, contigo puedo hablar. ¡Hace tanto tiempo que no hablo con nadie!

- ¿Eres mudo? ¿Se te comió la lengua el gato? Si no hablas con nadie es porque no quieres hacerlo; no te lamentes. Por cierto, llorar ¿has llorado?

- Si no lloré entonces ¿por qué iba a llorar después? Las lágrimas no resucitan a nadie.

 Por un instante me sentí duro, insensible. Respondí al busto con sequedad casi insultante. Quería; no, mejor necesitaba mostrarle mi desprecio. Mi desprecio hacia él, hacia el mundo; hacia mí mismo, incluso.¿Qué si había llorado? ¿Qué si hubo otros tiempos más felices? ¡Y qué!, ¡y qué! Todo había concluido, sólo se había salvado de aquel naufragio la sombra de lo que fui, una sombra que paseaba las noche de niebla buscando donde ahogar su tristeza.

  -Es cierto, las lágrimas no nos los devuelven. Las lágrimas son para nosotros, para mitigar el dolor, para limpiar las heridas y que no se pudran. O quizás no sirvan para nada y sólo sean producto de la pusilanimidad de la mayoría de los hombres. Tú no eres como la mayoría ¿verdad? Has preferido convertirte en una sombra afilada, ser un cuchillo que deambula y corta la niebla de noches como ésta y desprecia a quienes se rinden ante el dolor y lo alejan de sí. Cobardes que traicionan a sus muertos, que los entierran bajo un mar de lágrimas mucho más profundo que el hoyo solitario con que los acogió la tierra, para convertirlos luego en sombras, en efigies de humo que se desvanecen mudas en el olvido.

 Sus ojos de mármol, sin iris, me miraban fijos, transparentes; y yo me miré también, por primera vez, en ellos. Eran como mis ojos, más humanos que los míos, casi tiernos. Intuía cierta buena fe en su discurso. Como si quisiera espolear mi desesperación, excitarla hasta la extenuación y arrancármela al fin, igual que en un exorcismo. Pero mi pena no era un demonio; era pena, nada más. Una pena grande que, por lo visto, me había llevado a la demencia o a algo similar.

 - Quizá llore esta noche. Qué más da.

- No te engañes, sí importa.

- ¿A quién?

- A mí.

-  Sombra de mi imaginación, ¿has venido para devolver el deseo de vivir a este loco infeliz? ¡Qué esfuerzo vano! Bien, no me importa; si quieres que llore, lloraré. Lloraré para ti, aparición parlante;  y quizá también llore por mí, quién sabe.

 Resbalaba una lágrima por mi mejilla cuando terminé de hablar. Luego siguió otra, y otra más. Aquellas lágrimas trajeron un silencio nuevo, acunado por el siseo de una llovizna que comenzaba a tender una cortina sobre la ciudad.

 Empecé a sentir cierto alivio.

De un trago de brandy, corté aquel llanto.

 - ¡Basta! No quiero esta paz, no quiero renunciar a mi dolor. ¡Quién crees que eres para invadir impune mi intimidad! ¿Qué derecho te asiste, dime?

 Me había invadido una furia sin sentido. Una debilidad nueva amenazaba con derrumbar los pilares de mi desengaño. Sentía mis lágrimas como un síntoma de esa debilidad. Es el tiempo, o la  niebla o simplemente la demencia, me dije. Nada de esto está ocurriendo realmente, son mi pena, mi dolor, lo único realmente existente; los bustos no hablan, son bustos; las calles no contienen fantasmas con anillos de oro que regalan bolsas rojas con estatuas parlantes. Yo no lloro, no, yo no lloro, no, yo no lloro.

 - ¡Basta! -las paredes me devolvieron un eco frágil y grité más- ¡Basta! ¡Ni las lágrimas, ni las alucinaciones me la devolveréis jamás! ¡Lo sé! Lo sé perfectamente, como sé que no existís. ¡Fuera fantasmas! ¡Fuera lágrimas! ¡Largaos con viento fresco a otra parte!

Necesitaba escuchar mi voz, que su eco me devolviera la cordura. Gritar hasta reventar. Hasta que la fatiga me devolviese mi desesperación y mi dolor, a mi existir sin esperanza.  

 - Aquí nada tenéis que hacer, dejadme en paz.

 Pero, a la postre, volvían la debilidad y el cansancio, y ya sólo imploraba, dejadme, dejadme a solas con mi dolor.

 - Lo siento, pero no puedo irme, carezco de piernas. Y no me parece de buena educación que me mandes callar. Además, resulta falto de consideración que digas que soy producto de tu imaginación. Y no es que piense que no estés loco de remate, no.

- Al cabo -dije, ignorando sus palabras-, ¿a quién le iba a importar si me encierran?  ¿A ti? Puedo asegurarte que no me importará demasiado si ha de ser ese mi destino. Sabes, busto parlante: quien ha conocido la felicidad del autentico amor puede darse por satisfecho, aunque su pérdida arrase luego su vida. No, aunque pueda parecerte contrario a la desesperación en la que me has encontrado, no me quejo. Simplemente, por que ya gocé lo mío. Me quejo de su brevedad, es cierto; pero sólo porque nada puedo esperar mejor que lo que perdí cuando murió Amanda.

- No cargues mi muerte con tu desesperación, por favor.

 ¿Era la voz de Amanda? Miré al busto, sonreía. Me levanté, giré en redondo buscando el origen de aquella voz. Nada nuevo en mi desordenado salón. Ni sombra de ella.

 - ¿Amanda?

- Ya ves, si uno llama, al fin recibe respuestas.

 Una mueca entre burlona y triste flotaba en los labios de mi busto.

 - ¿Ha sido Amanda quién acaba de hablar? - una creciente agitación me colmaba . La voz inconfundible de Amanda, su eco, golpeaba las paredes de mi cerebro y excitaba hasta la última neurona. -Busto, dime algo, te lo ruego; di algo que calme mi ansiedad.

 - Ella lo ha dicho.

 De espaldas a la ventana, frente al busto y el desordenado vacío del salón, la idea de estar loco empezaba hacerme poca gracia. Departir con un busto parlante había empezado a parecerme admisible, incluso divertido, en una noche viciada de humores urbanos como aquella. Pero que Amanda se presentara ahora por allí, aunque sólo fuera su voz, parecía algo herético, y me aterraba al mismo tiempo. Y me irritaba también el tono desenfadado con que el busto se había referido a ella.

 - ¿Qué...? ¡Amanda! ¡Amanda! -la llamé, fingiendo ignorar las palabras del busto, para que no me respondiese, para convencerme de que ella no estaba allí.

- De verdad te lo digo, querido. Los muertos tenemos nuestro lugar más allá de lo humano. Vivimos nuestra muerte en una eternidad muda sin figuras ni perfiles, sin cuerpos ni sonidos. Mas, en ocasiones, cuando alguien insiste en reclamarnos, día tras día y día del tiempo de los vivos, sobre todo si ese alguien fue importante para nosotros, sus lamentos cruzan las barreras prohibidas y remueven la merecida paz. Y tus lamentos empiezan a parecerme eternos, amor.

 Escuchaba su voz, forzaba la vista entre las sombras y los rincones del salón. Necesitaba verla, una figura que diese cuerpo a aquella voz que pensaba que no volvería a escuchar jamás. Porque era la voz de Amanda, sin duda alguna. Era su voz acompañada de ecos y temblores, ciertamente, pero era la misma que había susurrado palabras de amor en mis oídos, la misma que pasó tardes y noches compartiendo sueños, conversando del arte que amábamos, de los proyectos a que el futuro nos invitaba, la misma voz que encerraba gemidos para liberarlos cada noche en mis brazos. Amanda, mi  Amanda.

Me pareció, entonces, que algo se movía junto a la puerta. Dibujándose en  la oscuridad de aquel rincón, donde un aparador se interponía al ventanal e impedía que llegase la crepuscular luz de los anuncios, flotaba una silueta con la forma del inconfundible óvalo de su rostro. Incapaz de moverme de donde estaba, alargué la mano en aquella dirección.

- Amanda...

- ¿Qué esperas de mí? No quiero que me dediques tu ruina ni tus lamentos. ¡Si supieras lo que me molestan! Es como si me hicieses culpable de mi propia muerte. Yo no quería morir, ya lo sabes. Y todo ese cuento sobre la perfección de nuestro amor...

 Sentí como mi brazo se derrumbaba de nuevo a mi costado. Escuchaba aquella voz pero no alcanzaba el sentido de sus palabras. ¿Cuento? ¿A qué cuento se refería?

- Deberías saberlo bien, querido. No, no digo que nuestro amor fuese una impostura; reconozco que nos amamos, que te amé incluso con locura al principio. Pero el tiempo pasaba y pasaba y buscábamos más.

- ¿Más?

- Si, más.- calló y tuve la sensación que callaba buscando fuerzas para continuar. Pensé que debía ser muy fatigoso cruzar la frontera que hay entre los vivos y los muertos.

 El escorzo de un hombro asomó bajo el óvalo de su cara,  en la oscuridad, una elipse sonrosada y perfecta bajo la que surgió una transparencia en forma de cintura que se derramaba hasta el suelo. Yo no podía apartar mis ojos de aquella aparición de transparencias que me traían la figura de mi Amanda atrapada en las sombras, detrás del aparador.

 - ¿No la escuchas? No quieres entender lo que te dice ¿verdad? Seguirás fingiendo...

- ¡Calla! - pero la voz del busto no encerraba acusación alguna, más bien parecía contener una serena tristeza, una compasión que yo aún no deseaba.

- Bien, si tú quieres, será ella quien tenga que contarte lo que escondes en el fondo de tu corazón, lo que enterraste con paletadas de olvido y alcohol.

- No tengo nada que ocultar, entiendes. Porque no tengo nada, nada, nada -casi grité-. Y tú no eres más que el producto de mi mente enferma, y Amanda yace comida por los gusanos en el Cementerio de La Trinidad donde la sepultaron hace tres años.

- Gracias por recordármelo -había también tristeza en la voz de Amanda-. Pero, como te he dicho, los muertos tenemos nuestro lugar. Si quieres, piensa que es un lugar en la nada. Piensa lo que quieras, pero déjame descansar. Te lo repito, no me cargues con la culpa de tu desdicha. A partir de esta noche, ignoraré tus lamentos y tu ruina. Esto es lo que he venido a decirte hoy. Estás avisado, por mucho empeño que pongas en tu desolación, será en vano, por lo que a mí se refiere.

 - Nos quisimos tanto -alcancé a responderle.

 Entonces se encendieron dos minúsculas brasas en el óvalo de su cara.

 ¡Pero hombre! No hubo tal perfección. Fue bello a ratos, como todo en la vida. Nuestro amor fue inconstante, como tantos otros; de ahí la infidelidad.

 Me pregunte cómo sabría ella... me dije que a los muertos nada se les debía ocultar de su vida pasada. Y aunque abrí la boca, no salían palabras de ella, pues no sabía qué decir.

- ¿Piensas que no lo sabía? Mayte, fue la primera. Me dí cuenta enseguida, llegabas a casa tarde los miércoles, siempre los miércoles, y te metías en la ducha sin siquiera besarme. ¡Resultaba patético escucharte excusas sobre el calor asfixiante del verano mientras entrabas en el baño! Cierto que lo cortaste cuando llegó el otoño. Me pregunté si lo dejaste al quedarte sin la excusa del calor para quitarte el olor a su perfume; que, por cierto, la ducha no conseguía eliminar del todo.

- Por qué no me lo dijiste

- ¿Para qué? Volvías siempre a mi lado.  Entonces eras mas apasionado, más cariñoso, y yo sabía que me preferías a todas. Con lo de Mayte, una vez que hube superado la sorpresa, descubrí lo poco celosa que era. No te negaré que sentí alguna incomodidad al principio, luego me acostumbré. Además, descubrí que me sentía liberada; que tu infidelidad me hacía libre.

- Libre ¿para qué? Ya eras libre, creo.

- Deberías haberlo averiguado: libre para serte infiel yo también. ¿Recuerdas a Fernando, aquel profesorcillo de instituto que trajo a cenar en cierta ocasión Anabel, el mismo verano de tu affaire con Mayte?  Era un tipo estupendo que, cuando superaba su timidez, resultaba ameno y juguetón. Muy imaginativo  en la cama, puedo asegurártelo.  Nos veíamos los miércoles, claro. Resultó un tanto fastidioso cambiar nuestros hábitos cuando cortaste con ella. En fin, me apunté a un gimnasio, eso me dio unas horas de libertad por las tardes, y facilitaba una ducha a la que acudir antes de volver a casa. Meses después lo dejamos por aburrimiento; su conversación resultaba reiterativa,  giraba siempre sobre los mismos temas y dejó de interesarme. En la cama su repertorio se repetía también. Mantuvimos luego una amistad discreta, de llamadas telefónicas que se fueron distanciando poco a poco. Meses después fue Jaime, el carpintero que vino a reparar los ventanales del apartamento. Por supuesto no era tan ameno como Fernando, pero ¡qué cuerpazo tenía el andaluz! Era simpático, inconsistente y fogoso como nadie que hubiera conocido hasta entonces. A los pocos meses me cansé de él y lo dejamos, a pesar de su insistencia en lo contrario: no comprendía por qué debíamos terminar si lo pasábamos tan bien follando. Al fin y al cabo, eso era lo único importante para él.  Pero mi determinación en no cogerle ni el teléfono terminó por agotar su paciencia y desapareció; supongo que en brazos de otras amantes sensibles a los cuerpos morenos y musculosos. Fue justo cuando te liaste con Anabel. Me sorprendisteis, he de reconocerlo. Anabel era amiga mía, quizá no la mejor, pero sí muy cercana a mí. Compartíamos intimidades con frecuencia y, entre otras cosas, cuando lo de Mayte, lo comenté con ella. También comentábamos cosillas sobre los juegos de cama de nuestros amantes, claro. Incluido tú. Siempre me pregunté si se lío contigo por eso: siempre le hable muy bien de ti, al menos en lo que al sexo se refiere.  Bueno, al fin siempre volvíamos el uno al otro, ¿verdad? Discretamente, apasionadamente. Éramos buenos amigos.

 - Una buena dosis de realismo de ultratumba le llamo yo a eso -terció el busto.

- Yo...- lo referido por el fantasma de Amanda era cierto. Aunque ignoraba con quién se liaba, intuí que me era infiel cuando su súbita afición al gimnasio; si le preguntaba sobre qué deportes prefería practicar, titubeaba siempre antes de contestar "aerobic" o "yoga" "Pilates" o cualquier otra de las extravagantes modalidades deportivas que anunciaba el folleto publicitario del centro al que se había apuntado.  Meses después de que terminase mi aventura con Mayte, perdió de forma igualmente súbita, la afición por los deportes y abandonó el gimnasio. Cuando le pregunté por aquel cambio, recuerdo perfectamente que me respondió: "Querido, a mí, la verdad, es que me aburre". En cualquier caso, no era cuestión, ahora, el negar ahora aquellos escarceos nuestros, en los que ciertamente no había pensado desde que ella falleció.

 - ¿Buenos amigos, dices?  Magníficos amantes es lo que pienso que fuimos, Amanda. Tienes razón en cuanto a nuestras infidelidades, pero también la tienes en que no afectaban a nuestro amor, en que siempre volvíamos el uno al otro con mayor pasión, en que nunca nos separaron y que nuestro amor...

 Iba a decir que nuestro amor era perfecto, que lo era tanto que se reforzaba con cada infidelidad; pero esas palabras se resistieron a salir de mis labios. La aterradora frivolidad con que Amanda narraba nuestros deslices extraconyugales, desde un más allá de impávida lucidez, enmarañaba en mi estómago nudos de una sutil angustia que me transportaban al tiempo que vivimos juntos.  Escenas olvidadas asomaban, tal y como fueron, por el velo ya roto de mi desolación.

 No sabía como continuar aquella conversación, me sentía atrapado en la tensión que me producían, Amanda  y el Busto, con su clarividencia y su ironía. Entonces un impulso, una incierta timidez, me movió a darles la espalda para sumergirme en la contemplación del espacio intermitente de la noche, en el gran ventanal del salón. Necesitaba huir de mi extravagante compañía, encerrarme en mí mismo en busca de respuestas.

 Olvidado del busto parlante y de la espectral de Amanda que reverberaba tras el aparador,  indagaba los sucesos que había condenado al olvido tras la muerte de mi querida Amanda. Con la mirada sumergida el bosque crepuscular de la urbe, donde se alternaba los perfiles de los edificios en oleadas de luz intermitente, recordé cómo descubrí -al mismo tiempo que ella, al parecer- que tampoco era yo muy celoso entonces. 

 Caí pronto en que el gimnasio no era más que una coartada para perderse en los brazos de otro. Terminé en la barra del bar de Juan, asombrado de mí mismo porque no se producía ningún cataclismo en mi ánimo. Algo de asombro, una ligerísima inquietud causada más por la sorpresa que por los celos, nada más. Mientras sorbía el licor, escudriñaba en mi interior buscando los efectos que debiera producirme descubrir que Amanda me engañaba. Pero no hallaba rastro de celos, ni de nada parecido. Quizás porque la misma ocultación me indicaba a las claras que nuestro matrimonio no peligraba. Me parecía sólo un juego, una escapada; más para divertirse con un poco de diversidad, que para huir de la monotonía. Exactamente lo mismo que mi aventura con Mayte había significado para mí.  No pude evitar sonreír al evocar el ingenio de que había hecho gala ella con la estratagema de apuntarse a un gimnasio. Lo realmente inteligente de su montaje consistía precisamente en lo inverosímil que resultaba. ¡Si no había hecho deporte ni en la escuela! Ella sabía que yo lo sabía, y debió pensar que era más fácil colarme un imposible que contarme que salía de compras con una amiga, que es la excusa habitual en estos casos. No le hubiera faltado cómplice para ello, Amanda tenía buenas amigas. Aquella noche le hice el amor apasionadamente. No, no era la monotonía, ni que nuestro amor agonizara, lo que nos había impulsado a nuestras respectivas aventuras, me dije, después, con cierta satisfacción.

 - Amanda, siempre te quise -seguían brillando dos brasas minúsculas en la faz espectral de mi Amanda, tras el aparador, cuando me di la vuelta.- Y sé que tú me quisiste de igual manera. ¿Crees que aquellas aventuras disminuyen el dolor que me causó tu pérdida? ¿Lo crees de verdad? Será que la muerte te ha enfriado el corazón.

 Tuve la sensación de haber pronunciado un absurdo sacrilegio. No me contestó de inmediato, quedamos en silencio los dos, mirándome ella con sus diminutas brasas que se encogían hasta alcanzar el tamaño de la cabeza de una aguja y yo esperando que dijese algo que me devolviese a la paz de mi desconsuelo.

 Sin embargo, quien hablo fue el Busto

 - Crees que el amor lo es todo y te engañas.

- ¡Qué sabrás tú del amor! Qué puede saber del amor un pedazo de mármol.

-  Soy tu busto, tu  imagen: algo más que esa sombra patética de ser humano que arrastra los pies por las calles y se lamenta en noches como la de hoy, en la que te has convertido. Te empeñas en negar la evidencia, incluso cuando el objeto de tu desdicha viene, esforzándose quién sabe cuánto, de aquel lugar del que jamás se retorna, para recordarte cual fue en realidad la esencia infiel de vuestro amor, y para decirte que le dejes en paz, que le devuelvas la tranquilidad y abandones tus lamentos. ¿Crees que eres el único hombre que ha perdido a su amada?  ¡Vamos, hombre, entiérrala de una vez! Dale sepultura con paladas de sinceridad. De una vez, cubre su tumba con aquellas verdades que ocultó la desesperación. Libérala de la mentira y de la culpa. Libérate a ti mismo para volver a vivir una vida nueva; para que ella pueda vivir una muerte sin culpa, con dignidad.

Le escuché aterrorizado, no quería que sus palabras encerrasen razón alguna, por que ello significaría que había arruinado mi vida por nada.

 - Escúchame -comtinuó- No te quedan amigos, los expulsaste de tu lado con tu obstinada mortificación. Y lo que resta de tu familia se limita a felicitarte por tu cumpleaños y evita invitarte a su mesa incluso en Navidad. La exhibición de tu pena es impúdica, les ofende, pues a nadie se le oculta que les haces culpables de tu desgracia. Y, por si fuera poco, exiges compasión. Sí, no me mires así: en el fondo buscas la compasión de los demás, te has acomodado a ella; y ahora, cuando apenas vienen a visitarte, te refugias en lánguidos paseos nocturnos y en el fondo de una copa. Buscando la charla de mujeres fáciles en la barra de algún bar, o la complicidad de de aquellos que han sido abandonados a su suerte, mendigos, yonquis, viejas heteras de mórbidas carnes y demás desechos de la noche. Sólo te queda mirarte en sus ojos buscando en ellos la complicidad de su desgracia. Como ellos, acusas de tu ruina a la humanidad entera. No soportas la felicidad ajena y te has vuelto ruin y odias la felicidad ajena. ¡Todo por un sueño! Por una mentira a la que te aferraste cuando murió Amanda. Una mentira que, como todas la mentiras, servia para ocultar una verdad. Una verdad a la que temías más que a la muerte.

 - Mentira. ¿A qué mentira te refieres? -temblaba mi voz, y algo temblaba dentro de mí, algo que no era debido a la indignación que su insultante discurso debiera producirme, sino un temor a que se levantasen velos ignorados por mí expresamente. Velos que se cerraron cuando ella murió.

  - Estabas convencido, en el fondo de tu corazón, de que sin ella no eras más que un farsante.

- ¡Mientes! -le grite, pero algo se iba desmoronando en mi interior.

Aparté la mirada del Busto y recorrí el desorden de mi apartamento. Un desorden que, en el fondo, siempre me había parecido romántico, de una estilosa decadencia. Ahora me parecía un tanto sucio y, sobre todo, presuntuoso. No podía negar ya que mi desesperación contenía algo de exhibicionismo. Era la impudicia de la que me había acusado el Busto momentos atrás.

 - El Busto tiene razón, amigo mío -oírla llamarme "amigo mío", como cuando compartíamos confidencias y esperanzas, erizó mi piel- Pero no te aflijas por ello, porque estabas equivocado. Creo que tenías, que tienes aún, mucho que dar; pero tú, en tu fuero interno, no lo creías entonces y menos aún lo crees ahora. Estabas convencido de que tus incipientes éxitos se debían a que yo estaba contigo. Te empeñabas en lucirme a tu lado como un trofeo, y te convencías, cada vez más, de que si los demás te tenían en consideración era por que estabas conmigo. Nunca olvidaste que el editor de tu primer y único libro era familiar mío. De hecho, hiciste lo imposible para que no se lanzase una segunda edición. Te avergonzabas de tu obra porque pensabas que su éxito era el resultado de un inconfesable nepotismo. Pero acudías feliz a las salas de arte cuando inauguraban cualquier exposición de mis pinturas, y te lo pasabas en grande con mi éxito; jamás tuve la sensación de que me envidiases. Creo que te alegraban sinceramente mis éxitos; que, por otra parte, fueron escasos. Aunque esto último nunca quisiste aceptarlo. No pasé de ser una pintora snob y mediocre, cuyas telas buscaban impactar más por su contenido, por las historias que pretendía narrar sobre la tela, que en la textura, la luz y el trazo que distinguen a los verdaderos genios. He de admitir que tu debilidad era mi fuerza. Yo crecía en la medida en que tú desconfiabas de ti mismo. ¿Es eso amor? Sabía perfectamente -cuantas veces me habló mi tío, el editor, sobre la excelencia de aquel primer libro tuyo-  que tú sí podías llegar lejos con tu arte; pero prefería tenerte cerca, adorándome como un niño, y sentía tu éxito como una amenaza. ¿Es eso amor?  Dímelo tú.

 ¿Cómo responder a eso? A medida que hablaba sobre nuestra relación, con aquel enfoque crudo, no exento de cariño, me daba cuenta de que decía la verdad. En el aparador, en una esquina de la estantería superior, reposaba un ejemplar de aquel libro que me publicó el tío de Amanda. Tenía razón ella en lo referente a cómo me tomé que lo publicase él, cuando otras muchas editoriales lo habían rechazado. Recordaba la vergüenza que sentí el día que entré en el despacho de su tío, el editor "Bueno joven, parece que tiene usted buena mano para esto de la letras letras. Hemos decidido publicar su libro, le felicito." Y ahora, escuchando al fantasma de Amanda, esa vergüenza se me presentaba como algo pueril. Se había referido a mí "como un niño" y posiblemente no le faltara razón. No, quizás no era amor lo que ella sentía hacía mí. Protección y adulación. Era lógico que no fuera celosa; yo siempre volvía para acompañarla a sus inauguraciones, para montar fiestas en casa a las que invitábamos a marchantes y a los dueños de galerías de arte. Allí estaba siempre yo para jalear sus ocurrencias o aplaudir su obra.

 Cubrí los dos pasos que me separaban del aparador y tomé el libro en mis manos. Tuve la necesidad de leer algo y lo abrí al azar.

 "Nadie sentía mayor respeto por el abuelo que Juana. Cuando él hablaba, apenas se atrevía a respirar para no interrumpirlo. Pero, desde que esas nubes se habían obstinado sobre la Villa y no se movían de allí hacía ya cinco semanas, sin decidirse a llover o a irse de una vez, el abuelo parecía languidecer y apenas hablaba. Aquellas nubes, le contó su madre, eran como las que se llevaron a la abuela treinta años atrás"

No estaba mal.

 - No sé si era amor. ¿Cómo podía saberlo? Decías que me querías, y yo te creía. Aún te creo, sabes. A pesar de lo que me cuentas ahora, incluso por ello. Nadie puede exigir que el amor que le profesan sea perfecto, somos humanos. ¿Qué me querías porque me necesitabas? Pues muy bien. ¿Qué obstaculizaste mi carrera por que me querías a tu lado, adorándote como un niño? ¡Pues muy bien! Será eso el amor, o una forma de amor, si quieres. Pero ya no estás aquí para que pueda adorarte, Amanda. Te fuiste para siempre -o casi-. Me dejaste sólo con mis fantasías y mi pena.

- Vamos adelantando, amigo mío- la luz brilló un instante en los labios del Busto- ¿Entonces, a qué viene tanto lamento? ¿A qué, tanta desolación? ¿A qué, entregarse al alcohol y a la miseria de las noches obscenas de este barrio sucio, plagado de mendigos y rameras viejas? Mira, asoma el nuevo día en las últimas azoteas.

 - ¿A qué, dices? - miré hacia los lejanos terrados donde se anunciaba ya el amanecer. Seguí hablando, a pesar de que escuchaba mi voz como si no me perteneciera, como si me fuera ajena y me contemplase desde fuera de mi salón, desde aquellas azoteas solitarias.- Fuimos infieles, cabe que nos uniese el interés más que el amor, que el miedo a la soledad fuera la fuerza que nos unía. Es posible que tengáis razón en todo ello -el sol rebotaba tímidamente en las antenas de televisión, en los azulejos y las barandillas más altas- Si eso era amor, no lo sé; pero lo que sí sé es que, lo que me ha llevado al estado en el que me habéis hallado, ha sido el amor. Tan sólo estaba confundido sobre el objeto de mi amor. Ahora lo veo con claridad. Vosotros, fantasma querido, Busto charlatán, me habéis abierto los ojos. Escúchame Amanda: yo te empecé a amar el mismo día que moriste. Te he reprochado hace un instante que me dejaras solo con mis fantasías y mi pena ¿verdad? Pues yo me enamoré de tu recuerdo mucho más de lo que te quise mientras vivías. Jamás le he sido infiel a esa Amanda recordada, ni ella me lo ha sido a mí. Y esa Amanda que creció dentro de mí ocupándolo todo, a abonado mi tristeza y mi desesperación hasta hoy mismo. Perdóname, Amanda, si podéis perdonar allí donde resides.

 Al pronunciar estas últimas palabras me volví hacía la sombra del aparador. El fantasma de Amanda ya no estaba allí; ni las brasillas de sus ojos, ni el óvalo en sombra de su cara, ni la transparencia de su cintura que se derramaba hasta el suelo hacía unos instantes, permanecían allí. No me sorprendió.

 Me dirigí al Busto.

 - ¿Y, ahora, qué hacemos?

- ¿Sabes? Creo que es hora de que me devuelvas a mi bolsa, bajes a la calle y busques algún lugar inoportuno donde alguien termine por tropezar conmigo.

 * 

Dejé la pesada bolsa en la acera, a la puerta de un colmado. Restos de neblina deambulaban todavía por las calles. No esperé a que alguien tropezase con ella.

Mientras regresaba a mi apartamento tuve la sensación de que mis pies apenas rozaban el suelo y que se dirigían a un nuevo y luminoso día.

El anillo ya era mío.

 

 

EL PRECIO DE TU SEPELIO

Descendía por la acera izquierda de la Vía Layetana bebiendo el paisaje urbano que salía a su encuentro. Como en un teatro los peatones representaban su papel con veloz indiferencia. El ejecutivo ajetreado, la señora del carrito, la portera de la escoba, el mendigo y su perrito que movía la cola, el corro de quinceañeras a la puerta del cine, la cola de asalariados a la puerta del monumental edificio gris de sindicatos, la batiente puerta de los cajeros automáticos donde la mujer del abrigo interactuaba con la máquina por unos billetes, el mozo de escuadra matón autonómico con gafas oscuras y paso desganado, el extranjero paquistaní, alemán o uruguayo, los extranjeros de todo el mundo, extranjeros con pedigrí, rubios y atildados, extranjeros sin papeles, morenos, de rizos espesos como su miseria, empujados por pasos y pateras, directores de sucursal bancaria escudados en carteras de piel de ternera, niños y niñas a remolque de la mano apresurada de madres jovencísimas o niñeras igualmente mozas, domésticas con bata rancia de hogares rancios apaciguando su estrechez en los escaparates, y coches, muchos coches subiendo o bajando por la Vía Layetana igual que ella.

Bajaba decidida, bamboleando las caderas, los hombros y la cintura con su falda corta rojísima y la blusa estampada conteniéndole los senos que querían saltar y llegar a la mar antes que ella. Aferraba la bolsa. Lo último que Rosario quisiera en la vida era perder su bolsa. En ella llevaba, encerradas, la cabeza de Juan y unas herraduras. Y estaba decidida a no soltarla hasta llegar a los muelles: allí le daría sepultura marina para siempre. Quizás, en su nueva vida entre peces y calamares, las herraduras le trajeran suerte a Juan, además de mantenerle sujeto al fondo marino.

Imaginaba la bolsa fundiéndose, con los años, con los sedimentos fangosos calados a cuatro metros bajo la quilla de los barcos. "Las calaveras no flotan" pensó y arreció el paso para pillar verde el semáforo.

*

Se tiró en el sofá agotada y sudorosa. La falda corta, roja, rojísima, remangada, dejaba que se le refrescaran los muslos a Rosario. La Vía Layetana, de vuelta, ejecutaba una subida prolongada que había ascendido bufando sin levantar la cabeza del suelo. Los personajes que poblaban la acera pocas horas atrás -el ejecutivo, la señora, el mendigo, la domestica y los asalariados, los extranjeros rubios y los morenos, y demás-, eran ya fantasmas sepultados por el recuerdo de la bolsa flotando en el puerto. Pues, cuando ésta chocó con la superficie, se deshizo el nudo de las asas de plástico con tal suerte que las herraduras, debido a su mayor densidad y peso, escaparon libres hacía el fondo del mar, mientras que la bolsa, con la cabeza de Juan en su interior, iniciaba una peculiar singladura sorteando los cascos de los barcos, alejándose dulcemente de la orilla, hasta que la vio desaparecer por la bocana del puerto, camino de alta mar. No era el destino que ella había querido para él. ¡Con lo poco que le gustaban los viajes a Juan! Treinta y dos años estuvo pidiéndole un viaje a algún lugar exótico, y todo lo que consiguió de él fue un billete para el tren que llevaba a las playas de Castelldefels.
A veinte exóticos kilómetros de su casa.

Treinta y dos años junto a él, compartiéndolo todo. Por supuesto que jamás deseó su muerte, le quiso hasta el último día. Incluso ahora, tirada en el sofá y derrengada por la tensión y el esfuerzo, sentía una intima ternura al imaginar la cabeza de Juan llevada por las corrientes mucho más allá de las playas de Castelldefels. Inconcientemente se llevó las manos a los muslos sudorosos, descubiertos por la roja, rojísima faldita remangada. No podía quejarse, durante treinta y dos años, Juan había cumplido como amante todas las noches con cópulas regularmente aceptables. Así fue su matrimonio, placentero hasta el fin.

*

- Tome, doña Paz, el cambio de los veinte euros.

- Espere, Rosario, cóbreme, además, un cuatro de costillar y añada media docena de esas excelentes albóndigas con ajo y perejil. Con algo de sofrito y laurel, como usted dijo, están riquísimas, se lo digo de veras. Mi Antonio se las zampó en un pispás, y mire que es mirado él con la comida, mi Antonio. Así que buenísimas, doña Rosario, y se lo dije a mi Antonio, que doña Rosario es una artista en esto de la carne.

- Buen, bueno, doña Paz, ya será menos. Ahora que, modestia aparte, carne como ésta se ve pocas veces, eh.

- Ninguna, Rosario; que no recuerdo yo carne tan suave y melosa. Y tierna ¡qué le voy a decir! y con un sabor... ¿cómo le diría yo? distinto, como más suave. Venga, que esa media docena sea una entera.

Y Rosario cogía con amor cada una de las albóndigas y la ponía, ordenada junto a las demás, en el platillo de la balanza.

- Fíjese, sólo queda una, doña Paz. Y es la última, porque de esa remesa de carne, me han dicho que no me volverán a traer en mucho tiempo. ¿Se la pongo? Aún mejor, ésta se la regalo.

-¡No! - levantó la voz, como alarmada, doña Paz- Disculpará usted, no es por hacerle un feo a su generosidad, pero es que una es un tanto supersticiosa y yo, con el número trece, no quiero saber nada. Póngame sólo la docena, por favor.

Rosario detuvo la mano en el aire y devolvió la solitaria albóndiga a la bandeja con cierto temblor. Pero, forzó una sonrisa y respondió amablemente.

- Lo que usted quiera, doña Paz. Serán, entonces, setecientos gramos, que suben ocho euros con cincuenta céntimos de albóndigas que, con lo demás que se lleva -se concentra mientras le da a la tecla-, da un total de dieciséis treinta. Déme dieciséis y vale.

*

Sólo quedaba aquella albóndiga. Cuando terminase de vender toda la carne, se iría de vacaciones. Se lo había jurado. Incluso había elegido destino: el Caribe, un crucero de ensueño. El billete aguardaba en la agencia de viajes de la esquina, pagado, esperando fecha de embarque. Pero ahí quedaba la albóndiga número trece. En cierta forma la había bautizado así: Albóndiga Trece; nombre y apellido.

- ¿Qué haré contigo, Trece? -llamarla por el apellido le parecía más serio; hacerlo sólo por el nombre, "Albóndiga", le parecía, dada la situación, de poco respeto.

Por supuesto, que aquella albóndiga sólo era la una más de las muchas albóndigas que había vendido aquellos días era una idea que rondaba en su cabeza. Pero, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, Trece era como volver al principio. Parecía absurdo, pero Rosario, en aquel momento lo sentía así. Era una albóndiga como las demás, cierto; pero también resultaba cierto que era la última y que, cuando había pretendido desprenderse de ella regalándola a doña Paz, la jugada le había salido mal. Desde el infeliz principio de todo este asunto, hasta ese mismo día, todo había ido a pedir de boca. Incluso que Juan decidiese, en última instancia, irse de viaje en una bolsa por la mar en lugar de descansar en el fondo del puerto de su querida Barcelona, resultó, en el fondo, un acierto, una especie de compensación que le daba al desdichado la posibilidad de corregir el inmovilismo en el que había vivido siempre.

Y, ahora, se sentía como al principio, debiendo tomar una decisión. ¿Qué hacer con Trece?

En un plato, sobre la mesa de centro, junto al sillón, Trece mostraba su redondez inexacta y desnuda. Parecía que miraba a todas partes, como un ojo esférico, rosáceo y granoso, que podía ver todo lo que había en el salón: los grabados de escenas cinéticas trazadas por algún pincel conocido y un óleo donde una señorita sentada entornaba la cabeza para lucir perfil de guapa y mostraba, casi desnudas, las morenas espaldas surcadas por una frondosa melena azul; el aparador que dominaba la estancia, con su vitrina de cristal repleta de figuritas decorativas y marcos con fotos de sus padres, de sus sobrinos y de sus abuelos en las repisas; y la foto de boda también, ¡que guapo estaba Juan, el día de la boda, vestido con chaqué negro, camisa blanca almidonada ajustada al cuello con una pajarita de seda azul, tan moreno, tan joven; incluso las películas de luz que se filtraban por las lamas de madera entreabiertas de las persianas del balcón; junto a la a puerta que daba a la sombra fresca del pasillo, el cestito donde dormía con un ojo abierto Micifuz. Y ella, en el centro de todo, derrengada en el sofá, con las faldas cortas, rojas, rojísimas, arremangadas, mirándole. Todo parecía estar viéndolo el esférico ojo de Trece

Apartó de sí la idea del ojo. "Qué haría Juan si me pudiera ver ahora" se preguntó. Había puesto parte de corazón en Trece, cómo en las demás albóndigas. Quizás, allí residieran todavía sentimientos y penas y alegrías. Rosario siempre había creído que todas las cosas estaban de alguna manera animadas. Para ella, por ejemplo, la cómoda vieja de su habitación, con su mármol afinado por los años, el barniz negro de sus cajones y el dorado descascarillado de las asas, vivía presa de melancolía. Resultaba evidente. Y qué decir de la escoba en el armario de la cocina: toda la vida con la cabeza boca abajo, desmayando sus greñas sucias por los suelos de la casa resignada, sin quejarse jamás. Aquella escoba era, toda ella, puro estoicismo y humildad. Seguramente, buena cristiana. Y así con todo; la tetera celosa, el mantel sufridor, la alfombra resignada, el orgulloso piano de la sala de estar, la presumida mecedora, coqueta e inestable, el obstinado cajón de los cubiertos que se resistía tanto a abrirse o la inquieta cortina de su habitación. Y, ahora, estaba Trece.

No es un ojo, no puede verte, se repitió. No era cuestión de cambiar los planes; Trece era la última albóndiga, sólo eso. Y no debía arruinar sus vacaciones en el Caribe. Miró a su alrededor buscando inspiración. Paseó la vista por la vitrina y las fotos, por el cuadro de la guapa y los grabados cinegéticos de perros y cazadores, por toda estancia, la puerta que daba al pasillo, las persianas que cerraban el balcón, el cesto donde Micifuz dormía con un ojo entreabierto y supo qué hacer.

Antes de salir del comedor, dejó el plato de Trece en el suelo.

*

"Buenos días. Sres. Pasajeros, el Comandante Gutiérrez y la tripulación, en nombre de la aerolínea Vuelebien, les damos la bienvenida a bordo de este avión Boeing 737 con destino Guadalupe. Volaremos a una altitud de 7.000 metros, con una velocidad de 800 km/h y la duración aproximada será de 9 horas a partir del momento del despegue. Por favor, hagan uso de los cinturones de seguridad, pongan el respaldo de su asiento en posición vertical y plieguen sus mesitas. Les recordamos que está prohibido fumar en todos los vuelos de esta aerolínea. Gracias."

La azafata acompañó las instrucciones -ajústense los cinturones, las mascarillas de oxigeno, aquí; las ocho salidas de emergencia, puertas y ventanillas, allí, allí y allí; debajo del asiento, los chalecos salvavidas, etc.- ejecutando grotescos movimientos con los brazos y las manos, como si quienes las escuchaban fuesen tontos; y Rosario ya fue feliz.

Al terminar el ascenso, la voz del capitán dando la bienvenida al pasaje e informando que podían desabrocharse los cinturones porque ya volaban a siete mil metros de altitud, incrementó su buen humor. Como en las películas. Qué va, pensó, mucho mejor que en las películas: era real. Estaba viajando al Caribe.

Había pedido asiento de ventanilla porque no quería perderse nada del viaje. El mar espejeaba allí abajo. A su lado, un matrimonio de mediana edad iba conversando. Su conversación giraba entorno a la herencia que les había dejado una anciana tía que había fallecido hacía unos meses, y sobre la larga enfermedad que la había llevado a la tumba.

Cuando dejaron atrás las Azores, un perfil verde y gris en la inmensidad azul, el matrimonio seguía fiel su tema de conversación. La herencia, los trámites, el seguro, el entierro y todo lo que atenía a la muerte de la pobre tía Josefina, daban mucho de sí.

- Pues mi marido falleció hace apenas dos semanas -intervino Rosario. Llevaba casi dos horas escuchándoles hablar de lo mismo y ya no podía estarse más tiempo callada.
- Vaya, le acompaño en el sentimiento- respondió la señora de mediana edad, luciendo buenos reflejos para el protocolo.- ¿Una enfermedad?
- Le falló el corazón.
Recordó a Juan, desfallecido sobre las sábanas, inmóvil. Definitivamente quieto, lo supo de inmediato.
- Al menos sufrió poco -terció, todavía protocolaria, la mujer de mediana edad- Y tan joven...
- Tenía quince años más que yo -se atusó Rosario el pelo con coquetería. En ese momento le hubiese gustado llevar puestas sus falditas rojas, rojísimas, arremangadas para lucir sus muslos morenos y aún torneados. Se apresuró a añadir- era una buen marido ¡le echaré tanto de menos!
- Pobre, pobrecita, quedarse viuda tan joven...
- Ay, sí.
- ¿Un refresco, alguna bebida, señores?- arrastrando el carrito, dos azafatas ofrecían a cada lado del pasillo.
- Uy, precisamente tenía una sed tremenda, ¿es posible un cubalibre?

Ya con el sabor colado en los labios, Rosario, volvió a mirar al mar por la ventanilla. Se le ocurrió que cruzar el océano en una bolsa de plástico, quizá fuera demasiado. Habría que sortear tormentas y tiburones, y quién sabe qué otros peligros. Rosario se preguntó si habría tiburones en el Mediterráneo; al fin y al cabo, Juan y su bolsa navegaban por un mar menor.

- Yo no cojo ventanilla nunca, me da vértigo- la señora de mediana edad se dirigió de nuevo a ella. Posiblemente estaba harta de hablar con su marido.
- Pues, a mí, me hacía ilusión. ¿Sabe?, es la primera vez que vuelo.
- Yo, y mi Joaquín -dirigió la mirada a "su" Joaquín, que dormitaba al fin con la barbilla caída sobre el pecho-, hace tiempo que vamos una vez al año de viaje. Aunque esta vez, con lo de la muerte de la tía Josefina, estuvimos a punto de quedarnos. Por el luto, ya sabe. Además, si le he de ser sincera, todo el asunto del entierro me dejó agotada. Y menos mal que la pobre tenía un seguro y la compañía se hizo cargo de casi todo. Coches, funeraria, féretro... bueno, qué le voy a contar a usted que acaba de enterrar a su marido, ¡lo caro que resulta morirse en este país!
- Tiene toda la razón -terció Rosario- Yo, cuando pregunté lo que costaba enterrar a mi Juan, pensé que con ese dinero bien podría una pagarse un viaje como éste. En fin, amiga mía, una vez concluidos los últimos trámites es mejor no pensar en esas cosas ¿verdad?
- Verdad- ratificó la señora de mediana edad.

Rosario asintió con la cabeza y volvió, una vez más, la mirada al mar. Azul y plata, con una bolsa de plástico a merced de las mareas.

Ella sí había cumplido el último trámite. Recordó a Micifuz relamiéndose y el plato vacío en el suelo del comedor. Con Trece había partido, al fin, lo que quedaba del corazón de Juan.

Aquel corazón, pensó con cierta tristeza, que le falló mientras cumplía con esmero su regular deber marital, la noche de un miércoles, quince días atrás.

Justo los que tardó en sepultarlo la excelente carnicera.

ENIGMA FÁCIL

Puesto que nadie puede obligarme a plática que no se me antoje, ni constreñir mi locuacidad si no lo resuelve el menda, -que para decidirse, he de confesarlo, hace en cada momento lo que por donde no suena le apetece-, digo que, de esta manera, me suelto la melena y con la pluma en ristre -no la de un pájaro de los de la Habana, se entiende por lo macho que es uno- me he enredado, puesto y dedicado a pensar en cierto líder y prócer español que actualmente me mueve, unos días, a jocosa risa y, otros, a revuelta indignación, de tal manera que vivo sin vivir en mí, con permiso de la extasiada poetisa abulense, y si no lo suelto reviento.

Es líder, no porque lo predique este pobre escribidor, sino porque lo proclaman sus adeptos; y también porque lo consiente él, que tampoco es humilde el pavo. Ignoro si en Galicia hay chivos, pero éste lo es de cuerpo y barba; y por la misma quiere gobernarnos con tal desfachatez que igual por la barba miente cual bellaco cuando le va el interés.

Diz que se levanta por las mañanas, este patrio señorón, al son de su lema, que es el de dar leña al mono, siendo, en su obsesión, el mono el monclovita remendón. Pues este lideresco chivo no tiene otra intención que arrebatarle el techo al vallisoletano gobernante.

¡Y como rozna! En televisión o radio transistor aparece empecinado, enarcando la ceja en foto de primera plana abcedesca, gesticulando en plasma de pródigas pulgadas, advirtiéndonos en gacetas con portadas de tetonas, donde sea asoma escandalizado el gallego porfiando en perorata fementida, colosal y traidorzuela.

Bien, bien... se me advertirá -los lectores más sinceros o los faltos de humor; y los que bien me quieren y no quisieran verme en eventual trance de hacer el ridículo- que no soy objetivo, y que con parcialidad extrema me ocupo del tal personaje, y que en la fauna política o famosillera tenía otros que escoger si pretendía ejercer facundia por puro deporte, como resulta que ocurre efectivamente hoy. Y, aunque de razón parte no les falte, me resulta más divertido y oportuno meterme con este tipo, darle con la hipérbaton en la repeinada cocorota, tirarle de las canas de su vellida y pétrea faz a pellizcos de tropo, patearle el bul a base de perífrasis, litotes y demás recursos que forzando el discurso me vengan en gana, y decir de él las burradas que quiera, puesto que viene al pelo a mi malandrina intención politicastro tan chusco. Al fin y al cabo, de retorcer la lengua a tornillo literario venía hoy besaros -figuradamente, claro- y a dejaros fácil el enigma de sobre quién estoy hablando.

Un besote a tod@s, zenon.

(posdata: "abcdesco, monclovita, famosillera y bul" no los he hallado en diccionario alguno, así que no se os ocurra usar de tales términos en vuestros escritos si no queréis terminar acusados de malos escribidores y de abusadores de virginal licencia literaria; por mi parte, a mi edad, tanto me da... a la vejez, viruelas, dicen...)

FINO

 

Abismo es una palabra muy fina, parece que quien la dice es profundo y ha recibido educación de señorito. Por ejemplo, en lugar de decir "esto se va al carajo", va el fino y suelta "estamos ante el abismo".  A mí, lo fino me parece muy bien. Y, como hoy me siento fino, me dedicaré a soltar la palabra abismo a la que pueda.

 

La panadería huele dulce, a pan caliente y a magdalenas. En el mostrador, entre cañas de cabello de ángel y hojaldres rellenos de suculenta crema, hay una coca de berenjena, pimientos y arenques. Sonrío a la dependienta -que es la hermosa mujer del panadero- y le digo

- Vaya, doña Maruja, ¡qué contraste! ¿Se ha fijado en que, entre los dulces y el arenque, hay  un verdadero abismo de sabores?

Y me voy tan pancho, convencido de que he dejado sin habla, con mi finura, a la buena panadera. A buen seguro que no ha encontrado palabras a la altura de las mías para responder a mi elevado decir.

 

Ya en la calle, con la bolsa del pan caliente, echo mano a mi terminal telefónico inalámbrico y marco el número de la clínica odontológica, con la intención de pedir hora con el dentista. Le cuento a la recepcionista que tengo una caries en la tercera muela izquierda y siento el agujero como si se abriese abismo en mi boca.

- Venga el jueves a las diez treinta. - es la única la respuesta que obtiene mi finura. Cuando cuelgo el teléfono, pienso que las recepcionistas de clínicas odontológicas están incapacitadas para la fineza. Pues, a las gentes vulgares, las caries les producen agujeros grandes; los abismos, sólo en la boca de los poetas y los finos aparecen. Y yo sé perfectamente quién soy.

 

- Don Vicente, póngame un café con leche -solicito a Vicente, el dueño del bar Florida, después de tomar el periódico del día de encima de la máquina expendedora de tabaco-, largo de café, corto de leche y con sacarina, si es usted tan amable.

Las noticias son las mismas de ayer con ligeras variaciones. Hace tiempo descubrí que los periódicos son como los seriales que dan a la hora de la sobremesa: uno puede perderse unos cuantos capítulos sin perder el hilo de la historia. La causa de ello es que cada uno incorpora, en forma implícita, lo acaecido en todos los anteriores, de tal manera que, si uno se fija, las historias de los seriales caben en un par de cuartillas.

Argumento de un culebrón: María es huérfana, guapa y pobre,  entra a servir en casa de unos señores ricos donde es maltratada y humillada por los perversos hijos de sus amos; aparece un riquísimo socio del señor que partió hace años tras un desengaño amoroso, y que, tras unos mil capítulos, se descubre que es el padre de la tal María. Al final, María le quita el guapo novio a la hija de sus señores y se casan, ricos, felices y vestidos él de chaqué y ella de blanco. Argumento de una noticia: los americanos se cabrean con un dictador, bombardean su país, lo dejan hecho unos zorros, provocan una guerra civil y al final, tras mil periódicos emborronados, se van con el petróleo a otra guerra, felices, heroicos y millonarios.

- ¿Sabe, don Vicente? -le digo cuando me devuelve el cambió del café con leche-, aunque no lo parezca, entre un culebrón y la Guerra del Golfo, no hay precisamente un abismo.

Tampoco me contesta, se conoce que hoy la gente no está muy habladora ni es muy sagaz. Cuando salgo a la calle, se me ocurre que estos americanos son realmente unos golfos; cosas de las palabras.

Me queda mucho domingo todavía para llenar de abismos. Estoy descubriendo -en realidad, ya lo sabía- que la palabra abismo da para mucho. Será por lo fino, digo yo.

 

A Don Miguel, mi sastre, mi mujer le llama el Crenchas. "Ojo con el Crenchas, que te vende por cien lo que vale cincuenta" me dice cuando voy a verle. A pesar de que el peluquero Rasgos le corta el pelo a cepillo, se empeña en hacerse la raya; el resultado es una carretera que le parte la cabeza en irrisorias crenchas.

- A la paz de Dios, paisano -saluda cuando nos cruzamos en la puerta de la panadería; yo, saliendo, él, aguardando su turno, porque hay cola los domingos para comprar el pan- Qué hermoso día, ¿verdad?

- Cierto, Don Miguel. Días como éste le reconcilian a uno con el mundo-, sé que de un momento a otro me recordará que tengo una americana por entallar aguardándome.

- Me llegó la tela para su americana. Verá qué maravilla, es suave y tersa a un tiempo, de esas que caen con elegancia aunque no conozcan plancha. Y el color, qué le voy a decir; acertó usted de pleno al elegirlo. Un gris casi azul, luminoso como un cielo de primavera, sin perder, por ello, un ápice de formalidad. 

A pesar de que don Miguel es poeta a ratos libres -los que le dejan las tijeras y la cinta de medir- le puede el aludir, sin mencionarla directamente, a la cita que tengo con él; pues tras esa primavera de luminosa formalidad, no hay otra cosa que recordarme los dineros, ya desembolsados  por él, de la tela que le encargué para mi nueva americana, y que no he pasado todavía a abonar. Verdadero arte de la elipsis, hay que reconocerlo.

- Mañana sin falta vengo a que me entalle la pieza y le abono esa maravilla de tejido.

- ¡Quiá!, que no hay prisa, señor; ya sabe usted que soy esclavo de mi trabajo y apenas salgo de la sastrería: allí me hallará cuando le venga bien. Aunque pasa tan rápido el tiempo...

Me deja pasmado su extemporánea observación sobre el paso del tiempo. ¡Que capacidad de mezclar los temas, y de saltar de uno a otro que no viene cuento, tiene este sastre poeta! He de encontrar una respuesta a su altura, faltaría más.

- Las horas se las lleva un abismo glotón, don Miguel.

Esta vez no espero respuesta, con gesto de despedida me voy. Espero que el Crenchas tenga tema en la glotonería de los abismos y el raudo pasar del tiempo para alguno de sus poemas. Aunque, la verdad, a mi me parece que lo que le he dicho es una verdadera cursilería.  En cualquier caso los abismos me han salvado en esta ocasión, pues no podré ir a la sastrería a entallar y pagar hasta que cobre la pensión del mes que viene, y estamos a día cinco todavía. El próximo domingo iré a por el pan a la otra panadería que hay en mi pueblo.

 

A los finos deberían incrementarnos la pensión, al menos para que podamos cumplir con el sastre con puntualidad. Vuelvo a casa un tanto triste, pensando que la Administración Pública está a un abismo de considerar los méritos que hacemos los finos, y de reconocer nuestra insustituible función social. ¡Qué sería del pueblo llano sin nuestro ejemplo!

 

¡Bah! Que se queden con lo que nos dejan de pagar. Ahora bien, hoy dejo de trabajar al mediodía: esta tarde me quedo en casa, y me guardaré la palabra abismo para mí solo. ¡No pretenderán, con lo poco que me pagan, que haga horas extras, además!

 

AMOR BRUJO

 La niebla una vez más. Este año de lluvias empieza a ponerme nerviosa. Y eso que siempre me han gustado niebla y lluvias, tan nostálgicas ellas, tan románticas. Seré una bruja, cierto; pero lo romántico me tira y cuando me subo a la escoba para volar y echar mal de ojo a alguna vecina chismosa o al avaro del tendero, no puedo evitar detenerme, flotando en el éter, extasiada por los arrumacos de algunos enamorados. Oigo como se susurran palabras de amor, cómo se juran y conjuran para siempre... como mienten sin saberlo. A pesar de ello, no les lanzo ni conjuro ni maldición, dejo que sigan con sus caricias, que sus manos se enreden en cintas, botones y cremalleras, y hurguen en sus oquedades con frenesí. Al fin y al cabo, en esas mismas oquedades encontrarán las cadenas que tendrán de arrostrar el resto de su vida. Esclavos de la fidelidad o de la traición, tanto da una como la otra. Pero el amor es una pulsión difícil de vencer, una celada a la estamos condenados a sucumbir. Sí, lo romántico me tira por su lado cómico.

      Yo misma me enamoré una vez como lo hacen las gentes vulgares. ¡Ah, qué estúpida fui entonces! Sus palabras resonaban en mis oídos como melodías arrancadas al mismísimo corazón hirviente de la tierra; sus caricias encendían llamas que, hasta entonces, ignoraba que mi piel velara; el pulso de su sexo vibraba en la palma de mis manos con calidez turbadora y desconocida, y cuando lo acogí por primera vez en mi intimidad creí volverme loca de amor... Bah, amor, amor, ¿para qué coño sirve el amor? Él se fue con otra cuando se hubo hartado de mis caricias y yo quedé preñada. Esa fue la cosecha del amor. Bueno, sí; descubrí ese regalo de la naturaleza que es el placer sexual y, además, fue la causa de mi ingreso en la secta venerable de las brujas, cuando, indignada por la falsedad de mi amado y sintiendo el producto de su traición pateando ya en mis entrañas, acudí a la vieja MariBooh, que vivía en el bosque prohibido, al que llamaban de los Fenebros, para que arrancase aquella abominación de mi vientre.
Por supuesto, no conté nada de esto a mi madre; en parte por inteligencia y, en parte, porque MariBooh me lo indicó "mira niña, calla cuando vuelvas a tu casa con tus padres y hermanos. Calla. No les cuentes que has venido aquí, ni que te dejaste seducir por un gañan. Pues puedes estar segura que, si cuentas lo que te ha ocurrido, los castigos serán todos para ti y al seductor nada le ocurrirá" Me costaba creer que mi propia familia, mi madre incluso, no se apiadarían de mí. Y MariBooh se enfadaba con mis pueriles objeciones y me instaba, una y otra vez, a callar "por tu bien te lo digo: caerán sobre ti el oprobio y más de un palo si hablas. Sobre todo, cuida de no mencionar que has venido a verme porque correrías el peligro de terminar en la hoguera" Razones de esta índole oponía a mis dudas. Yo insistía en que mi madre me quería y me consolaría y protegería en la desgracia, hasta que la vieja bruja, cansada de mi insistencia, puso un tarro de cristal ante mis ojos con el contenido sanguinolento arrancado a mis entrañas y casi me gritó: "Por deshacerte de este despojo te acusarán de asesinato, no seas imprudente, niña; no les cuentes nada. Calla; y vuelve aquí cuando la Luna esté plena". Aunque a muchos pueda parecer inaudito o cruel, tomé aquel tarro con el feto y lo acerqué a mis ojos para verlo mejor, pues las escasas bujías que ardían en la choza de MariBooh proveían tan sólo una penumbra fuliginosa en la que los objetos se confundían con los vapores que emanaba un cazo colgado sobre la lumbre del hogar.

      "¿Qué harás con él?" pregunté a la vieja cuando caí en la cuenta de que el tarro de cristal significaba que el feto sería conservado y no enterrado en la tierra, como se hace comúnmente con los cadáveres de los hombres. "Vuelve con la Luna llena, niña. Calla; ahora no es momento de preguntas. La noche del lunes será Luna llena, vuelve entonces. Guarda silencio hasta entonces. Y vete, vete ya", me insistía; pero yo no podía apartar la mirada del contenido del tarro, apenas un esbozo de ser humano o de lagartija, no sé; pero cuando vi el brillo mortecino de un ojo asomando por un párpado, fino como la seda, desgarrado seguramente por los útiles que usó la vieja al arrancármelo, salí corriendo de la choza y no paré hasta discernir el humo de las cocinas de mi hogar elevándose hacia el cielo gris de aquel lunes de primavera.

      Pasé la semana que le faltaba al astro de la noche para alcanzar la plenitud, disimulando en la aldea, en mi casa, o con mis hermanos y amigas. Realicé las faenas habituales procurando que no se notase la fatiga que me producía cierta languidez, que achaqué a la sangre perdida cuando MariBooh me arrancó el feto con una especie de tenaza. Recordaba cómo cesó el dolor que me causó al hincarla en mis entrañas al beber de un cáliz fumante que la vieja acercó a mis labios mientras recitaba un conjuro propicio a las parturientas. Un conjuro inverso -como sabría tiempo después- que habría de impedir otros partos. Nunca más podría preñarme hombre alguno.

      El día anterior a mi cita con la vieja MariBooh, noté como un calor frío se adueñaba de mi estomago y corrí hasta una era un tanto alejada de la aldea, para que nadie pudiera apreciar el temblor que dominaba mis manos y agitaba ya mis hombros. La primavera estaba avanzada y la hierba había crecido ya por encima de mi cintura de forma que, cuando caí a tierra tomada por espasmos que parecían querer partirme en dos, quedé oculta a cualquier mirada. Entonces vomité y vomite, hasta quedar vacía del todo. Creo, incluso, que vomité mi primer amor y todos lo amores galantes que el futuro quisiera depararme. Vomité mi ingenuidad y todas las mentiras que me habían contado desde que aprendí a hablar. Con cada arcada expulsaba de mis entrañas falsedades de obediencia, sacrificio y sumisión que me envenenaban desde que aprendí las primeras palabras. Recuerdos de vejaciones y desprecio. Vomité, incluso, el portazo que dio mi padre el día que nací "Otra niña, bah!". Debió marchar a emborracharse a la taberna: esa taberna a la que las mujeres -las "buenas" mujeres- teníamos prohibida la entrada.

      Cuando terminé de vomitar, supe que era inexcusable mi destino y que éste empezaba en la cabaña de la vieja bruja MariBooh.

LA ÚLTIMA PALABRA

 La última palabra.

 La cucharilla hendía el cóncavo filo en el poso frío del café con leche de la noche anterior. Alrededor del vaso -tomaba el café con leche en vaso, nunca en taza- la superficie de la mesa asomaba por  donde podía entre los numerosos objetos que la cubrían casi por completo. Hojas de papel emborronadas, tachadas, con anotaciones al margen y renglones subrayados; una cajita de pastillas de regaliz, dos lápices, rotuladores de color rojo, azul y amarillo, la vieja lupa de mango de hueso de ciervo, la caja satinada en azul del cartucho de tinta de impresora, un librillo titulado Textículos por el ingenio lingüístico de un amigo que ensayaba hacer arte con narraciones de sexo explicito; en fin: objetos, objetos y más objetos.

Miró a su alrededor. Objetos, se repitió, sólo objetos. La vida se componía de aquellos objetos y de otros más, todos en movimiento. Desde siempre, se habían asociado la vida y el movimiento,  como si estuvieran constituidos, por igual, de la misma esencia del espacio y del tiempo. Pero cabía que fuese un error de perspectiva y que lo realmente esencial fuesen los objetos; sin ellos no era posible el movimiento. No cabía imaginar movimiento alguno sin que lo protagonizase un objeto en el espacio. Incluso los números y los vectores no eran más que objetos en la imaginación de los hombres. El espacio de los matemáticos, el de los físicos incluso, no existiría si no contuviese objetos. Y la vida era un objeto más. Un objeto muy poco matemático.

Miró a través de los cristales de sus gafas, miró a través del cristal de la ventana que  había frente al escritorio, miró a través del aire y de las incontables y diminutas gotas de agua que flotaban en él, miró a través de su mente y de las ideas preconcebidas y de los sentimientos y de las sensaciones, miró afuera sabiendo que, en realidad, miraba hacía dentro porque siempre, siempre que se mira, se dijo, se mira hacía dentro.

Por la ventana, bancales de almendros, extensiones de cereal, trigo, centeno, hordio principalmente, como una marea verde peinada por los vientos, aterciopelando los campos bajo un cielo azul y plomo. Lana verde sobre los lomos diversos de la tierra viva. Y también bosquecillos de carrasca salpicados de pequeños quejigos y robles más altos. Miraba el sendero que partía de la carretera y marchaba hasta perderse tras un recodo, por donde Peña Sagrario giraba al encuentro de Oriente; y lo seguía aún con la imaginación: culebreando por la ruta oculta tras los cerros, descendiendo entre bancales, barrancos y pedregales hasta el pantano donde dormían ya las aguas venidas de las cumbres. 

Sintió tristeza; siempre que se mira, se mira hacia dentro, se repitió. Más allá del cristal de los anteojos, más allá de la ventana y el aire, más allá de los opacos cerros, hasta los remansos del alma, la superficie bruñida de las marismas interiores, el temblor de las recónditas profundidades o el rumor incesante de los recuerdos. Por eso era tan fácil cerrar los ojos y recordar, como hacerlo mirando al cielo, al fuego o al horizonte.

Era así porque los objetos del mundo estaban dentro de él,  porque habían hecho morada en su interior y convivían allí con otros objetos nacidos en su corazón y que jamás salieron al exterior. Unos objetos que no era capaz de precisar cuanto tiempo llevaban allí, porque le parecía que allí estaban desde siempre. Los sentía como punzadas, como fuegos o rescoldos de ansiedades, desazones, obstinados  sentimientos que permanecían cosidos a la piel de su alma con invisibles hilos de acero.

Desde que ella le abandonó, entre todos aquellos objetos destacaba uno, terrible y desdichado. Una especie de nostalgia cruel. Un fuego de tristeza que le abrasaba; que a través del cristal graduado de las gafas, del rectángulo la ventana, de las diminutas gotas de la humedad que se columpiaban en el aire sobre los campos, teñía el paisaje de una desazón creciente y lo envolvía en una aciaga clase de luz negra. Afuera como adentro, el mundo terminaba devorado por el dolor y la pena, por el vacío que había dejado ella. No se le ocurría objeto alguno que quedase libre de aquella triste luz, sentía que irradiaba -hacia fuera, hacia dentro- desde su propia mirada. Si la vida estaba en los objetos, ya no la quería; no estos objetos, no esta vida.

¿Fue ella un objeto más? Entonces ¿por qué no permanecía a su lado?, ¿por qué no le bastaba su recuerdo? Tanto importaba que hubiese muerto o que permaneciese viva, voluntariamente alejada de él. La dolorosa, obscura sombra de la soledad confundía los términos -vida, muerte- en un único e insoportable dolor. Quizá, se dijo, no fuese él mismo más que un objeto en la mente de ella, si era que aún vivía. Esta absurda idea -no más que un juego, lo sabía- no representaba ningún consuelo, porque el fuego que le abrasaba el alma lo aventaba su ausencia, con un incendio que ya arrasó todas sus lágrimas y no le quedaba para llorar más que una tristeza árida y estéril. Ni siquiera imaginar que su vida era imaginaria restaba un ápice de consistencia a su colosal soledad.

Había un objeto, sin embargo. Un objeto definitivo, capaz de terminar con tanto desconsuelo. Debajo del teclado, del vaso y la cucharilla, de la sagacidad del autor de Textículos, de las hojas emborronadas y la cajita de diminutos regalices, debajo de la superficie ahogada de la mesa, en un cajón.

¡En un cajón, sí! Allí estaba, quieto, tensando músculos de metal, con la pólvora dormida soñando fulgores y estallidos, el revolver. ¡Que promesa de silencios! Oscurecer de una vez todos los objetos, apagar con un estruendo las palabras futuras, las llamas de la soledad. ¡Dios, terminar de una vez por todas! Acallar el estruendo de aquella ominosa ausencia que le atormentaba; apagar la propia y única mirada.

Ya no tendría otra luz en sus ojos, ya no habría otra luz, ni dentro, ni en las montañas, ni en los bancales donde la tierra esperaba y  los almendros le reservaban flores de pétalos en sombra.

Coger el revolver, sacarlo del cajón, encajarlo en el paladar y terminar el relato. ¿Tan fácil? ¿Realmente tan fácil?  Tomó el tirador de bronce, lo atrajo hacia sí y el cajón  se abrió con  un crujir de madera. Como para una representación teatral, el revolver descansaba sobre un paño de terciopelo rojo. Le pareció que estaba allí, tumbado plácidamente en su lecho carmesí, esperando el momento adecuado: esperándole a él precisamente. El cañón y el tambor negros centellearon casi azules. Lo cogió; y las cachas de madera de la empuñadura se tornaron lapas en la palma de su mano. Algo cálido  y nocturno, un flujo perturbado pero también de paz, penetraba desde aquel contacto y le colmaba, con la velocidad de un estremecimiento, las venas y las arterias, que, hasta ese mismo instante de su vida, sólo habían servido para conducir su sangre. Ahora, mientras levantaba la mano con el dulce peso del tambor, el cañón y las cachas, sentía la densidad de la existencia disolviéndose, desvaneciéndose con las palabras antiguas, que ya eran todas las que había pronunciado en su vida.   

Acarició con la otra mano el cañón, liso hasta el alza, y lo giró para mirar el interior de su boca nocturna, redonda, profunda como un abismo rotundo capaz de engullir torbellinos de palabras, de actos, de dolor o de vida. Un abismo capaz de engullir todos los te quiero pronunciados, todas las mentiras vertidas por labios traidores y las despiadadas verdades de hierro que terminó por desvelar el tiempo. Todos los objetos de la vida y, entre ellos, se repitió, los más tenaces, los más crueles: las palabras que le acosaban, palabras blancas del amor, palabras negras de la mentira, mucho más numerosas éstas.

Sintió el frío del metal en el labio inferior, abrió la boca, y dejó que el cañón resbalase sobre él con suavidad hasta que  notó que la embocadura  le acariciaba el paladar y frenaba. SE hizo un silencio, no en la habitación, no en el paisaje, ni en el cuadro que se dibujaba  por la ventana, sino en su interior. Por un momento desaparecieron las palabras de su mente y hubo un silencio que se podría definir como espiritual, si es que el espíritu fuese algo capaz de albergar silencios y palabras. Pero fue sólo un instante breve como un parpadeo y volvieron las palabras a su mente con tal celeridad que lo olvidó.

Dulce, es dulce, la parte inferior del cañón descansaba sobre su lengua y le transmitía un sabor eléctrico, frío, sorprendentemente dulzón. Un pastelillo de acero, se dijo mientras descubría que, incluso con el cañón de un revolver en la boca, se podía sonreír; y llorar también, pensó enseguida. Una lágrima asomó a sus ojos emborronando el paisaje, fundiéndolo en una nebulosa blanquecina que al fin se derramó para resbalar sobre su mejilla. Maquinalmente, había apoyado el dedo en el gatillo y éste osciló ligeramente hasta encontrar el tope que debía liberar el percutor. Entonces, sintió que oscilaban juntos, con el gatillo, su alma y el paisaje tras la ventana.

Aflojó el dedo, sorprendido, mientras la palabra alma reverberaba todavía en su mente. ¿Alma? Él no creía en esas cosas, jamás había creído en ellas. Realizó un breve examen de conciencia olvidando el cañón del revolver que permanecía dentro de su boca. Seguía sin creer en nada trascendental. Ni siquiera un matiz de mística en ningún rincón de su mente. Nunca lo hubo, tampoco ahora lo había. Toda su vida había defendido su ateísmo, incluso con vehemencia, cuando se había encontrado ante cualquier manifestación religiosa. Afirmar lo que no se ve o no se sabe siempre le pareció una estupidez. Dulce.

Le dolió el paladar, sin querer había apoyado el cañón con mayor fuerza y el sabor dulzón del metal renació en la comisura de su lengua, como despertándole  de un sueño. Entonces aparto el revolver de su rostro, retirándolo de la boca. Lo mantuvo basculando frente  a la ventana, apuntando hacía los campos, preguntándose cómo era posible que la palabra alma hubiera acudido a su cabeza en un momento tan crucial. No era propio de él; por mucho que se hubiera contado que la muerte trastocaba las convicciones de los ateos y morían pidiendo un confesor, él no creía en ello. ¡Zarandajas! Seguía sin creer en Dios, ni en nada parecido; estaba seguro de eso. Pero era incuestionable que, mientras oscilaba la existencia en el gatillo del revolver que había introducido en su boca, la palabra que había brotado en su mente era la palabra alma o, al menos, una de ellas.

Dejó el arma en la mesa, encima de un manuscrito como un pisapapeles cargado de muerte. Las palabras volvían, reclamando su protagonismo, su autoridad de verdaderas creadoras de mundos; la realidad se mostraba cruda: la realidad no era más que una palabra, una palabra pequeña. "Soledad", "ausencia" eran palabras gigantescas, altos muros infranqueables entre los que permanecía aprisionado; palabras cuya densidad le oprimía el pecho con una presión insoportable.

Palabras, palabras. Pensando en ellas decidió escribir; si las convertía en algo material,como la tinta en el papel, quizá perdieran la capacidad de herirle. Si conseguía escribirlas, se dijo, se tornarían dóciles, como un caballo domado, y dejarían de mortificarle de una vez. Sí, debía ponerse a escribir. Pero, ¿por donde empezar? Miró lo que tenía enfrente. La mesa y sus objetos, el paisaje en la ventana... Tomó el lápiz y un papel y escribió:

"La cucharilla hendía el cóncavo filo en el poso frío del café con leche de la noche anterior. Alrededor del vaso -tomaba el café con leche en vaso, nunca en taza- la superficie de la mesa asomaba por  donde podía entre los numerosos objetos que la cubrían casi por completo"

Levantó el lápiz del papel y detuvo la escritura un instante. Objetos, palabras, pensó. Miró al revolver que descansaba a su derecha sobre un pliego de papel y lo imaginó de nuevo en la oscuridad de su cajón, durmiendo sueños de pólvora en su lecho carmesí. Miró el paisaje de la ventana frente al escritorio y, por un instante, le pareció que la vida le reclamaba desde allí. Al mismo tiempo, sintió la pulsión del lápiz entre sus dedos y decidió seguir escribiendo:

"Miró a través de los cristales de sus gafas, miró a través del cristal de la ventana que  había frente al escritorio, miró a través del aire y de las incontables y diminutas gotas de agua que flotaban en él, miró a través de su mente y de las ideas preconcebidas y de los sentimientos y de las sensaciones, miró afuera sabiendo que, en realidad, miraba hacía dentro porque siempre, siempre que se mira, se dijo, se mira hacía dentro"

Y siguió escribiendo, preguntándose cual sería su última palabra cuando volviera el dulce sabor del revolver a su paladar.

fin.

 

 

 

Mantra Maldito de la Crisis

De la muerte te puedo hablar porque sería comer con las nubes o cantar con las adelfas. Pero, si me voy contigo, me dirás que mejor nos callamos y vámonos a la cama que nada mejor que follar para olvidarse de la Parca. No me digas, no, que no quieres hablar de la muerte conmigo, la cama la dejaremos para luego; ahora salgamos de paseo, los negros presagios se llevan mejor recorriendo las aceras o frente a los escaparates de lo que ya no puedes comprar mas alimenta tus ojos voraces. Abre la puerta así, pasando tú primera, que yo te seguiré escaleras abajo y dejaremos que el portal nos escupa a la calle.

Luce el Sol, ya ves, y me alegra porque con su calorcillo de primavera se me escurre la muerte de la lengua, aunque sé que me persigue envuelta en la sombra que mi cuerpo, sin quererlo, proyecta.

¿No ves el halito fúnebre en los parterres cagados de chuchos y mendigantes? ¿No ves cómo me dejas la mano, como quien no quiere, y te alejas algo de mí, y eres ya sólo una paralela que me acompaña sin tocarme, sin decirme nada inteligible? Pues no entiendo ya lo que dices de pagar el alquiler o comprar una lavadora nueva. Sólo me llega el rumor o los rumores del mundo, de la ciudad o de la calle que vomita una hablilla insidiosa y ronca de pesadillas, pero no me tocan porque, como tú, son equidistantes a mis pasos.

Me pregunto por qué me hieren si ya no me alcanzan. Son la corrupción de la vida que no quiere verse reflejada en la muerte. Su innoble hacer decir tocar se extiende como una mancha de aceite por todas partes; la suciedad es lo de menos, la indignidad reina. Veo infantes futuros alargando sus manos pedigüeñas en los soportales, veo a las esposas ofreciendo vulvas húmedas de lubricante mineral bajo las farolas, veo a ex ejecutivoS con la faca perfilando esquinas y al farmacéutico clavándose la hipodérmica en el ojo derecho. Veo el Apocalipsis en la caja de los supermercados, las puertas de los colmados patrulladas por chulosputas, siniestros panaderos con barras de hierro y porras de goma, gobernantas con antifaz, artistas de mirada desorbitada y mano suplicante. No habrá conciencia, veo.

Lo de menos será la muerte de la que no quieres hablarme y te mantienes alejada, como un horizonte de encajes rosados que no quiere saber del incendio final. Caerá un sol oscuro, una negra luz sobre todos nosotros ¿y te preocupa hablar de la muerte? Estuvo siempre ahí, aunque no quisiéramos verla, acompañándonos suavemente casi todo el camino. Hablar de la muerte es un alivio, la corrupción que viene es más oscura y más infame. No caeremos en el olvido: nos recordarán con espanto.

Ah, cómo me gusta pasear contigo zorra hipócrita. Todo te lo puedo decir mientras paseamos porque ya no me escuchas. Y no es que no me importen tus orejas o tu culo manzanero. ¡Cuánto quisiera recuperarte, ceñirte, susurrarte palabras de algodón en el oído, buscar tu lengua con la mía, fundirme de rosa en tu hospitalaria intimidad! Cuánto quisiera que te cruzases en mi camino una vez más; pero no queda, de todo eso, más que una paralela de mentiras y silencios.

Todo es ahora fingimiento, todo es ahora espejismo. La sombra, el hábitat del espanto, ya se cierne sobre todos nosotros. Y sólo hablando de la muerte tenemos una posibilidad de huir. Volverán los oscuros tiempos de la mística y sólo los elegidos escaparán. Aprenderemos a flagelar nuestros cuerpos y a rociarlos con excrementos para que nadie se nos acerque demasiado. Cubriremos nuestros ojos con láminas de esparto y las manos las ataremos a la espalda para que no tengan la tentación de Onán. Sólo los elegidos, sólo la carne extática del culmen de la corrupción se salvarán. No hay escapatoria: tú sigue soñando paralelas de algodón que yo inventaré el mantra de los malditos. El mundo, ya mandala de sucia geometría, aventura un mañana perverso, y se reirán la meretrices al fin porque se demostrará que nadie es menos que ellas. Callar la muerte es fácil. Lo procaz, lo infecto e indigno engendrarán la luz obscura del mañana. Amaneceres de plomo, crepúsculos inquebrantables, noche todos los días. Callar la muerte es fácil: tan sólo hay que morir.

Om, hom, ojm, ohm, mho, moh, morirhom,
Muertomoh, ohmorto, zorrohm, horrohom,
Patatohom, ohombres, ombrehom, ... Om homete
.

Porque tanto da que calle si el mantra extiende ya el sinsentido, el sinamor, el sinvida, de los cuerpos futuros. No, no me hables de la muerte que ya lo hago yo.

Cavaré tu tumba y me acostaré a tu lado, bella mía. Tu hermoso cuerpo cadáver en vida, tus senos de noche profunda, de elipse perdida en el firmamento, tu sexo implosivo ya y vacío, tu coño homicida bajo tus ojos ingenuos, bajo tus palabras paralelas, bajo tu cabellera de sierpes histéricas. Si, me acostaré junto a ti, y nos abrazaremos, te abrazaré sabiendo que -aunque tú lo ignores- estas muerta. Y rezaré tan sólo: Omm, Zorrohom, Om, Seacabohom.

Que Dios te perdone, porque ya no puedo perdonarme a mi mismo. Yo colaboré con las escuálidas hordas, con el fingido sonreír, con la mentira que ahora nos sepulta. Éramos gusanos y no lo sabíamos. Éramos carcoma, y no lo sabíamos. Sabandijas y mariposas negras batían en nuestros corazones tambores de diástole sombría y sístole despiadada, ¡y sonreíamos!

Un negro cielo sin perdón nos cubre y nos espera.

Om, sólo quiero escuchar: Om.

Pero los ecos de la traición me persiguen.

Bésame, cadáver, y canta conmigo: OM.

Soy un árbol

 

Soy un árbol.

 Ese incendio allí en el Este y esas estrellas brillando todavía en el firmamento anuncian una mañana soleada. Yo, cuando pienso en el Sol, me retuerzo de placer. Bueno, y si llueve, igual. La verdad es que me gustan los días tanto si llueve como si  luce el Sol. No hay dos días iguales. Como ahora mismo, fijaos ¡qué amanecer!  No sé cómo lo verán los demás olivos de mi bancal, pero es magnífico. Algunas nubes se desgranan, sanguíneas,  por el iris que va de lo cárdeno al lo puramente rojo: enmarcando, con el perfil de las montañas, la primeriza luz de oriente. Pronto asomará el astro con su luz de oro, tiemblo de placer esperando ese instante. La luz alargándose por los campos, serpenteando en los caminos, bajando lomas, trepando oteros, alumbrando el verde de los labrantíos y las copas encendidas de los otoñales chopos junto al arroyo. Luego, vendrá el cielo azul de una mañana pura y fría de este otoño que ya se termina.

Qué va a saber un pobre olivo como yo, un humilde árbol que jamás salió de un bancal de secano.  Aunque, a veces, pienso que quizás todo el mundo sea como mi bancal; aunque sólo sea porque, amanecer, amanece todos los días en todas partes. Y si, de todos mis amaneceres, no hay dos iguales, ¿qué otros amaneceres  se podrán gozar en otros lugares que, tarde o temprano, no vengan también a visitarme? Es cierto que jamás veré el mar, jamás. Ni las Tres Gargantas del Yang Tse, ni las cataratas del Niágara o las llanuras interminables de Gobi o los hielos gigantescos de la Antártida o la aurora que incendia el cielo magnético de los polos. No, no veré al hombre afanándose en las populosas urbes, amándose y odiándose en lechos y batallas. Ni contemplaré el horror de la guerra ni el brillo del amor materno en los ojos de las madres africanas, las que amarran sus hijos a los escuálidos pechos. No avistaré otros horizontes que los de mis montañas, es cierto. Sólo soy un humilde olivo que piensa y sueña desde un bancal del Pirineo.

Pero me pertenecen, con mi modestia, los amaneceres y los vientos, las lluvias, las tormentas y el olor fecundo de la tierra que me alimenta. Me siento unido a todos en mis raíces que se hunden en la misma tierra que los sustenta. La savia me nutre de reminiscencias minerales, el viento me trae rumores, la lluvia, tempestades. No sé cómo decirlo, pero me siento, desde mi bancal pequeño y modesto, parte de todo y de todos. Siento que el Sol, la tierra y el agua, de alguna manera,  nos hermanan.

Puede que sólo sean los pensamientos de un viejo olivo que chochea y piensa que sabe del mundo; que es el mundo, incluso. Otros puede que habiten un bancal más grande que el mío, incluso los habrá que suban y bajen de esos aviones que trazan escuálidas nubes de humo en los cielos de la mañana y dibujan puentes celestes entre los distintos amaneceres; creo que pensarán por ello que conocen mejor el mundo, todo el mundo. ¿Cuántas vidas serán precisas para conocer el orbe entero?  Las simas abisales, inmensas y  sombrías, de los océanos donde habitan seres ciegos y gigantescos, las grutas terrosas de los gusanos bajo las tierras de fango o las arenas de los desiertos, la vorágine del vértigo en el pico del cóndor, el tumulto del interior del hormiguero, la olvidada calidez del útero materno.

Pienso, sin embargo, como puede pensar un viejo olivo, que, a pesar de los años que ya soporta mi desigual y leñoso cuerpo, algo habrá que me haga ver cada día como  una ocasión de alegrarme, cada amanecer, como un nuevo amanecer. Porque esa hoguera  que inflama las nubes, proclama que el nuevo día ya cabalga en oriente.

¡El nuevo día! Porque es nuevo, es único. Cuando lo pienso, doy gracias porque yo también renazco todos los días, nuevo a pesar de los años. Tras cada amanecer soy el olivo de hoy y no otro. Y tomo de la tierra y el aire, del agua y del Sol, el sustento y el conocimiento de la tierra que habito.  Y soy, yo solo, una multitud: la de los olivos de todos los hoyes  que he vivido. Cada cual con su único amanecer, su única alegría o su sola tristeza adusta que le murmura desde las raíces el dolor de la existencia, de la sangre que riega la corteza terrestre, del odio o de la injusticia.

No creáis que por ser un humilde árbol, pequeño y retorcido, que habita un minúsculo bancal colgado en una ladera pirenaica, ignoro el sino triste del hombre que me cuida y que espera el fruto de mis ramas, y que vive y muere anhelando más de lo que la vida le puede otorgar. Grande y trágico es el destino de los hombres. Ellos, que nos han dado el nombre  a los demás seres, viven perpetuamente perdidos, buscándose a sí mismos, buscando su verdadero y definitivo nombre. Pero esa es otra historia.

Yo venía a contar un amanecer.

Pero sólo soy un olivo viejo entre tantos otros olivos.

Y sólo tengo palabras sencillas que ofreceros.